Aquí estoy, te había estado siguiendo desede hace mucho tiempo. Conseguí tu información personal a través de Facebook y a través de tu mejor amiga, que resulta ser mi vecina. Ella se portó muy bien a cambio de cierta cantidad de dinero.
Cuando nos vimos frente a frente durante esas tres semanas no lograste adivinar mis intenciones. Poseía tu rostro y tu cuerpo sin tocarte, mientras que tu nerviosa sonrisa no me otorgaba espacio ni tiempo para actuar. Millones de malas intenciones y millones de perversiones me invadían, sin poder desfogarlas.
Ahora me voy a subir al auto, sé dónde vives y qué haces. Probablemente podrás esconderte, pero necesito confirmación y acción.
Esa sonrisa nerviosa no será lo único que creen los músculos de tu mandíbula. Déjame encontrarte.
Soundtrack: IAMX - Kiss and swallow
martes, 1 de noviembre de 2011
lunes, 10 de octubre de 2011
Deseo
Esa palabra desmitifica todo mi ser. Soy el deseo encarnado, soy esa sensación de necesidad que se apodera del cuerpo y la mente cuando hay un objeto, un ser o un ente abstracto que no tenemos.
Anhelo poseer todo y no lo poseo. Contemplo y disfruto de la idea de que mi objetivo no es mío, aunque sé que mientras lo retenga en mi mente así lo será.
Poco a poco, gracias a mi capacidad para introducirme en todo objeto del mundo, logro controlar las voluntades.
Soy paciente, la contemplación puede durar siglos, pero mi oportunidad no la desaprovecho.
Anhelo poseer todo y no lo poseo. Contemplo y disfruto de la idea de que mi objetivo no es mío, aunque sé que mientras lo retenga en mi mente así lo será.
Poco a poco, gracias a mi capacidad para introducirme en todo objeto del mundo, logro controlar las voluntades.
Soy paciente, la contemplación puede durar siglos, pero mi oportunidad no la desaprovecho.
jueves, 6 de octubre de 2011
Aquella tarde
C'était Simone qui disait "on ne naît pas méchant, on se devient", non? Ou c'était ma granmère?
Escribo esa línea -que ya no me da risa- sobre el cuadernito y la borro inmediatamente. Hoy no es mi día. No quiero ver el sol esplendoroso y tibio que hay afuera. En mi estudio hace frío y siento que respiro un aire más que enrarecido. Los libros ya no son tan blancos como solían ser y los discos se acumulan en cantidad cada vez mayor. Mi enojo, aburrimiento y frustración no tienen lugar aquí, en donde la esencia de mi ser ha decidido encerrarse para desarrollarse y generar frutos que no verán la luz que ese sol de afuera ha querido imponer sobre mí, pero que estoicamente resisto porque mi finalidad no es terrenal, no es tangible y trasciende a mi efímero ser.
Mientras hago algunos apuntes que me servirán más tarde, me doy cuenta de que no siento mis piernas y me pregunto si será un síntoma del que pronostico será mi futuro ineludible: quedarme con un cuerpo totalmente inútil y una mente que aspire a ser brillante. O tal vez, en el mejor de los casos, será la razón principal para que me den una pensión por incapacidad para no tener que mezclarme con otros seres humanos en la calle o mi mal llamado trabajo de catedrático de Literatura Francesa del siglo XIX. Súbitamente, mi rodilla derecha me recuerda que aún está ahí y empieza a doler. La rodilla izquierda, un par de minutos después, sigue el ejemplo de su compañera y empieza a doler también.
En cherchant le paradis, on trouve l'enfer.
Continúo escribiendo y recuerdo que aún me quedan algunos analgésicos que me podrían ayudar a acabar momentáneamente con este problema. Mi madre diría que necesitaría ir al mecánico para que me aceite las bisagras y a veces pienso que tiene razón. Mi cuerpo ya no es un cuerpo propiamente dicho, es una máquina tan siniestra y tan impenetrable que nadie se acerca a ella. Yo colaboré con su proceso de neutralización y afeamiento al dejar realizarme las cirugías y al abandonar el ejercicio físico. No puedo decir que me moleste mucho la situación actual, si bien es realmente irritante que mis dolores empiecen justamente cuando decido escribir algo para mandarle a mi primo Joaquín, el de la editorial.
