Esa palabra desmitifica todo mi ser. Soy el deseo encarnado, soy esa sensación de necesidad que se apodera del cuerpo y la mente cuando hay un objeto, un ser o un ente abstracto que no tenemos.
Anhelo poseer todo y no lo poseo. Contemplo y disfruto de la idea de que mi objetivo no es mío, aunque sé que mientras lo retenga en mi mente así lo será.
Poco a poco, gracias a mi capacidad para introducirme en todo objeto del mundo, logro controlar las voluntades.
Soy paciente, la contemplación puede durar siglos, pero mi oportunidad no la desaprovecho.
lunes, 10 de octubre de 2011
jueves, 6 de octubre de 2011
Aquella tarde
C'était Simone qui disait "on ne naît pas méchant, on se devient", non? Ou c'était ma granmère?
Escribo esa línea -que ya no me da risa- sobre el cuadernito y la borro inmediatamente. Hoy no es mi día. No quiero ver el sol esplendoroso y tibio que hay afuera. En mi estudio hace frío y siento que respiro un aire más que enrarecido. Los libros ya no son tan blancos como solían ser y los discos se acumulan en cantidad cada vez mayor. Mi enojo, aburrimiento y frustración no tienen lugar aquí, en donde la esencia de mi ser ha decidido encerrarse para desarrollarse y generar frutos que no verán la luz que ese sol de afuera ha querido imponer sobre mí, pero que estoicamente resisto porque mi finalidad no es terrenal, no es tangible y trasciende a mi efímero ser.
Mientras hago algunos apuntes que me servirán más tarde, me doy cuenta de que no siento mis piernas y me pregunto si será un síntoma del que pronostico será mi futuro ineludible: quedarme con un cuerpo totalmente inútil y una mente que aspire a ser brillante. O tal vez, en el mejor de los casos, será la razón principal para que me den una pensión por incapacidad para no tener que mezclarme con otros seres humanos en la calle o mi mal llamado trabajo de catedrático de Literatura Francesa del siglo XIX. Súbitamente, mi rodilla derecha me recuerda que aún está ahí y empieza a doler. La rodilla izquierda, un par de minutos después, sigue el ejemplo de su compañera y empieza a doler también.
En cherchant le paradis, on trouve l'enfer.
Continúo escribiendo y recuerdo que aún me quedan algunos analgésicos que me podrían ayudar a acabar momentáneamente con este problema. Mi madre diría que necesitaría ir al mecánico para que me aceite las bisagras y a veces pienso que tiene razón. Mi cuerpo ya no es un cuerpo propiamente dicho, es una máquina tan siniestra y tan impenetrable que nadie se acerca a ella. Yo colaboré con su proceso de neutralización y afeamiento al dejar realizarme las cirugías y al abandonar el ejercicio físico. No puedo decir que me moleste mucho la situación actual, si bien es realmente irritante que mis dolores empiecen justamente cuando decido escribir algo para mandarle a mi primo Joaquín, el de la editorial.
El analgésico sabe a gloria y, tal vez por mi propia sugestión, empieza a tener efecto después de cinco minutos. Sí, es muy probable que sea mi sugestión aunque ahora tendré que aprovechar en seguir escribiendo mi obra maestra. Joaquín está muy preocupado porque empecé en 2001 y hasta ahora no termino. He eliminado páginas muy bien escritas y otras extremadamente mediocres, pero el primer capítulo aún se encuentra en desarrollo. El borracho francés aún no termina de planificar la manera de declarar su amor al maniquí -al que apodó Berenice- que vio en la tienda que se encontraba exactamente a 8923 pasos de su espantoso departamento de París. Creo que morirá antes de terminar de declararse, tal vez de un ataque cardiaco o una ingesta letal de alcohol que borrará toda evidencia de glóbulos rojos.
Escribo varias ideas en un papelito, el cual cierro presurosamente porque creo que tuve una mejor idea. Sí, comer algo a esa hora era la opción más prudente. Luego la inspiración para terminar la página vendría sola, así como cuando comí el guiso de res que hizo mi madre y me senté a escribir mi primera historia, allá por inicios de la década de 1970. El sabor retornó a mi mente y logré ver al borracho comer un poco y ganar la misma inspiración que yo. Por fin, algo diferente a lo que había planificado. Estaba seguro de que a Joaquín le gustaría. Mis malditas rodillas no podrían impedirme volverme más brillante, labrar mi camino hacia algún premio y algo de dinero que podría gastar en un abrigo nuevo y en sexo, aunque tal vez en un disco de jazz más para mis estantes mohosos.
