martes, 1 de mayo de 2012

En memoria de V.X.

20 de julio. Una fecha que no se borrará de mi memoria.

Saliste a las 5:30 de la tarde, dijiste que irías a ver a un amigo que quería conversar contigo. Mientras tratabas de alisar tu oxigenado y rebelde cabello, me explicabas lo esperanzada que te encontrabas pues este señor era una verdadera alma caritativa. No te había pedido sexo ni favores degradantes, no te había invitado amilonitrito ni te había insultado o reventado a puñetazos por llevar entre tus piernas algo que no sentías tuyo. Con una emoción infantil pero también con el dolor ganado por la experiencia previa, contabas cómo pensabas que por fin alguien en este mundo te respetaba y trataba como lo merecías. Y sin duda merecías un buen trato, amiga mía.

Tu voz aún resuena en mi ser como si todo hubiera ocurrido ayer mismo. Aún recuerdo la paciencia con la que me diste las instrucciones precisas para cuidar de Nachito hasta tu llegada. Me dijiste que la bolsa de alimento de gatos estaba en el segundo cajón de la alacena empezando de la izquierda (te equivocaste, estaba hacia la derecha). Me dijiste que Nachito hacía ruidos muy extraños cuando estaba muy hambriento y que debía reaccionar de inmediato o el animalito se pondría furioso. Cumplí mi misión de mantener a tu hijito tranquilo y bien alimentado. También vi televisión mientras admiraba los lindos adornos que habías colocado en tus paredes las semanas anteriores. Pensaba en todo aquello en lo que soñabas, en todo aquello que me decías cuando estábamos en la escuela y jugábamos fútbol con una pelota vieja. Si alguien te pateaba, te lanzabas al piso y llorabas amargamente. Recuerdo cuando una vez te lo comenté y me explicaste, con una mirada dolorosa:

-No lloraba porque me había dolido la patada. Lloraba porque no quería estar jugando esa cosa tan horrible, yo quería mis Barbies, yo quería pasear a mi muñeco en un coche.

Entre recuerdos de infancia, caricias a Nachito y programas concurso de la tele, pasó la hora. Dijiste que llegarías cerca de la medianoche. Eran ya las 2 a.m. y no había manera de saber si regresarías.

-Tuvo suerte, seguro pasará la noche con el tal señor- me dije para tratar de explicarme la situación.

Dado que vivías en una zona muy oscura y peligrosa, incluso para aquellos que también vivíamos en sitios parecidos, decidí dormir sobre tu sofá. Sabía que no te molestaría, yo había permitido que lo hicieras en el mío hacía cinco meses, cuando llegaste a mi casa semidesnuda y evidenciando haber recibido una paliza, huyendo de quién sabe quién o quiénes. Sabía que me agradecerías con un beso y un abrazo que haya cuidado muy bien de Nachito y que me invitarías a desayunar contigo lo poco que podías ofrecerme. No era la primera vez y estaba bien seguro de que no sería la última. Y pensando en cómo exponerte mi plan, me dormí.

Soñé en que por fin podría salir de la ciudad que tanto a ti como a mí como a muchos otros asfixiaba y amenazaba de muerte a diario. Sin embargo, no quería irme solo. Deseaba darte la oportunidad de ser alguien más, de no tener que recurrir a personas de dudosa reputación para ganar un poco de dinero. Te podía ver contenta, generando tus propios ingresos y sintiendo -quizás por primera vez en tu vida- que no necesitabas arriesgarte para ser exitosa. No era una simple cuestión de gratitud por lo que alguna vez hiciste por mí; no era por ese inigualable afecto que sentía por ti; no era por los años en que te consideré mi mejor amigo y mi consejero principal; era por algo muchísimo más grande y menos comprensible. Sentía la necesidad de hacer el bien y de demostrar a alguien que el mundo no tiene por qué ser la alcantarilla tan grande que muchos conciben.

En medio de mi sueño, me vi firmando documentos y te vi a ti: radiante, esplendorosa y feliz. Me ayudabas a organizar mi día, hacías llamadas a clientes y contestabas otras. Me dabas comentarios sobre las fotos de mí y mis hijos que colocaba frente a mi escritorio. No hablabas más de las barriadas, de las pastillas de Éxtasis que consumiste la noche anterior o de la operación dichosa que anhelabas realizarte. Tu sonrisa iluminaba mi despacho y recibía con mucho agrado a quien quisiera conversar conmigo. De pronto, mi sueño fue interrumpido por un ruido infernal proveniente de la calle. Aparentemente había una pelea, escuché gritos de una chica y en poco tiempo una sirena policial. La realidad era muy difícil de superar: todos los que queríamos un porvenir diferente debíamos salir del lugar tan hostil en el que nos había tocado nacer. A su vez, salir requería dinero en abundancia para encontrar cualquier cosa que alquilar fuera del centro. Ir al banco. Firmar documentos. Demostrar que la cuenta bancaria tenía suficiente dinero para que las promesas de pago no quedaran simplemente en promesas. Encontrar un empleo estable o por lo menos digno con lo cual ahorrar y subsistir en la gran ciudad. Estar educado y capacitado era también demasiado caro. Pero ambos podíamos soñar, teníamos el derecho de hacerlo.