El analgésico sabe a gloria y, tal vez por mi propia sugestión, empieza a tener efecto después de cinco minutos. Sí, es muy probable que sea mi sugestión aunque ahora tendré que aprovechar en seguir escribiendo mi obra maestra. Joaquín está muy preocupado porque empecé en 2001 y hasta ahora no termino. He eliminado páginas muy bien escritas y otras extremadamente mediocres, pero el primer capítulo aún se encuentra en desarrollo. El borracho francés aún no termina de planificar la manera de declarar su amor al maniquí -al que apodó Berenice- que vio en la tienda que se encontraba exactamente a 8923 pasos de su espantoso departamento de París. Creo que morirá antes de terminar de declararse, tal vez de un ataque cardiaco o una ingesta letal de alcohol que borrará toda evidencia de glóbulos rojos.
Escribo varias ideas en un papelito, el cual cierro presurosamente porque creo que tuve una mejor idea. Sí, comer algo a esa hora era la opción más prudente. Luego la inspiración para terminar la página vendría sola, así como cuando comí el guiso de res que hizo mi madre y me senté a escribir mi primera historia, allá por inicios de la década de 1970. El sabor retornó a mi mente y logré ver al borracho comer un poco y ganar la misma inspiración que yo. Por fin, algo diferente a lo que había planificado. Estaba seguro de que a Joaquín le gustaría. Mis malditas rodillas no podrían impedirme volverme más brillante, labrar mi camino hacia algún premio y algo de dinero que podría gastar en un abrigo nuevo y en sexo, aunque tal vez en un disco de jazz más para mis estantes mohosos.
Así, luego de un generoso bocadillo de queso, pasé media hora labrando una pequeña parte de la historia. El borracho encontró un diccionario y se puso a investigar. Al igual que mi personaje, decidí que debía ocupar mi mente en actividades que pudieran inspirarme sin necesariamente aburrirme o inclinarme hacia algún tipo en particular de incidencia dentro de mi obra maestra. El único inconveniente es que dentro de mi pequeño universo no existía absolutamente nada que me ayudara de esa manera. Preferí ignorar mi propio consejo y continuar con mi labor. Las líneas tenían algo diferente que me agradaba y que podía predecir le agradarían a Joaquín, que no era exigente pero sí muy impresionable. Sentía que dentro de todas las limitaciones, algo interesante podría resultar siempre. Tenía una singular alegría.
Éblouissante. Tu es véritablement éblouissante. Malgré cela, ton corps est la prison de ton âme, ma chérie.
Una vez que todo estuvo listo durante esa tarde y que mi personaje retomó su locura de manera más convincente que antes, me sentí en la necesidad imperiosa de contacto humano. No podía controlarlo, era una suerte de alegría que tenía adentro que no podía dejar ir sin compartir. Súbitamente recordé mucho esos años de tortura autoimpuesta que me representó el haber aceptado la cátedra ni bien terminé mis estudios en la universidad. Pensé que estaba haciendo todo bien, pensé que tenía éxito pero lo que había ocurrido es que me había vuelto esclavo de mi propia pasión. Leer a Zola o a cualquier poeta francés ya no era mi pasión ni era mi pasatiempo: se había vuelto mi trabajo. Después de cinco años de enamoramiento con la cátedra, decidí que quería dedicarme a crear personajes perversos, héroes incomprendidos, niños sabios y mujeres emprendedoras. Los empecé a crear en la intimidad de mi estudio, cuando éste aún no tenía muchos discos pero sí una gran colección de libros que me miraban como si los hubiera ofendido. En medio de todo ese pensamiento, tomé mi viejo abrigo y salí con dirección al parque.
Mi caminar era lento y en algunos instantes sentía que el efecto del analgésico se disiparía para cuando ya estuviera en el gran parque de la ciudad. No obstante, mi vehemente deseo de socializar, de ver seres humanos que estuvieran más vivos que los personajes que creé en mis novelas sin publicar. Quería volver a conocer el carácter impredecible, aleatorio de la naturaleza humana. Quería recordar a mis padres, a mi hermana y a su novio que ahora estaban en el mundo de las ideas. En eso vi a unos niños corriendo y gritándose cosas que no lograba comprender: el lenguaje humano en pleno desarrollo. La emoción me embargaba, sentía que estaba enamorándome. De nadie en particular, sino de el hecho de estar vivo, de ver y de oír lo que ocurre a mi alrededor sin que esto sea las quejas de mis alumnos de la cátedra cuando les digo que deben hacer un ensayo sobre Mallarmé o la voz de la histérica que se hace llamar la Presidenta de la Escuela de Literatura. Sentía que iba volando hacia la gran universidad y defecaba en sus rostros atónitos mientras me reía de una manera escandalosa y casi inhumana.
