domingo, 14 de agosto de 2011

El ataque de la sinceridad, parte 1

Permítanme presentarme. Soy Pablo, el único que pudo haber sobrevivido a lo que ocurrió con la raza humana sin haber perdido ni ganado nada. Seré en los subsiguientes relatos un narrador con trazas de director de cine. No tengo vocación de racconteur, mas haré mi mejor esfuerzo para reflejar en mi prosa lo que ocurrió en la ciudad cuando, por obra de aquél que todo lo construye y lo destruye, surgió una necesidad imperiosa de ser -maldita es la palabra ahora- sincero.

Un triste domingo de invierno, lleno de nubosidad y con una insistente lluvia que regresaba cada cinco minutos, me levanté de la cama. La sensación de adormecimiento que invadía mis piernas luego de una noche de excesos era inaguantable. No sé si fue porque ya tenía 41 años, o porque ya había perdido la costumbre de semejantes desarreglos. No me sentía cómodo y tenía un peso en la cabeza que no podía liberar ni con el antiácido ni con mi entrenamiento mental. Sentía voces que me recordaban muchos acontecimientos en mi vida, que me reprochaban muchos errores y aparentemente coincidían en señalar que muchos de mis logros habían sido obtenidos con mentiras.

Mi rutina matutina no tuvo variación alguna: me desperecé por unos minutos en mi cómodo sofá, me aseé, me vestí y desayuné sin mayor convicción. Finalmente me dediqué a revisar algunos de los documentos que tendría que presentar en la reunión de trabajo del lunes. Sin embargo, algo ocurrió que terminó por colmar mi paciencia: recordé aquel incidente en el cual tuve que inventar algo terrible para lograr quitarme una responsabilidad de encima que tal vez me hubiera costado no sólo mi trabajo, sino que hubiera arruinado mi reputación. Pobre Tomás, me pregunto si alguna vez habría sospechado que todo estaba arreglado para que él purgara mi condena. No, no. Él no era un buen elemento. Claro, merecía lo que le pasó. Qué bueno que mi mente fue capaz de generar un plan infalible en cinco minutos.

A medida que transcurría la mañana, sentía muchos deseos de levantar el teléfono y marcar un número. No era el de la casa de Tomás, sino el de la casa de mi padre. Pero mientras me dirigía al teléfono, sentí algo extraño que me tomaba de los brazos y halaba hacia arriba. Era una fuerza descomunal, casi como una máquina pero con la comodidad de unos brazos muy fuertes. Recordé a papá, cuando me alzaba para decirme que el mundo se ve más bonito desde arriba. Cerré los ojos y me dejé llevar. Al abrirlos, no podía creerlo: estaba volando y había atravesado mi propio techo. Me acerqué a la casa de uno de los vecinos, una familia aparentemente normal con cuatro integrantes. No sabía ni sus nombres ni quiénes eran en realidad, pero sentí que entendía sus pensamientos, que los podía leer como si los tuviera en un libro abierto. Entendí su deseo de liberar un peso de encima, aunque era curioso que estaban a distintos grados de decisión.

Entré a su casa atravesando el techo y vi a la madre que llevaba de la mano al padre hacia la habitación matrimonial. Tanto la puerta como las paredes estaban recién pintadas, y se sentía una tranquilidad tensa que me perturbaba un poco pero que a la vez me hacía sentir el "calor" familiar, sólo que de una manera diferente. De pronto, ella le dijo:

-Humberto, sólo tengo poco tiempo y quiero que por favor me escuches.

-A ver si me dices, que me asustas- dijo el marido.

-Tengo que decirte algo que me he estado guardando durante mucho tiempo.

-Pues me asustas más.

-Bien. No hay motivo por el cuál asustarte, Humberto. Sólo quiero contarte que lo sé todo. Sé que tú me estuviste engañando. Sé que esas reuniones urgentes en el trabajo, que tu amigo Anselmo que se moría, que tus visitas repetidas al endocrinólogo no eran lo que decías que eran. Sé quién es Fátima, sé que es lindísima y muy talentosa. Habría que ser gay para que no te guste, Humberto. Y he decidido...

Humberto soltó el vaso con agua que tenía.

-... he decidido -se le quebró la voz- que no soy nadie para juzgarte. Si me quieres, Humberto, quédate conmigo. Yo te perdono y estoy dispuesta a olvidarlo si me juras tu amor una vez más. Mientras sigas siendo quien eres cuando nos acostamos. Mientras sigas siendo quien cuida de mí y me saca de mis locuras momentáneas. Tú te aseguraste de que siempre tuviéramos lo mejor y fuiste y sigues siendo una gran fuerza dentro de la familia. Haría lo que fuera para que sigamos nuestra gran relación. Han sido quince años maravillosos y no los cambiaría por nada, nada, nada.

Se abrazaron. Súbitamente, el momento llegó para Humberto. No pudo controlar el impulso sincero y, con lágrimas en los ojos, le dijo:

-Mujer... eh, eh, eh, tú sabes que hubo una época en la que tuvimos muchos roces. Todo esto llegó al punto en que me cuestioné la decisión de pasar la vida contigo, te odiaba unos días y te adoraba en otros. Tú lo has dicho, Fátima tiene virtudes que son difíciles de encontrar: su entusiasmo, su juventud y sobre todo su preocupación por hacerlo todo bien me pusieron de vuelta como un niño. Ella me aceptó pero mujer, la generación actual es diferente: sólo quiere divertirse. Yo me adaptaba o moría. Así que la mantuve como una diversión. Sabía que te estaba haciendo daño, que estaba tirando todo por la borda, pero ¿sabes? Tenía mucho cargo de conciencia. Yo te amo. Cada mañana que te veo siento que el tiempo no ha pasado, que somos las mismas personas que la primera vez que dormimos juntos, ¿la recuerdas? Yo la recuerdo perfectamente. Y a Fátima ya la dejé, no me quiere y con ella nunca tendré la misma sensación de satisfacción por haber construido una familia o por haber aprendido a querer a una persona tal y como es. Nunca te he querido dejar y no lo haré, nunca...