Así, luego de un generoso bocadillo de queso, pasé media hora labrando una pequeña parte de la historia. El borracho encontró un diccionario y se puso a investigar. Al igual que mi personaje, decidí que debía ocupar mi mente en actividades que pudieran inspirarme sin necesariamente aburrirme o inclinarme hacia algún tipo en particular de incidencia dentro de mi obra maestra. El único inconveniente es que dentro de mi pequeño universo no existía absolutamente nada que me ayudara de esa manera. Preferí ignorar mi propio consejo y continuar con mi labor. Las líneas tenían algo diferente que me agradaba y que podía predecir le agradarían a Joaquín, que no era exigente pero sí muy impresionable. Sentía que dentro de todas las limitaciones, algo interesante podría resultar siempre. Tenía una singular alegría.
Éblouissante. Tu es véritablement éblouissante. Malgré cela, ton corps est la prison de ton âme, ma chérie.
Una vez que todo estuvo listo durante esa tarde y que mi personaje retomó su locura de manera más convincente que antes, me sentí en la necesidad imperiosa de contacto humano. No podía controlarlo, era una suerte de alegría que tenía adentro que no podía dejar ir sin compartir. Súbitamente recordé mucho esos años de tortura autoimpuesta que me representó el haber aceptado la cátedra ni bien terminé mis estudios en la universidad. Pensé que estaba haciendo todo bien, pensé que tenía éxito pero lo que había ocurrido es que me había vuelto esclavo de mi propia pasión. Leer a Zola o a cualquier poeta francés ya no era mi pasión ni era mi pasatiempo: se había vuelto mi trabajo. Después de cinco años de enamoramiento con la cátedra, decidí que quería dedicarme a crear personajes perversos, héroes incomprendidos, niños sabios y mujeres emprendedoras. Los empecé a crear en la intimidad de mi estudio, cuando éste aún no tenía muchos discos pero sí una gran colección de libros que me miraban como si los hubiera ofendido. En medio de todo ese pensamiento, tomé mi viejo abrigo y salí con dirección al parque.
Mi caminar era lento y en algunos instantes sentía que el efecto del analgésico se disiparía para cuando ya estuviera en el gran parque de la ciudad. No obstante, mi vehemente deseo de socializar, de ver seres humanos que estuvieran más vivos que los personajes que creé en mis novelas sin publicar. Quería volver a conocer el carácter impredecible, aleatorio de la naturaleza humana. Quería recordar a mis padres, a mi hermana y a su novio que ahora estaban en el mundo de las ideas. En eso vi a unos niños corriendo y gritándose cosas que no lograba comprender: el lenguaje humano en pleno desarrollo. La emoción me embargaba, sentía que estaba enamorándome. De nadie en particular, sino de el hecho de estar vivo, de ver y de oír lo que ocurre a mi alrededor sin que esto sea las quejas de mis alumnos de la cátedra cuando les digo que deben hacer un ensayo sobre Mallarmé o la voz de la histérica que se hace llamar la Presidenta de la Escuela de Literatura. Sentía que iba volando hacia la gran universidad y defecaba en sus rostros atónitos mientras me reía de una manera escandalosa y casi inhumana.
J'étais heureux pour la première fois.
De pronto, vi una figura que sentí conocida de algún lado, aunque mi memoria me falló: simplemente no reconocí a este hombre que venía presuroso hacia mí. Mi corazón empezó a latir muy rápido, por alguna extraña razón pensé que me atacaría. En vez de eso, se detuvo frente a mí.
-Invítame algo.
-Vamos a mi casa.
El hombre me dio una palmada suave en la espalda. Emprendimos el camino a mi domicilio. No dijimos nada en el camino. Me vi totalmente inmerso en su realidad y en lo que venía a hacer. Abrí la puerta una vez más y le hice un ademán para que pase. Él entró y lo seguí. Una vez instalado sobre una silla, encendió un cigarro. Le ofrecí vodka, el cual bebió ávidamente, como si se tratase de agua corriente. Al terminar, habló:
-¿Sabes algo? Mi abuela tenía razón. Las palabras hay que saber buscarlas. Ya sé cómo declararme a Berenice. A que acepta, eh. Y me la llevo, voy a sacarla del mostrador.
-Allá tú. Eh, que es hora de que te vayas. Tengo visita luego.
-Dame un trago para el camino.
-Ahí tienes.
Sabía que era la única manera en la que lograría que se fuera sin mayor queja. Entonces se levantó, abrió la puerta y salió dejándola abierta. Me acerqué a cerrarla.
L'ennui est finalement rentré chez moi.