J'étais heureux pour la première fois.
De pronto, vi una figura que sentí conocida de algún lado, aunque mi memoria me falló: simplemente no reconocí a este hombre que venía presuroso hacia mí. Mi corazón empezó a latir muy rápido, por alguna extraña razón pensé que me atacaría. En vez de eso, se detuvo frente a mí.
-Invítame algo.
-Vamos a mi casa.
El hombre me dio una palmada suave en la espalda. Emprendimos el camino a mi domicilio. No dijimos nada en el camino. Me vi totalmente inmerso en su realidad y en lo que venía a hacer. Abrí la puerta una vez más y le hice un ademán para que pase. Él entró y lo seguí. Una vez instalado sobre una silla, encendió un cigarro. Le ofrecí vodka, el cual bebió ávidamente, como si se tratase de agua corriente. Al terminar, habló:
-¿Sabes algo? Mi abuela tenía razón. Las palabras hay que saber buscarlas. Ya sé cómo declararme a Berenice. A que acepta, eh. Y me la llevo, voy a sacarla del mostrador.
-Allá tú. Eh, que es hora de que te vayas. Tengo visita luego.
-Dame un trago para el camino.
-Ahí tienes.
Sabía que era la única manera en la que lograría que se fuera sin mayor queja. Entonces se levantó, abrió la puerta y salió dejándola abierta. Me acerqué a cerrarla.
L'ennui est finalement rentré chez moi.
Sabía que tenía que seguir escribiendo y no necesitaba interrupciones de ningún tipo. Antes de prepararme mi bocadillo de la noche, llamé a Joaquín para avisarle que tendría un poco de material en aproximadamente una semana, que tenía motivos para pensar que la novela quedaría terminada antes de fin de año. La conversación fue rápida y directo al punto y mi idea fue bienvenida con un entusiasmo bastante inusitado en el amargado Joaquín. Luego, me dirigí a mi estudio, tomé mis papeles y seguí escribiendo. La noche ya había empezado y hoy no había cátedra, así que seguí en esa misión que ya me había tomado diez años: terminar mi novela y retratar por completo al borracho.
Escribo esa línea -que ya no me da risa- sobre el cuadernito y la borro inmediatamente. Hoy no es mi día. No quiero ver el sol esplendoroso y tibio que hay afuera. En mi estudio hace frío y siento que respiro un aire más que enrarecido. Los libros ya no son tan blancos como solían ser y los discos se acumulan en cantidad cada vez mayor. Mi enojo, aburrimiento y frustración no tienen lugar aquí, en donde la esencia de mi ser ha decidido encerrarse para desarrollarse y generar frutos que no verán la luz que ese sol de afuera ha querido imponer sobre mí, pero que estoicamente resisto porque mi finalidad no es terrenal, no es tangible y trasciende a mi efímero ser.
Mientras hago algunos apuntes que me servirán más tarde, me doy cuenta de que no siento mis piernas y me pregunto si será un síntoma del que pronostico será mi futuro ineludible: quedarme con un cuerpo totalmente inútil y una mente que aspire a ser brillante. O tal vez, en el mejor de los casos, será la razón principal para que me den una pensión por incapacidad para no tener que mezclarme con otros seres humanos en la calle o mi mal llamado trabajo de catedrático de Literatura Francesa del siglo XIX. Súbitamente, mi rodilla derecha me recuerda que aún está ahí y empieza a doler. La rodilla izquierda, un par de minutos después, sigue el ejemplo de su compañera y empieza a doler también.
En cherchant le paradis, on trouve l'enfer.
Continúo escribiendo y recuerdo que aún me quedan algunos analgésicos que me podrían ayudar a acabar momentáneamente con este problema. Mi madre diría que necesitaría ir al mecánico para que me aceite las bisagras y a veces pienso que tiene razón. Mi cuerpo ya no es un cuerpo propiamente dicho, es una máquina tan siniestra y tan impenetrable que nadie se acerca a ella. Yo colaboré con su proceso de neutralización y afeamiento al dejar realizarme las cirugías y al abandonar el ejercicio físico. No puedo decir que me moleste mucho la situación actual, si bien es realmente irritante que mis dolores empiecen justamente cuando decido escribir algo para mandarle a mi primo Joaquín, el de la editorial.
