Decimos muchas veces que los héroes son ejemplos de sacrificio totalmente desinteresado por el bienestar de los demás, dejando de lado la comodidad o el propio bienestar, incluso la vida. Esta definición crea un superyo bastante interesante: sabemos que es lo mejor a lo que podríamos aspirar; sin embargo, no nos gustaría estar en el grupo de los que ignoran a la primera persona para beneficiar a la segunda o tercera.
Julio no es un héroe, según esta definición. Su dedicación a sí mismo ha sido, desde que tiene uso de razón, total y absorbente. Ha logrado disociarse del mundo circundante sólo porque siente que los sufrimientos, las necesidades y las ideas del resto sólo juegan un papel contaminante en su vida. No llora ni ríe, no se preocupa ni se emociona. Las dicotomías de la existencia humana simplemente le importan un bledo. Se rumorea por ahí que el placer y el dolor tampoco le causan mayor estímulo, aunque yo lo he observado a través de la ventana y creo que esto no es cierto. Simplemente se ha limitado a satisfacer su demanda de bienes materiales y tranquilidad emocional. Cuando tiene hambre, come. Cuando tiene sed, bebe. Cuando tiene sueño, duerme. Cuando necesita a alguien, llama por teléfono y le envían a alguien. Su vida no sufre de mayor apuro que aquel que impone la urgencia del cuerpo.
Mencioné anteriormente que me he dedicado a observarlo a través de una ventana. Esto no es del todo cierto, pues no vivo cerca de él y no tengo acceso físico a su mundo. No obstante, siento que él habita el mismo espacio que yo. Hay noches y días en los que percibo su presencia imponente de una manera antiespacial, totalmente trascendente. Puedo continuar con mi vida, pero él está ahí, dando a entender que lo que experimenta en su vida cotidiana es tan influyente que puedo verlo cual una película. Julio no quiere hacerle favores a nadie al enseñar lo que hace; por el contrario, lo que busca es alertarnos de algo que no logro comprender. Tal vez sea el fin de su presencia, pero vaya uno a saber.
Esta percepción mía no tiene mayor sincronización con lo que ocurre en la vida del intruso observado. Podría jurar que he logrado presenciar diversas etapas de su vida sin orden cronológico alguno. No tenemos interacción, aunque pienso a veces que él sabe que lo estamos viendo, lo cual no le molesta pues no finge su reacción a los estímulos en su mundo paralelo. Observo a Julio gratificarse con cualquier materialidad: la comida, bebida, lectura y demás se reducen a meros ejercicios de satisfacción subjetiva. Y pienso en lo que hacemos cuando pretendemos darle propósitos elevados a nuestras acciones: ¿son necesarios?
Más allá de la duda que me invade cuando reflexiono sobre el accionar de mi amigo tetradimensional, lo miro con mucha admiración y a la vez lo compadezco.