sábado, 5 de enero de 2013

El viaje



Esa noche, Braulio decidió que finalmente asistiría al largo viaje al que le habían invitado tanto tiempo atrás. Un viaje a tierras lejanas. Tomó la decisión mientras veía el fútbol el sábado en la tarde, cuando se dio cuenta de que la única manera de hacerse escuchar era asistiendo a esa cita incierta. Y dado que estaba decidido que iría, tenía que realizar los preparativos pertinentes.

Había que organizarlo todo de manera prolija y siempre tratando de prever cualquier contratiempo o sorpresa que arruinara este viaje. Sí, pues la última vez que había tratado de hacer un viaje similar ocurrió lo de la visita de la suegra. La señora, con sus arrugas chistosas, su voz chillona y su presencia imponente llegó justo en el momento en que Braulio estaba contemplando su “boleto”.

-¿Qué pretendes hacer? ¿Te vas y no nos llevas?

-Nada señora, ¡qué cosas cree usted! Yo no me voy a ninguna parte.

Dicho y hecho, Braulio no se fue y tuvo que permanecer dos semanas atendiendo a doña Susana, al cabo de las cuales sus planes ya estaban frustrados debido a compromisos laborales que debía cumplir por el bien de todos.

El desdichado tomó una hoja de papel y escribió una lista de varios elementos que no debía dejar desatendidos antes de su viaje. Le costó un poco recordar todos esos elementos, y la mano le temblaba un poco al escribir algunos, sobre todo aquellos relacionados con sus hijos o su esposa. Pero ya no había marcha atrás, él tenía que emprender el viaje cuanto antes o si no perdería esa gran oportunidad. Ellos comprenderían perfectamente una vez que supieran las razones verdaderas, que por cierto ni él mismo tenía claro.

Una vez que la lista quedó finalizada, Braulio dobló la hoja cuidadosamente en dos partes iguales y la puso dentro de un libro. Tomó el libro y lo colocó en el cajón de su armario. Al cerrar el cajón, sintió un nudo en la garganta y una intranquilidad que tal vez nunca había sentido. ¿Estaría completa la lista? ¿Y si faltaba algo? ¿Y si existía algún obstáculo que él no había previsto? La preocupación por que todo estuviera perfectamente planificado lo volvió a atacar, como si no fuera ya suficiente con haber sido dominado durante toda su vida por la necesidad de planificar todo al detalle más absurdo.

De pronto llegaron a su mente los recuerdos de la universidad, de sus horarios estrictos para estudiar y para realizar sus monografías, de su meticulosa organización del tiempo en la oficina (la cual le ganó muchos admiradores entre sus colegas). También recordó los consejos de su médico cuando se sintió mal por primera vez. Esos consejos que llegaban en un tono de voz aleccionador y, hasta cierto punto, socarrón:
-Usted tiene que aprender a soltarse un poco. Planificar tanto va a resultarle decepcionante y aburrido en algún momento, y si no se controla puede terminar muy mal.

La última oración resonó en su mente durante varios minutos y provocó un malestar de los típicos que sufría Braulio, y que callaba para evitar preocupaciones. Ciertamente el médico tenía razón. ¿Por qué no le hice caso? ¿Por qué seguí con mi manía por tenerlo todo controlado? ¿Por qué renegué tanto cuando Marcela se embarazó por tercera vez? ¿Acaso mi cólera le hizo abortar?

La única respuesta que recibió Braulio vino del reloj cucú que marcaba las nueve de la noche. Desafortunadamente, no era la respuesta que él esperaba. Tomó su rostro con las manos y lloró desconsoladamente, si bien con mucha libertad dado que Marcela estaba lejos con los dos niños y no podría escucharlo para intentar consolarlo, lo que venía haciendo desde hacía dos años, cuando todo desencadenó en esa sensación de asfixia en el aire libre que no lo dejaba sereno y que consumía sus deseos de hacer cualquier cosa, excepto planificar y controlar.

No había tiempo que perder. Primero que nada, había que pensar en una fecha propicia para realizar el viaje y la manera más rápida de llegar a su destino final, que ciertamente quedaba lejos. Tal vez la mejor opción sería… no, demora; o tal vez… no, demasiado caro para ser una sola vez; o quizás… podría considerarlo, no sonaba mal y tal vez ahorraría tiempo. Sí, en definitiva la opción apropiada era el tren de la medianoche. No habría muchas personas en la estación, salvo aquel hombre que gustaba de proferir injurios contra todo transeúnte justo a la salida, y la anciana que vendía boletos de lotería.