El analgésico sabe a gloria y, tal vez por mi propia sugestión, empieza a tener efecto después de cinco minutos. Sí, es muy probable que sea mi sugestión aunque ahora tendré que aprovechar en seguir escribiendo mi obra maestra. Joaquín está muy preocupado porque empecé en 2001 y hasta ahora no termino. He eliminado páginas muy bien escritas y otras extremadamente mediocres, pero el primer capítulo aún se encuentra en desarrollo. El borracho francés aún no termina de planificar la manera de declarar su amor al maniquí -al que apodó Berenice- que vio en la tienda que se encontraba exactamente a 8923 pasos de su espantoso departamento de París. Creo que morirá antes de terminar de declararse, tal vez de un ataque cardiaco o una ingesta letal de alcohol que borrará toda evidencia de glóbulos rojos.
Escribo varias ideas en un papelito, el cual cierro presurosamente porque creo que tuve una mejor idea. Sí, comer algo a esa hora era la opción más prudente. Luego la inspiración para terminar la página vendría sola, así como cuando comí el guiso de res que hizo mi madre y me senté a escribir mi primera historia, allá por inicios de la década de 1970. El sabor retornó a mi mente y logré ver al borracho comer un poco y ganar la misma inspiración que yo. Por fin, algo diferente a lo que había planificado. Estaba seguro de que a Joaquín le gustaría. Mis malditas rodillas no podrían impedirme volverme más brillante, labrar mi camino hacia algún premio y algo de dinero que podría gastar en un abrigo nuevo y en sexo, aunque tal vez en un disco de jazz más para mis estantes mohosos.
Así, luego de un generoso bocadillo de queso, pasé media hora labrando una pequeña parte de la historia. El borracho encontró un diccionario y se puso a investigar. Al igual que mi personaje, decidí que debía ocupar mi mente en actividades que pudieran inspirarme sin necesariamente aburrirme o inclinarme hacia algún tipo en particular de incidencia dentro de mi obra maestra. El único inconveniente es que dentro de mi pequeño universo no existía absolutamente nada que me ayudara de esa manera. Preferí ignorar mi propio consejo y continuar con mi labor. Las líneas tenían algo diferente que me agradaba y que podía predecir le agradarían a Joaquín, que no era exigente pero sí muy impresionable. Sentía que dentro de todas las limitaciones, algo interesante podría resultar siempre. Tenía una singular alegría.
Éblouissante. Tu es véritablement éblouissante. Malgré cela, ton corps est la prison de ton âme, ma chérie.
Una vez que todo estuvo listo durante esa tarde y que mi personaje retomó su locura de manera más convincente que antes, me sentí en la necesidad imperiosa de contacto humano. No podía controlarlo, era una suerte de alegría que tenía adentro que no podía dejar ir sin compartir. Súbitamente recordé mucho esos años de tortura autoimpuesta que me representó el haber aceptado la cátedra ni bien terminé mis estudios en la universidad. Pensé que estaba haciendo todo bien, pensé que tenía éxito pero lo que había ocurrido es que me había vuelto esclavo de mi propia pasión. Leer a Zola o a cualquier poeta francés ya no era mi pasión ni era mi pasatiempo: se había vuelto mi trabajo. Después de cinco años de enamoramiento con la cátedra, decidí que quería dedicarme a crear personajes perversos, héroes incomprendidos, niños sabios y mujeres emprendedoras. Los empecé a crear en la intimidad de mi estudio, cuando éste aún no tenía muchos discos pero sí una gran colección de libros que me miraban como si los hubiera ofendido. En medio de todo ese pensamiento, tomé mi viejo abrigo y salí con dirección al parque.
