Hoy no quiero ser optimista. Hoy no daré un mensaje de paz ni de positivismo puro. Hoy quiero dar fe de lo peor de este mundo. Apóyenme, señores, en esta cruzada. Pero escuchen mi relato.
Vi sangre, señores. Vi la sangre de aquel tipo que me amenazó, que me agredió (y llegó a dañarme) con un cuchillo. A ese tipo le disparé en alguna parte del cuerpo con más temor que convicción porque tenía toda la intención de matarme e iba a acabar con la vida de mi mujer también. Pedí perdón a Dios porque no quería hacerlo, y lloré desconsoladamente. En medio de la penumbra de la calle con su farol a medio malograrse, supe que tenía que llamar a una ambulancia y lo hice como si se hubiera lastimado alguien que conocía. El desdichado estaba vivo aún y así llegó al hospital Almenara. Se me hizo un nudo en la garganta: quería que compareciera ante la justicia, que lo interrogaran y lo encarcelaran. Porque yo creo en la justicia y en el sistema, señores. Creo que es posible que en este país en donde choros, putas y asesinos nos rodean, existe un poder que los puede hacer pagar por sus culpas en esta tierra.
Sin embargo, cuando el individuo, que resultaba llamarse Ángel (vaya ironías), estaba agonizando, dijo –en presencia de un efectivo policial- que yo lo ataqué y le debía dinero. Dijo que yo lo había contratado para un “trabajo” que definitivamente NO era el de hacer algo de carpintería para mi casa y que luego me había rehusado a pagar. Luego, torció el pescuezo hacia un costado y botó su último maldito aliento. En ese momento, vi al policía acercarse. Me dijo algo que no entendí, y luego escuché que hablaba en su radiorreceptor. Sentí por un momento que todo el mundo se volteaba y que súbitamente el sistema al que tanto había respetado estaba haciéndome pagar mientras se reía como un gánster y me decía: “Eres un huevón de primera. Lo mataste y ahora te jodiste”.
Aun así, yo confiaba en el sistema y en que todo se aclararía, señores. Cuando se determinó que pasaría a la carceleta, lo acepté con gallardía pues sabía que todo se solucionaría pronto. Mientras cavilaba lo que tendría que hacer para salir libre, me di cuenta de algo que cayó sobre mí como una pared de plomo: NO TENÍA CONTACTOS. En un principio intenté pensar que esto no influiría en lo que pasaría en adelante, pero ¡cuán equivocado estaba! Otra vez, el gánster de la risa horrible me gritaba: “Huevón”. La risa seguía dañando mi cerebro, me hacía perder el sentido por escasos segundos antes de que yo despertara y siguiera escuchándola, esta vez con más intensidad.
El no tener contactos tuvo consecuencias terribles: me trataron como a un malnacido. Entre insultos y golpizas me prometían las peores experiencias en cana, me decían que me iba a podrir y que me iban a volver cabro por el simple hecho de ser blanco y ser pacífico. Algunos presos se compadecían y me decían que tenía que aprender a defenderme por mí mismo, aunque tenía una alternativa: podía hablar con tal policía, tenía que hacerme amigo de tal fiscal, podrían llevar alguna petición de mi mujer (mi única familia en esta tierra) al juez. Todo se podía solucionar en este país tan grandioso, me decían. Empero, lo que necesitaba no estaba al alcance: el policía iba a costar 3000 lucas; el fiscal, 10000; el juez, 15000. Yo insistí que creía en el sistema y que no iba a caer en la tentación de coimear con tal de obtener mi libertad. Estaba convencido de que todo se iba a arreglar, que la investigación del Departamento de Criminalística iba a descubrir que habían circunstancias atenuantes y que yo no representaba un peligro para la sociedad.
Qué huevón que fui. Lo que me faltaba era PLATA.
A los pocos días, un fiscal fue a informarme que mi caso no calificaba debido a que el homicidio en defensa propia sólo ocurre en igualdad de condiciones. En buen cristiano, eso quería decir que yo tendría que haber matado a Ángel a cuchilladas para que no lo consideren homicidio calificado. Creyeron su historia y hubo varios hijos de puta que decían que este individuo efectivamente realizaba “trabajos”. El fiscal me dijo que tendría que ir al penal y quedarme ahí hasta que se programara mi juicio.
Los días que siguieron a mi traslado y mi posterior juicio, en el que me hallaron inocente por falta de pruebas, fueron horrendos, y han dejado una huella imborrable en mí. Es literalmente imborrable pues mis brazos ahora tienen tajos, mi rostro tiene magulladuras, mi ano tiene una fisura que no para de sangrar; mi sangre, un virus que algún día me matará. Mi mujer se fue con su familia, no soportó la vergüenza de que su marido fuera presidiario, y para colmo de los que aparece, vilipendiado por supuesto, en televisión. Salí de la cárcel hace un año. Creí en el sistema y fue mi peor error.
Hace dos meses mi vecino Manuel [apellido conocido] mató a su mujer porque la encontró tirándose al hijo de su empleada de toda la vida, un mancebo de apenas 18. Yo escuché los gritos de la mujer y los balazos. La policía se llevó al asesino y hasta vino la prensa.