Eran las 4:30 a.m. Ni un rastro de ti y ninguna forma de saber en dónde estabas. Seguí durmiendo hasta la mañana. Cuando me levanté y vi que no habías llegado, me alarmé, pero no sabía a quién recurrir. Traté de tranquilizarme y de tranquilizar a Nachito, que se mostraba inusualmente inquieto, hasta que llegaras. Tuve que desayunar utilizando tus alimentos, mientras que a Nachito le di más de lo mismo del día anterior. Cuando llegó la tarde, busqué entre tus cosas algún directorio telefónico para ver si podía dar con tu paradero. Encontré el número de tu "madre", A., a quien llamé inmediatamente. Ella tampoco sabía dónde te encontrabas, y se mostró preocupada porque afirmaba que pasar la noche afuera no era algo característico de ti en los últimos años. Me dijo que llamaría si sabía algo de ti y me pidió hacer lo mismo. Hablar con A. no me sosegó en lo más mínimo; todo lo contrario, tuve un presentimiento muy malo, pero cómo iba a saber la verdad sobre lo ocurrido... Había que esperar. No, no era lo mejor en este caso. Debía ir a buscarte, rescatarte si era necesario. Temía por ti y por tu actitud irresponsablemente aventurera. Por eso, salí de tu casa con rumbo este: tal vez te encontraría cerca del puerto o de los puentes, tus lugares favoritos. No vi a muchas personas; los pocos que allí estaban apenas si te identificaban, pero no te habían visto durante varios días, lo cual me hizo sospechar que no habías ido por allá para encontrarte con el señor ángel de la guarda del que me hablaste. Sabiendo que buscarte sería inútil de ahí en adelante, emprendí el camino de regreso a tu casa. Quería encontrarte ahí para decirte cuánto me había preocupado. Tal vez te daría una bofetada y tú me la responderías pero nunca habría estado tan contento de recibir una, porque estarías ahí. Y tal vez la vida regresaría a su rumbo normal y me invitarías a cuidar a Nachito otra vez la siguiente semana.

Cuando llegué y no te encontré, siendo las 7:30 p.m., supe muy en el fondo que eso ya no ocurriría. Me temía lo peor. Si bien no tenía idea alguna sobre lo que podría haber pasado, algo dentor de mí decía que ya no debía seguir esperándote en casa. Me llevé a Nachito a la mía y cerré tu puerta por última vez. Al llegar a mi casa, me retumbé sobre el sofá y rompí en llanto. Ya te había perdido y trataba de acostumbrarme a no tenerte cerca, amiga. Los dos días siguientes los pasé en un estado deplorable. No tenía ganas de asearme ni preocuparme por mi apariencia. El teléfono no sonaba y, cuando lo hacía, esperaba un rato antes de contestar. Afortunadamente, eran simplemente los bancos o algunos clientes para los que hacía pinturas a pedido.

 El día 23 de julio, a las 10:44 a.m., sonó el teléfono. Era A., aunque era difícil reconocer su voz mezclada con un llanto inconsolable. Te habían encontrado muerta, brutalmente golpeada y asfixiada, en el sótano de un hotel asqueroso en el centro. Llevabas así dos días hasta que un empleado te encontró. Evidentemente, el culpable de tu muerte se había identificado como alguien inexistente y se había dado a la fuga. A medida que A. me relataba los detalles de tu hallazgo, sentí una rabia inmensa que poco a poco dominaba mi ser. Sabía bien que algo así podría ocurrirte, pero nunca tuve la valentía para hacerte entrar en razón ni hacerte cambiar de parecer. Los días siguientes me los pasé muy deprimido. No fui a tu entierro porque no quería verte con el rostro desfigurado ni nada de eso. Prefería recordarte con el vestido rojo con florecitas blancas con el que te fuiste aquel día, con esa sonrisa de niña ilusionada con su primer amor y con esa mirada de esperanza en un mañana mejor. Quiero recordarte siempre con el tono de voz con el que te despediste de Nachito, y lo que le dijiste: -Mi niño, no seas malo con tu tío, si no, te castigo, eh. Y veo que tu figura se aleja en el horizonte industrial de la ciudad. No ibas hacia el final del arco iris, ni mucho menos al final feliz que querías para tu vida, pero me enseñaste a preocuparme por aquellos que, como tú, no pudieron defenderse nunca. Y por eso quiero decirte que nunca te olvidaré, amiga mía. Ahora que estoy en el otoño de mis días, tratando de sobrevivir en esta misma ciudad, quiero decirte que lo que aprendí de ti nunca se irá. Nunca.