Mi caminar era lento y en algunos instantes sentía que el efecto del analgésico se disiparía para cuando ya estuviera en el gran parque de la ciudad. No obstante, mi vehemente deseo de socializar, de ver seres humanos que estuvieran más vivos que los personajes que creé en mis novelas sin publicar. Quería volver a conocer el carácter impredecible, aleatorio de la naturaleza humana. Quería recordar a mis padres, a mi hermana y a su novio que ahora estaban en el mundo de las ideas. En eso vi a unos niños corriendo y gritándose cosas que no lograba comprender: el lenguaje humano en pleno desarrollo. La emoción me embargaba, sentía que estaba enamorándome. De nadie en particular, sino de el hecho de estar vivo, de ver y de oír lo que ocurre a mi alrededor sin que esto sea las quejas de mis alumnos de la cátedra cuando les digo que deben hacer un ensayo sobre Mallarmé o la voz de la histérica que se hace llamar la Presidenta de la Escuela de Literatura. Sentía que iba volando hacia la gran universidad y defecaba en sus rostros atónitos mientras me reía de una manera escandalosa y casi inhumana.
J'étais heureux pour la première fois.
De pronto, vi una figura que sentí conocida de algún lado, aunque mi memoria me falló: simplemente no reconocí a este hombre que venía presuroso hacia mí. Mi corazón empezó a latir muy rápido, por alguna extraña razón pensé que me atacaría. En vez de eso, se detuvo frente a mí.
-Invítame algo.
-Vamos a mi casa.
El hombre me dio una palmada suave en la espalda. Emprendimos el camino a mi domicilio. No dijimos nada en el camino. Me vi totalmente inmerso en su realidad y en lo que venía a hacer. Abrí la puerta una vez más y le hice un ademán para que pase. Él entró y lo seguí. Una vez instalado sobre una silla, encendió un cigarro. Le ofrecí vodka, el cual bebió ávidamente, como si se tratase de agua corriente. Al terminar, habló:
-¿Sabes algo? Mi abuela tenía razón. Las palabras hay que saber buscarlas. Ya sé cómo declararme a Berenice. A que acepta, eh. Y me la llevo, voy a sacarla del mostrador.
-Allá tú. Eh, que es hora de que te vayas. Tengo visita luego.
-Dame un trago para el camino.
-Ahí tienes.
Sabía que era la única manera en la que lograría que se fuera sin mayor queja. Entonces se levantó, abrió la puerta y salió dejándola abierta. Me acerqué a cerrarla.
L'ennui est finalement rentré chez moi.
Sabía que tenía que seguir escribiendo y no necesitaba interrupciones de ningún tipo. Antes de prepararme mi bocadillo de la noche, llamé a Joaquín para avisarle que tendría un poco de material en aproximadamente una semana, que tenía motivos para pensar que la novela quedaría terminada antes de fin de año. La conversación fue rápida y directo al punto y mi idea fue bienvenida con un entusiasmo bastante inusitado en el amargado Joaquín. Luego, me dirigí a mi estudio, tomé mis papeles y seguí escribiendo. La noche ya había empezado y hoy no había cátedra, así que seguí en esa misión que ya me había tomado diez años: terminar mi novela y retratar por completo al borracho.
jueves, 29 de septiembre de 2011
Ya no
Hoy no quiero ser optimista. Hoy no daré un mensaje de paz ni de positivismo puro. Hoy quiero dar fe de lo peor de este mundo. Apóyenme, señores, en esta cruzada. Pero escuchen mi relato.
Vi sangre, señores. Vi la sangre de aquel tipo que me amenazó, que me agredió (y llegó a dañarme) con un cuchillo. A ese tipo le disparé en alguna parte del cuerpo con más temor que convicción porque tenía toda la intención de matarme e iba a acabar con la vida de mi mujer también. Pedí perdón a Dios porque no quería hacerlo, y lloré desconsoladamente. En medio de la penumbra de la calle con su farol a medio malograrse, supe que tenía que llamar a una ambulancia y lo hice como si se hubiera lastimado alguien que conocía. El desdichado estaba vivo aún y así llegó al hospital Almenara. Se me hizo un nudo en la garganta: quería que compareciera ante la justicia, que lo interrogaran y lo encarcelaran. Porque yo creo en la justicia y en el sistema, señores. Creo que es posible que en este país en donde choros, putas y asesinos nos rodean, existe un poder que los puede hacer pagar por sus culpas en esta tierra.