Sabía que tenía que seguir escribiendo y no necesitaba interrupciones de ningún tipo. Antes de prepararme mi bocadillo de la noche, llamé a Joaquín para avisarle que tendría un poco de material en aproximadamente una semana, que tenía motivos para pensar que la novela quedaría terminada antes de fin de año. La conversación fue rápida y directo al punto y mi idea fue bienvenida con un entusiasmo bastante inusitado en el amargado Joaquín. Luego, me dirigí a mi estudio, tomé mis papeles y seguí escribiendo. La noche ya había empezado y hoy no había cátedra, así que seguí en esa misión que ya me había tomado diez años: terminar mi novela y retratar por completo al borracho.
Escribo esa línea -que ya no me da risa- sobre el cuadernito y la borro inmediatamente. Hoy no es mi día. No quiero ver el sol esplendoroso y tibio que hay afuera. En mi estudio hace frío y siento que respiro un aire más que enrarecido. Los libros ya no son tan blancos como solían ser y los discos se acumulan en cantidad cada vez mayor. Mi enojo, aburrimiento y frustración no tienen lugar aquí, en donde la esencia de mi ser ha decidido encerrarse para desarrollarse y generar frutos que no verán la luz que ese sol de afuera ha querido imponer sobre mí, pero que estoicamente resisto porque mi finalidad no es terrenal, no es tangible y trasciende a mi efímero ser.
Mientras hago algunos apuntes que me servirán más tarde, me doy cuenta de que no siento mis piernas y me pregunto si será un síntoma del que pronostico será mi futuro ineludible: quedarme con un cuerpo totalmente inútil y una mente que aspire a ser brillante. O tal vez, en el mejor de los casos, será la razón principal para que me den una pensión por incapacidad para no tener que mezclarme con otros seres humanos en la calle o mi mal llamado trabajo de catedrático de Literatura Francesa del siglo XIX. Súbitamente, mi rodilla derecha me recuerda que aún está ahí y empieza a doler. La rodilla izquierda, un par de minutos después, sigue el ejemplo de su compañera y empieza a doler también.
En cherchant le paradis, on trouve l'enfer.
Continúo escribiendo y recuerdo que aún me quedan algunos analgésicos que me podrían ayudar a acabar momentáneamente con este problema. Mi madre diría que necesitaría ir al mecánico para que me aceite las bisagras y a veces pienso que tiene razón. Mi cuerpo ya no es un cuerpo propiamente dicho, es una máquina tan siniestra y tan impenetrable que nadie se acerca a ella. Yo colaboré con su proceso de neutralización y afeamiento al dejar realizarme las cirugías y al abandonar el ejercicio físico. No puedo decir que me moleste mucho la situación actual, si bien es realmente irritante que mis dolores empiecen justamente cuando decido escribir algo para mandarle a mi primo Joaquín, el de la editorial.
El analgésico sabe a gloria y, tal vez por mi propia sugestión, empieza a tener efecto después de cinco minutos. Sí, es muy probable que sea mi sugestión aunque ahora tendré que aprovechar en seguir escribiendo mi obra maestra. Joaquín está muy preocupado porque empecé en 2001 y hasta ahora no termino. He eliminado páginas muy bien escritas y otras extremadamente mediocres, pero el primer capítulo aún se encuentra en desarrollo. El borracho francés aún no termina de planificar la manera de declarar su amor al maniquí -al que apodó Berenice- que vio en la tienda que se encontraba exactamente a 8923 pasos de su espantoso departamento de París. Creo que morirá antes de terminar de declararse, tal vez de un ataque cardiaco o una ingesta letal de alcohol que borrará toda evidencia de glóbulos rojos.
Escribo varias ideas en un papelito, el cual cierro presurosamente porque creo que tuve una mejor idea. Sí, comer algo a esa hora era la opción más prudente. Luego la inspiración para terminar la página vendría sola, así como cuando comí el guiso de res que hizo mi madre y me senté a escribir mi primera historia, allá por inicios de la década de 1970. El sabor retornó a mi mente y logré ver al borracho comer un poco y ganar la misma inspiración que yo. Por fin, algo diferente a lo que había planificado. Estaba seguro de que a Joaquín le gustaría. Mis malditas rodillas no podrían impedirme volverme más brillante, labrar mi camino hacia algún premio y algo de dinero que podría gastar en un abrigo nuevo y en sexo, aunque tal vez en un disco de jazz más para mis estantes mohosos.
Así, luego de un generoso bocadillo de queso, pasé media hora labrando una pequeña parte de la historia. El borracho encontró un diccionario y se puso a investigar. Al igual que mi personaje, decidí que debía ocupar mi mente en actividades que pudieran inspirarme sin necesariamente aburrirme o inclinarme hacia algún tipo en particular de incidencia dentro de mi obra maestra. El único inconveniente es que dentro de mi pequeño universo no existía absolutamente nada que me ayudara de esa manera. Preferí ignorar mi propio consejo y continuar con mi labor. Las líneas tenían algo diferente que me agradaba y que podía predecir le agradarían a Joaquín, que no era exigente pero sí muy impresionable. Sentía que dentro de todas las limitaciones, algo interesante podría resultar siempre. Tenía una singular alegría.
