Esa noche, Braulio decidió que
finalmente asistiría al largo viaje al que le habían invitado tanto tiempo
atrás. Un viaje a tierras lejanas. Tomó la decisión mientras veía el fútbol el
sábado en la tarde, cuando se dio cuenta de que la única manera de hacerse
escuchar era asistiendo a esa cita incierta. Y dado que estaba decidido que
iría, tenía que realizar los preparativos pertinentes.
Había que organizarlo todo de
manera prolija y siempre tratando de prever cualquier contratiempo o sorpresa
que arruinara este viaje. Sí, pues la última vez que había tratado de hacer un viaje
similar ocurrió lo de la visita de la suegra. La señora, con sus arrugas
chistosas, su voz chillona y su presencia imponente llegó justo en el momento
en que Braulio estaba contemplando su “boleto”.
-¿Qué pretendes hacer? ¿Te vas y
no nos llevas?
-Nada señora, ¡qué cosas cree
usted! Yo no me voy a ninguna parte.
Dicho y hecho, Braulio no se fue
y tuvo que permanecer dos semanas atendiendo a doña Susana, al cabo de las
cuales sus planes ya estaban frustrados debido a compromisos laborales que
debía cumplir por el bien de todos.
El desdichado tomó una hoja de
papel y escribió una lista de varios elementos que no debía dejar desatendidos
antes de su viaje. Le costó un poco recordar todos esos elementos, y la mano le
temblaba un poco al escribir algunos, sobre todo aquellos relacionados con sus
hijos o su esposa. Pero ya no había marcha atrás, él tenía que emprender el
viaje cuanto antes o si no perdería esa gran oportunidad. Ellos comprenderían
perfectamente una vez que supieran las razones verdaderas, que por cierto ni él
mismo tenía claro.
Una vez que la lista quedó
finalizada, Braulio dobló la hoja cuidadosamente en dos partes iguales y la
puso dentro de un libro. Tomó el libro y lo colocó en el cajón de su armario.
Al cerrar el cajón, sintió un nudo en la garganta y una intranquilidad que tal
vez nunca había sentido. ¿Estaría completa la lista? ¿Y si faltaba algo? ¿Y si
existía algún obstáculo que él no había previsto? La preocupación por que todo
estuviera perfectamente planificado lo volvió a atacar, como si no fuera ya
suficiente con haber sido dominado durante toda su vida por la necesidad de
planificar todo al detalle más absurdo.
De pronto llegaron a su mente los
recuerdos de la universidad, de sus horarios estrictos para estudiar y para
realizar sus monografías, de su meticulosa organización del tiempo en la
oficina (la cual le ganó muchos admiradores entre sus colegas). También recordó
los consejos de su médico cuando se sintió mal por primera vez. Esos consejos
que llegaban en un tono de voz aleccionador y, hasta cierto punto, socarrón:
-Usted tiene que aprender a
soltarse un poco. Planificar tanto va a resultarle decepcionante y aburrido en
algún momento, y si no se controla puede terminar muy mal.
La última oración resonó en su
mente durante varios minutos y provocó un malestar de los típicos que sufría
Braulio, y que callaba para evitar preocupaciones. Ciertamente el médico tenía
razón. ¿Por qué no le hice caso? ¿Por qué seguí con mi manía por tenerlo todo
controlado? ¿Por qué renegué tanto cuando Marcela se embarazó por tercera vez?
¿Acaso mi cólera le hizo abortar?
La única respuesta que recibió
Braulio vino del reloj cucú que marcaba las nueve de la noche.
Desafortunadamente, no era la respuesta que él esperaba. Tomó su rostro con las
manos y lloró desconsoladamente, si bien con mucha libertad dado que Marcela
estaba lejos con los dos niños y no podría escucharlo para intentar consolarlo,
lo que venía haciendo desde hacía dos años, cuando todo desencadenó en esa
sensación de asfixia en el aire libre que no lo dejaba sereno y que consumía
sus deseos de hacer cualquier cosa, excepto planificar y controlar.
No había tiempo que perder.
Primero que nada, había que pensar en una fecha propicia para realizar el viaje
y la manera más rápida de llegar a su destino final, que ciertamente quedaba
lejos. Tal vez la mejor opción sería… no, demora; o tal vez… no, demasiado caro
para ser una sola vez; o quizás… podría considerarlo, no sonaba mal y tal vez
ahorraría tiempo. Sí, en definitiva la opción apropiada era el tren de la
medianoche. No habría muchas personas en la estación, salvo aquel hombre que gustaba de proferir injurios contra todo transeúnte justo a la salida, y la anciana que vendía boletos de lotería.