Sin embargo, cuando el individuo, que resultaba llamarse Ángel (vaya ironías), estaba agonizando, dijo –en presencia de un efectivo policial- que yo lo ataqué y le debía dinero. Dijo que yo lo había contratado para un “trabajo” que definitivamente NO era el de hacer algo de carpintería para mi casa y que luego me había rehusado a pagar. Luego, torció el pescuezo hacia un costado y botó su último maldito aliento. En ese momento, vi al policía acercarse. Me dijo algo que no entendí, y luego escuché que hablaba en su radiorreceptor. Sentí por un momento que todo el mundo se volteaba y que súbitamente el sistema al que tanto había respetado estaba haciéndome pagar mientras se reía como un gánster y me decía: “Eres un huevón de primera. Lo mataste y ahora te jodiste”.
Aun así, yo confiaba en el sistema y en que todo se aclararía, señores. Cuando se determinó que pasaría a la carceleta, lo acepté con gallardía pues sabía que todo se solucionaría pronto. Mientras cavilaba lo que tendría que hacer para salir libre, me di cuenta de algo que cayó sobre mí como una pared de plomo: NO TENÍA CONTACTOS. En un principio intenté pensar que esto no influiría en lo que pasaría en adelante, pero ¡cuán equivocado estaba! Otra vez, el gánster de la risa horrible me gritaba: “Huevón”. La risa seguía dañando mi cerebro, me hacía perder el sentido por escasos segundos antes de que yo despertara y siguiera escuchándola, esta vez con más intensidad.
El no tener contactos tuvo consecuencias terribles: me trataron como a un malnacido. Entre insultos y golpizas me prometían las peores experiencias en cana, me decían que me iba a podrir y que me iban a volver cabro por el simple hecho de ser blanco y ser pacífico. Algunos presos se compadecían y me decían que tenía que aprender a defenderme por mí mismo, aunque tenía una alternativa: podía hablar con tal policía, tenía que hacerme amigo de tal fiscal, podrían llevar alguna petición de mi mujer (mi única familia en esta tierra) al juez. Todo se podía solucionar en este país tan grandioso, me decían. Empero, lo que necesitaba no estaba al alcance: el policía iba a costar 3000 lucas; el fiscal, 10000; el juez, 15000. Yo insistí que creía en el sistema y que no iba a caer en la tentación de coimear con tal de obtener mi libertad. Estaba convencido de que todo se iba a arreglar, que la investigación del Departamento de Criminalística iba a descubrir que habían circunstancias atenuantes y que yo no representaba un peligro para la sociedad.
Qué huevón que fui. Lo que me faltaba era PLATA.
A los pocos días, un fiscal fue a informarme que mi caso no calificaba debido a que el homicidio en defensa propia sólo ocurre en igualdad de condiciones. En buen cristiano, eso quería decir que yo tendría que haber matado a Ángel a cuchilladas para que no lo consideren homicidio calificado. Creyeron su historia y hubo varios hijos de puta que decían que este individuo efectivamente realizaba “trabajos”. El fiscal me dijo que tendría que ir al penal y quedarme ahí hasta que se programara mi juicio.
Los días que siguieron a mi traslado y mi posterior juicio, en el que me hallaron inocente por falta de pruebas, fueron horrendos, y han dejado una huella imborrable en mí. Es literalmente imborrable pues mis brazos ahora tienen tajos, mi rostro tiene magulladuras, mi ano tiene una fisura que no para de sangrar; mi sangre, un virus que algún día me matará. Mi mujer se fue con su familia, no soportó la vergüenza de que su marido fuera presidiario, y para colmo de los que aparece, vilipendiado por supuesto, en televisión. Salí de la cárcel hace un año. Creí en el sistema y fue mi peor error.
Hace dos meses mi vecino Manuel [apellido conocido] mató a su mujer porque la encontró tirándose al hijo de su empleada de toda la vida, un mancebo de apenas 18. Yo escuché los gritos de la mujer y los balazos. La policía se llevó al asesino y hasta vino la prensa.
Hace dos días, Manuel regresó a su casa, aunque ya sin prensa. Investigué qué había pasado. Resulta que fue liberado porque, primero que nada, conocía al juez de instrucción: ambos estudiaron Derecho en la misma universidad y practicaron en el mismo estudio. Además, en el penal no lo tocaron porque la familia pudo comprar al “Zambo Ricardo” para que lo protegiera de los abusos de otros reos. Su hermana estaba casada con un periodista que era hermano de alguien influyente en el periódico más importante, así que la liberación de este individuo no fue cubierta por la prensa. En conclusión, tenía CONTACTOS y PLATA.