Éblouissante. Tu es véritablement éblouissante. Malgré cela, ton corps est la prison de ton âme, ma chérie.
Una vez que todo estuvo listo durante esa tarde y que mi personaje retomó su locura de manera más convincente que antes, me sentí en la necesidad imperiosa de contacto humano. No podía controlarlo, era una suerte de alegría que tenía adentro que no podía dejar ir sin compartir. Súbitamente recordé mucho esos años de tortura autoimpuesta que me representó el haber aceptado la cátedra ni bien terminé mis estudios en la universidad. Pensé que estaba haciendo todo bien, pensé que tenía éxito pero lo que había ocurrido es que me había vuelto esclavo de mi propia pasión. Leer a Zola o a cualquier poeta francés ya no era mi pasión ni era mi pasatiempo: se había vuelto mi trabajo. Después de cinco años de enamoramiento con la cátedra, decidí que quería dedicarme a crear personajes perversos, héroes incomprendidos, niños sabios y mujeres emprendedoras. Los empecé a crear en la intimidad de mi estudio, cuando éste aún no tenía muchos discos pero sí una gran colección de libros que me miraban como si los hubiera ofendido. En medio de todo ese pensamiento, tomé mi viejo abrigo y salí con dirección al parque.
Mi caminar era lento y en algunos instantes sentía que el efecto del analgésico se disiparía para cuando ya estuviera en el gran parque de la ciudad. No obstante, mi vehemente deseo de socializar, de ver seres humanos que estuvieran más vivos que los personajes que creé en mis novelas sin publicar. Quería volver a conocer el carácter impredecible, aleatorio de la naturaleza humana. Quería recordar a mis padres, a mi hermana y a su novio que ahora estaban en el mundo de las ideas. En eso vi a unos niños corriendo y gritándose cosas que no lograba comprender: el lenguaje humano en pleno desarrollo. La emoción me embargaba, sentía que estaba enamorándome. De nadie en particular, sino de el hecho de estar vivo, de ver y de oír lo que ocurre a mi alrededor sin que esto sea las quejas de mis alumnos de la cátedra cuando les digo que deben hacer un ensayo sobre Mallarmé o la voz de la histérica que se hace llamar la Presidenta de la Escuela de Literatura. Sentía que iba volando hacia la gran universidad y defecaba en sus rostros atónitos mientras me reía de una manera escandalosa y casi inhumana.
J'étais heureux pour la première fois.
De pronto, vi una figura que sentí conocida de algún lado, aunque mi memoria me falló: simplemente no reconocí a este hombre que venía presuroso hacia mí. Mi corazón empezó a latir muy rápido, por alguna extraña razón pensé que me atacaría. En vez de eso, se detuvo frente a mí.
-Invítame algo.
-Vamos a mi casa.
El hombre me dio una palmada suave en la espalda. Emprendimos el camino a mi domicilio. No dijimos nada en el camino. Me vi totalmente inmerso en su realidad y en lo que venía a hacer. Abrí la puerta una vez más y le hice un ademán para que pase. Él entró y lo seguí. Una vez instalado sobre una silla, encendió un cigarro. Le ofrecí vodka, el cual bebió ávidamente, como si se tratase de agua corriente. Al terminar, habló:
-¿Sabes algo? Mi abuela tenía razón. Las palabras hay que saber buscarlas. Ya sé cómo declararme a Berenice. A que acepta, eh. Y me la llevo, voy a sacarla del mostrador.
-Allá tú. Eh, que es hora de que te vayas. Tengo visita luego.
-Dame un trago para el camino.
-Ahí tienes.
Sabía que era la única manera en la que lograría que se fuera sin mayor queja. Entonces se levantó, abrió la puerta y salió dejándola abierta. Me acerqué a cerrarla.
L'ennui est finalement rentré chez moi.
Sabía que tenía que seguir escribiendo y no necesitaba interrupciones de ningún tipo. Antes de prepararme mi bocadillo de la noche, llamé a Joaquín para avisarle que tendría un poco de material en aproximadamente una semana, que tenía motivos para pensar que la novela quedaría terminada antes de fin de año. La conversación fue rápida y directo al punto y mi idea fue bienvenida con un entusiasmo bastante inusitado en el amargado Joaquín. Luego, me dirigí a mi estudio, tomé mis papeles y seguí escribiendo. La noche ya había empezado y hoy no había cátedra, así que seguí en esa misión que ya me había tomado diez años: terminar mi novela y retratar por completo al borracho.
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