Te vi nuevamente, amigo mío. Afortunadamente no te percataste de mi presencia; creo que después de todos estos años aún mantengo mi capacidad de pasar inadvertido por en frente de cualquiera. No sé si a esta edad eso sea algo que deba alegrarme o preocuparme. En fin, advertí que en tu rostro se dibujaba una sonrisa bastante misteriosa, extremadamente inusual y hasta cierto punto atemorizante.
Decidí seguirte, averiguar el motivo de tu sonrisa sin que te enteraras que andaba detrás de ti. Un pequeño temblor de mis brazos auguraba una nueva emoción, como aquella que me invadió cuando decidimos recorrer juntos el país para "generar destrozos" que no pasaron, lamentablemente, de ser detenidos por la policía un par de veces por "alterar el orden público", lo que en realidad se traducía en beber alcohol en la Plaza de Armas. Ahora que lo recuerdo, nunca supimos si Lucy, la chica con la que te acostaste en aquel pueblito pobre donde nos indigestamos, quedó embarazada a partir de tu gran imprudencia. Tampoco supimos si es que alguna vez encontraron el cadáver de aquel hombre al que buscaban desesperadamente en otro pueblo de las alturas. Sí, aquel hombre que podríamos jurar vino hacia nosotros un día pidiendo que le regalemos la hierba que según él teníamos en las mochilas. Y así, recuerdo tras recuerdo, seguí planificando mi tardía travesura.
La emoción de saber en qué andabas después de todos estos años, sin que te dieras cuenta, fue demasiado para mi ya débil corazón. Unas palpitaciones me avisaron que no debía tomarme esto demasiado en serio. Pero algo regresó en mí: ese sentimiento de "nadie me espera". Porque sabes muy bien que nadie me espera en casa desde que Rosa y los niños murieran en aquel maldito accidente de avión que hasta ahora me provoca grandes llantos durante la noche. Ni los perros aguantaron la pena porque se escaparon a los dos meses. Ahora, nadie sabía que estaba a punto de encontrar la causa de una sonrisa que en realidad podría llevarme al mismo infierno en cuestión de segundos. Sin embargo, decidí tomar el riesgo. Oh, bueno, tal vez con una pequeña concesión: te lo haría saber en algún momento. Porque no sabes cuánto desearía repetir esas sesiones de conversación maligna rodeada de bebidas espirituosas y sustancias químicas prohibidas.
De esta manera, decidí ir tras tus pasos. Vi que tu ruta era bastante fácil de recordar: tres cuadras de frente, tres cuadras hacia la derecha. Abriste la puerta de un edificio, saludaste de manera cordial al portero y te alejaste en el oscuro pasillo. Aún recuerdo tu figura desapareciendo en la penumbra, como si estuvieras yendo a otro mundo, a una dimensión que desafortunadamente no conozco. Esperé varios minutos hasta que todo estuviera muy silencioso para dirigirme al portero.
El señor tendría unos sesenta años, tenía un aspecto sereno en el rostro, como si no tuviera mayores preocupaciones. Estaba sentado sobre una silla de escritorio, con los pies cruzados y las manos sobre los muslos, haciendo un ligero frotamiento perfectamente explicable por la estación del año. Su chompa de color verde había en definitiva conocido mejores épocas; su pantalón gris y sus zapatos negros completaban esa apariencia de señor respetable que, como bien comprendería en ese instante, iba perfectamente a la par con su comportamiento. Cuando me dirigí a él, no tuvo reparos en darme la información que necesitaba. Me dijo que vivías con tu esposa Sara (nunca la conocí así que fue toda una novedad) pero que no tenían hijos y que ella estaba en una silla de ruedas. El señor, amable y muy chismoso él, me confió que algunas veces los había oido discutir sobre errores del pasado... ¡qué terrible error! En suma, pude enterarme de todo sobre este invierno de tu vida que lamentablemente ya no compartiste conmigo ni con los amigos de la panda. Todos se fueron muriendo sin saber de ti. En mi mente existía la determinación de cerrar este círculo encontrándote y confiándote mi gran soledad y mi gran deseo de tomarme un par de tragos con mi compinche.