Ése es el sistema. La voz que me decía “huevón” tenía mucha razón.
Vi sangre, señores. Vi la sangre de aquel tipo que me amenazó, que me agredió (y llegó a dañarme) con un cuchillo. A ese tipo le disparé en alguna parte del cuerpo con más temor que convicción porque tenía toda la intención de matarme e iba a acabar con la vida de mi mujer también. Pedí perdón a Dios porque no quería hacerlo, y lloré desconsoladamente. En medio de la penumbra de la calle con su farol a medio malograrse, supe que tenía que llamar a una ambulancia y lo hice como si se hubiera lastimado alguien que conocía. El desdichado estaba vivo aún y así llegó al hospital Almenara. Se me hizo un nudo en la garganta: quería que compareciera ante la justicia, que lo interrogaran y lo encarcelaran. Porque yo creo en la justicia y en el sistema, señores. Creo que es posible que en este país en donde choros, putas y asesinos nos rodean, existe un poder que los puede hacer pagar por sus culpas en esta tierra.
Sin embargo, cuando el individuo, que resultaba llamarse Ángel (vaya ironías), estaba agonizando, dijo –en presencia de un efectivo policial- que yo lo ataqué y le debía dinero. Dijo que yo lo había contratado para un “trabajo” que definitivamente NO era el de hacer algo de carpintería para mi casa y que luego me había rehusado a pagar. Luego, torció el pescuezo hacia un costado y botó su último maldito aliento. En ese momento, vi al policía acercarse. Me dijo algo que no entendí, y luego escuché que hablaba en su radiorreceptor. Sentí por un momento que todo el mundo se volteaba y que súbitamente el sistema al que tanto había respetado estaba haciéndome pagar mientras se reía como un gánster y me decía: “Eres un huevón de primera. Lo mataste y ahora te jodiste”.
Aun así, yo confiaba en el sistema y en que todo se aclararía, señores. Cuando se determinó que pasaría a la carceleta, lo acepté con gallardía pues sabía que todo se solucionaría pronto. Mientras cavilaba lo que tendría que hacer para salir libre, me di cuenta de algo que cayó sobre mí como una pared de plomo: NO TENÍA CONTACTOS. En un principio intenté pensar que esto no influiría en lo que pasaría en adelante, pero ¡cuán equivocado estaba! Otra vez, el gánster de la risa horrible me gritaba: “Huevón”. La risa seguía dañando mi cerebro, me hacía perder el sentido por escasos segundos antes de que yo despertara y siguiera escuchándola, esta vez con más intensidad.
El no tener contactos tuvo consecuencias terribles: me trataron como a un malnacido. Entre insultos y golpizas me prometían las peores experiencias en cana, me decían que me iba a podrir y que me iban a volver cabro por el simple hecho de ser blanco y ser pacífico. Algunos presos se compadecían y me decían que tenía que aprender a defenderme por mí mismo, aunque tenía una alternativa: podía hablar con tal policía, tenía que hacerme amigo de tal fiscal, podrían llevar alguna petición de mi mujer (mi única familia en esta tierra) al juez. Todo se podía solucionar en este país tan grandioso, me decían. Empero, lo que necesitaba no estaba al alcance: el policía iba a costar 3000 lucas; el fiscal, 10000; el juez, 15000. Yo insistí que creía en el sistema y que no iba a caer en la tentación de coimear con tal de obtener mi libertad. Estaba convencido de que todo se iba a arreglar, que la investigación del Departamento de Criminalística iba a descubrir que habían circunstancias atenuantes y que yo no representaba un peligro para la sociedad.
Qué huevón que fui. Lo que me faltaba era PLATA.
A los pocos días, un fiscal fue a informarme que mi caso no calificaba debido a que el homicidio en defensa propia sólo ocurre en igualdad de condiciones. En buen cristiano, eso quería decir que yo tendría que haber matado a Ángel a cuchilladas para que no lo consideren homicidio calificado. Creyeron su historia y hubo varios hijos de puta que decían que este individuo efectivamente realizaba “trabajos”. El fiscal me dijo que tendría que ir al penal y quedarme ahí hasta que se programara mi juicio.