Otro abrazo y un beso apasionado interrumpieron el discurso. La mano de Humberto hizo movimientos relajantes sobre la espalda de su esposa y prontamente ambos empezaron la fase previa al sexo. No cesaban de decirse que se amaban. Pensé que ya había tenido suficiente así que decidí moverme.

Me acerqué al jardín de la casa de enfrente. Tres muchachos, amigos inseparables, conversaban alegremente.

domingo, 7 de agosto de 2011

Nuevo relato (NO SIGUE AL ANTERIOR)

La piedra tocó el agua, hizo un ruido y levantó algunas gotitas transparentes.

Proseguí con mi camino, el corazón en la mano y el cerebro rogando para ser liberado cual ave cautiva. Deseaba parar en ese momento y gritar al mundo muchas de las verdades que me habían confiado, de una buena vez, de modo que sólo llamara la atención de unos cuantos, quienes sin duda me llamarían loco. Sin embargo, decidí callar y seguir mi camino hasta que mis pies demostraran su enfado con la aparición de ampollas. Lo que mi razón procesara no tenía ya importancia: había sufrido tanto con lo que oí y vi que consideré innecesario procesar más ya: el fin estaba cerca, y yo tenía la maldición encima; mi cuerpo y mi alma constituían un heraldo sin identidad ni remordimiento. Súbitamente sentí el agua tocar mis pies y supe que el rumbo estaba errado; debía retirarme y concentrarme en no perder paso.

La piedra llegó al fondo.

Mi silenciosa procesión individual estaba a punto de terminar. No llevaba un pergamino en mis manos, pero la resolución estaba ya firmada desde hacía mucho. Y no por mí. Pensé un momento en las consecuencias de semejante revelación que llevaba grabada en mi memoria: todo me llevaba a imaginar un panorama desolador, cual si de pronto una parte del mundo hubiera sido arrancada y pulverizada sobre el resto de nosotros. Imaginaba mucho sufrimiento, confusión y desesperación; sentía ya el fuego calentando el aire y reduciendo el oxígeno a niveles intolerables y luego me daba cuenta que el fuego no era nada sino la energía de cientos de miles de personas, mal dirigida. Eso que llaman ira.

La piedra hizo un pequeño espacio en el fondo marino.

De pronto, caí en la cuenta de que dicha ira sólo era la consecuencia de que yo sería el culpable de haber hecho la verdad conocida ante todos. Podía ya observar a lo lejos una turba cuya única misión sería acabar con mi vida de la manera más cruel mientras los espectadores gritaban en contra mía, con declaraciones e interjecciones tan dolorosas que penetrarían mi piel antes de ser quemada. No obstante, sabía que debía hacerse la voluntad de los jueces y se me había escogido para portar su mensaje. Poco a poco me sentí más tranquilo sabiendo que yo pagaría la culpa de otros. Al menos, la ira y la desesperación tendrían un objetivo fijo. Podría tolerar y aceptar el ser un chivo expiatorio.

La piedra fue tragada por el fondo del mar.

A medida que me acercaba al monte desde donde me pronunciaría, un sentimiento fue acomodando mi mente y mis ansias en su sitio. Recordé mi pueblito, alejado de los lugares más alejados. Recordé a los aldeanos que nunca me habían aceptado por ser "diferente" y "mal nacido". Recordé a la maestra de la escuela, que pensó que era un estúpido por no poder repetir palabra por palabra lo que ella decía. Recordé al sacerdote de la iglesia colonial de 350 años de antigüedad, que me escupió en el rostro por ser vástago de una relación incestuosa. Recordé el día en que los quemé a todos vivos con tan sólo mirarlos, y que huí corriendo y nadando para escapar escarmientos. Nunca me encontraron las autoridades y cuando lo hicieron, me entrevistaron y fui famoso por ser el único sobreviviente de la tragedia más grande de la década. Nunca sospecharon nada porque ante los ojos del mundo -tal vez mi profesora no estaba tan equivocada- parecia siempre un ser estúpido e incapaz de planificar en lo más mínimo.

El centro de la tierra fundió la piedra.

Gradualmente, me recompuse. Esta vez, sabía que no debía perder tiempo. Aceleré el paso, sentí mi corazón latir cada vez más rápido y mi sangre recorrer mi cabeza. Esta vez todos sabrían prontamente el designio de los jueces, y no tendría ningún remordimiento. Después de todo, este lado del mundo está lleno de viciosos y ninguno merece piedad ni perdón. Todos son como el sacerdote, la profesora y los aldeanos. Debía llegar cuanto antes, pero el monte se había empeñado en hacerse cada vez más lejano y las piedras en el camino ya eran intolerables: mis pies no tenían ampollas, sino que sangraban dejando una estela con la que se podía seguir mi recorrido. Pero no dejaría que lo que los jueces dijeron y que sólo yo sabía quedara dentro de mi mente. Poco a poco el monte se colocó frente a mí y me invitó a subir, tarea que cumplí fácilmente dado que sólo había arena y piedra lisa en mi camino. Las palabras fueron llegando hacia mí y al llegar a la cumbre, sentía que el discurso ya estaba escrito y sólo tendría que leerlo. Una muchedumbre se acercó a la falda del monte y me dijo que quería escucharme. Así que empecé a reproducir lo que sabía.

La piedra ha cobrado vida.