Una vez obtenida la información necesaria, regresé a casa. Te haría una visita sorpresa. Me preparé adecuadamente: busqué en mis cajas algunos papeles, fotos, recortes periodísticos y aquellos discos de vinilo que sobrevivieron a tantas malas épocas. Mientras repasaba todos los contenidos de mi vida que iba a mostrarte, que iba a compartir contigo para que nuestra amistad se actualizara, mi mente empezó a divagar; los recuerdos llegaron a lo más hondo de mi corazón; el pesar me invadió cual miasma que me enfermó y me envejeció tanto... Las piernas temblaban, mis ojos se empañaban sin querer, una sensación de vacío en mi interior se hacía cada vez menos controlable. Probablemente en esa caja estaba la esencia de mi edad, de mi sentimiento de culpa y tal vez todo esto no era más que un deseo de redimirme y perdonarme por todo aquello que vi como un mundo paralelo sin saber que era más que un background, sino que también se trataba de mí mismo. Los lugares que no visité, las personas a las que no frecuenté, esos amores furtivos que no recibieron mayores palabras de mi parte... incluso las comidas que nunca probé pero que mis entrañas ya libres de cáncer no podrían recibir.
Súbitamente concluí que esto tal vez sí valdría la pena.
miércoles, 17 de julio de 2013
viernes, 12 de julio de 2013
To me you are a work of art (2006)
La guerra terminó, es hora de irme a casa. Las calles de aquel lugar muy al este me despiden con neblina: no aquella que me motiva a caminar y meditar, sino la que me impele a dirigirme a algún lugar cerrado y no salir de allí durante días.
Siento los efectos del alcohol en este momento, tanto en mi garganta como en mis manos y en mi cerebro. Estoy siendo testigo de mi pérdida de inhibición y de mi disociación con la realidad. Te veo en toda tu imperfección y quiero acercar mis manos a tu cuerpo, tan solo por un segundo. Necesito decírtelo mas no estás ahí. Nunca lo estuviste.
O tal vez sí estés. ¿Puedes oírme? ¿Puedes leerme?
El ruido de la calle y el silencio de mi habitación, ahora ya conjugados en una pintura de dos planos de la realidad, me responden que sí y que no. Pues sé que me estás leyendo pero que no me escuchas, o viceversa. De cualquier forma, siento que ya es muy tarde.
Me fui.
Admitir mi culpa no es algo característico en mí. Sin embargo, en este caso debo hacer una excepción. Tuve la culpa de contemplarte, admirarte, analizarte, visualizarte, fantasearte. Lo hice, lo hice y lo hice hasta el hartazgo, como quien busca una explicación o solución a un problema matemático o a un tema existencial. Mi mente te tuvo como protagonista de una novela que nunca se plasmó en lo real. Me pegué a lo pragmático de la manera equivocada; intenté que esa imagen tan real que había creado pudiera vencer a la realidad, pero no lo logré.
Ahora, mi única solución consiste en pegarme a esa realidad. Pero, ¿qué haré con lo que mi mente creó?
Siento los efectos del alcohol en este momento, tanto en mi garganta como en mis manos y en mi cerebro. Estoy siendo testigo de mi pérdida de inhibición y de mi disociación con la realidad. Te veo en toda tu imperfección y quiero acercar mis manos a tu cuerpo, tan solo por un segundo. Necesito decírtelo mas no estás ahí. Nunca lo estuviste.
O tal vez sí estés. ¿Puedes oírme? ¿Puedes leerme?
El ruido de la calle y el silencio de mi habitación, ahora ya conjugados en una pintura de dos planos de la realidad, me responden que sí y que no. Pues sé que me estás leyendo pero que no me escuchas, o viceversa. De cualquier forma, siento que ya es muy tarde.
Me fui.
Admitir mi culpa no es algo característico en mí. Sin embargo, en este caso debo hacer una excepción. Tuve la culpa de contemplarte, admirarte, analizarte, visualizarte, fantasearte. Lo hice, lo hice y lo hice hasta el hartazgo, como quien busca una explicación o solución a un problema matemático o a un tema existencial. Mi mente te tuvo como protagonista de una novela que nunca se plasmó en lo real. Me pegué a lo pragmático de la manera equivocada; intenté que esa imagen tan real que había creado pudiera vencer a la realidad, pero no lo logré.
Ahora, mi única solución consiste en pegarme a esa realidad. Pero, ¿qué haré con lo que mi mente creó?
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