Hace dos días, Manuel regresó a su casa, aunque ya sin prensa. Investigué qué había pasado. Resulta que fue liberado porque, primero que nada, conocía al juez de instrucción: ambos estudiaron Derecho en la misma universidad y practicaron en el mismo estudio. Además, en el penal no lo tocaron porque la familia pudo comprar al “Zambo Ricardo” para que lo protegiera de los abusos de otros reos. Su hermana estaba casada con un periodista que era hermano de alguien influyente en el periódico más importante, así que la liberación de este individuo no fue cubierta por la prensa. En conclusión, tenía CONTACTOS y PLATA.
Ése es el sistema. La voz que me decía “huevón” tenía mucha razón.
jueves, 29 de septiembre de 2011
domingo, 25 de septiembre de 2011
Autobahn (Escritura aleatoria)
Banda sonora: Kraftwerk - Autobahn
Maldita rutina. El ruido del carro es el mismo de siempre, ¿o no? Salgo de la cochera y me saludan miles de bocinas en la calle, parece que hoy es mi cumpleaños, o es que tal vez hoy me tocó ser el hijoputa que bloquea la calle. No lo sé, tal vez hoy sea mi día de suerte o tal vez hoy encuentre a la persona ideal, o tal vez... puta madre, tengo que llegar al trabajo.
Salgo a la avenida principal. Otro estúpido semáforo que se empeña en hacerme la vida imposible. ¿Tengo todos los documentos? Creo que sí. Voy a ver atrás... todo bien, así parece. Ahora sí puedo tomar un poco de velocidad. ¿Habrá ido Cynthia con su putifalda? ¿Me saludará el cabrón de Ernesto con su sonrisa cachacienta antes de decirme que tengo 150 correos por responder a Toronto? El ennui me consume pero siempre hay algo por preguntarse.
Llegué a la autopista. Felizmente sólo serán 5 minutos más antes de llegar. ¿Por qué me levanté tan tarde hoy? Buen punto: anoche no podía dormir. Tuve una pesadilla horrible, horrible. Me comía el mar en un barco, y veía luces láser que me desintegraban el rostro.
¡Carajo!
Ese hijoputa me las va a pagar, cómo se le ocurre manejar así.
-Oye mierda, maneja bien, ¿no ves que estamos en autopista?
Su dedo medio me da una elocuente respuesta. No quiero más broncas que estoy por llegar tarde.
La interrupción no dura mucho. Prendo la radio (inusual, ¿no?) para que la música calme a la bestia. Suena una canción de Calamaro. Me llega al pincho la canción de Calamaro, pero qué va, voy a llegar tarde. A seguir manejando.
El tráfico de la autopista empieza a dar signos de que estoy por llegar. Muchos camiones y también autos particulares asoman a la distancia. Diviso a lo lejos la señal para la salida hacia mi destino final.
Finalmente giro a la derecha, el trabajo y la obligación de todos los días me llaman. Maldito el día en que elegí trabajar tan lejos. Todo lo que se puede hacer por los amigos, maldita sea.
-¡Buenos días señor!
-Hola Ernesto. A trabajar.
[Repetir x 5]
Maldita rutina. El ruido del carro es el mismo de siempre, ¿o no? Salgo de la cochera y me saludan miles de bocinas en la calle, parece que hoy es mi cumpleaños, o es que tal vez hoy me tocó ser el hijoputa que bloquea la calle. No lo sé, tal vez hoy sea mi día de suerte o tal vez hoy encuentre a la persona ideal, o tal vez... puta madre, tengo que llegar al trabajo.
Salgo a la avenida principal. Otro estúpido semáforo que se empeña en hacerme la vida imposible. ¿Tengo todos los documentos? Creo que sí. Voy a ver atrás... todo bien, así parece. Ahora sí puedo tomar un poco de velocidad. ¿Habrá ido Cynthia con su putifalda? ¿Me saludará el cabrón de Ernesto con su sonrisa cachacienta antes de decirme que tengo 150 correos por responder a Toronto? El ennui me consume pero siempre hay algo por preguntarse.
Llegué a la autopista. Felizmente sólo serán 5 minutos más antes de llegar. ¿Por qué me levanté tan tarde hoy? Buen punto: anoche no podía dormir. Tuve una pesadilla horrible, horrible. Me comía el mar en un barco, y veía luces láser que me desintegraban el rostro.
¡Carajo!
Ese hijoputa me las va a pagar, cómo se le ocurre manejar así.
-Oye mierda, maneja bien, ¿no ves que estamos en autopista?
Su dedo medio me da una elocuente respuesta. No quiero más broncas que estoy por llegar tarde.
La interrupción no dura mucho. Prendo la radio (inusual, ¿no?) para que la música calme a la bestia. Suena una canción de Calamaro. Me llega al pincho la canción de Calamaro, pero qué va, voy a llegar tarde. A seguir manejando.
El tráfico de la autopista empieza a dar signos de que estoy por llegar. Muchos camiones y también autos particulares asoman a la distancia. Diviso a lo lejos la señal para la salida hacia mi destino final.
Finalmente giro a la derecha, el trabajo y la obligación de todos los días me llaman. Maldito el día en que elegí trabajar tan lejos. Todo lo que se puede hacer por los amigos, maldita sea.
-¡Buenos días señor!
-Hola Ernesto. A trabajar.
[Repetir x 5]
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