Los días que siguieron a mi traslado y mi posterior juicio, en el que me hallaron inocente por falta de pruebas, fueron horrendos, y han dejado una huella imborrable en mí. Es literalmente imborrable pues mis brazos ahora tienen tajos, mi rostro tiene magulladuras, mi ano tiene una fisura que no para de sangrar; mi sangre, un virus que algún día me matará. Mi mujer se fue con su familia, no soportó la vergüenza de que su marido fuera presidiario, y para colmo de los que aparece, vilipendiado por supuesto, en televisión. Salí de la cárcel hace un año. Creí en el sistema y fue mi peor error.
Hace dos meses mi vecino Manuel [apellido conocido] mató a su mujer porque la encontró tirándose al hijo de su empleada de toda la vida, un mancebo de apenas 18. Yo escuché los gritos de la mujer y los balazos. La policía se llevó al asesino y hasta vino la prensa.
Hace dos días, Manuel regresó a su casa, aunque ya sin prensa. Investigué qué había pasado. Resulta que fue liberado porque, primero que nada, conocía al juez de instrucción: ambos estudiaron Derecho en la misma universidad y practicaron en el mismo estudio. Además, en el penal no lo tocaron porque la familia pudo comprar al “Zambo Ricardo” para que lo protegiera de los abusos de otros reos. Su hermana estaba casada con un periodista que era hermano de alguien influyente en el periódico más importante, así que la liberación de este individuo no fue cubierta por la prensa. En conclusión, tenía CONTACTOS y PLATA.
Ése es el sistema. La voz que me decía “huevón” tenía mucha razón.
domingo, 25 de septiembre de 2011
Autobahn (Escritura aleatoria)
Banda sonora: Kraftwerk - Autobahn
Maldita rutina. El ruido del carro es el mismo de siempre, ¿o no? Salgo de la cochera y me saludan miles de bocinas en la calle, parece que hoy es mi cumpleaños, o es que tal vez hoy me tocó ser el hijoputa que bloquea la calle. No lo sé, tal vez hoy sea mi día de suerte o tal vez hoy encuentre a la persona ideal, o tal vez... puta madre, tengo que llegar al trabajo.
Salgo a la avenida principal. Otro estúpido semáforo que se empeña en hacerme la vida imposible. ¿Tengo todos los documentos? Creo que sí. Voy a ver atrás... todo bien, así parece. Ahora sí puedo tomar un poco de velocidad. ¿Habrá ido Cynthia con su putifalda? ¿Me saludará el cabrón de Ernesto con su sonrisa cachacienta antes de decirme que tengo 150 correos por responder a Toronto? El ennui me consume pero siempre hay algo por preguntarse.
Llegué a la autopista. Felizmente sólo serán 5 minutos más antes de llegar. ¿Por qué me levanté tan tarde hoy? Buen punto: anoche no podía dormir. Tuve una pesadilla horrible, horrible. Me comía el mar en un barco, y veía luces láser que me desintegraban el rostro.
¡Carajo!
Ese hijoputa me las va a pagar, cómo se le ocurre manejar así.
-Oye mierda, maneja bien, ¿no ves que estamos en autopista?
Su dedo medio me da una elocuente respuesta. No quiero más broncas que estoy por llegar tarde.
La interrupción no dura mucho. Prendo la radio (inusual, ¿no?) para que la música calme a la bestia. Suena una canción de Calamaro. Me llega al pincho la canción de Calamaro, pero qué va, voy a llegar tarde. A seguir manejando.
El tráfico de la autopista empieza a dar signos de que estoy por llegar. Muchos camiones y también autos particulares asoman a la distancia. Diviso a lo lejos la señal para la salida hacia mi destino final.
Finalmente giro a la derecha, el trabajo y la obligación de todos los días me llaman. Maldito el día en que elegí trabajar tan lejos. Todo lo que se puede hacer por los amigos, maldita sea.
-¡Buenos días señor!
-Hola Ernesto. A trabajar.
[Repetir x 5]
Maldita rutina. El ruido del carro es el mismo de siempre, ¿o no? Salgo de la cochera y me saludan miles de bocinas en la calle, parece que hoy es mi cumpleaños, o es que tal vez hoy me tocó ser el hijoputa que bloquea la calle. No lo sé, tal vez hoy sea mi día de suerte o tal vez hoy encuentre a la persona ideal, o tal vez... puta madre, tengo que llegar al trabajo.
Salgo a la avenida principal. Otro estúpido semáforo que se empeña en hacerme la vida imposible. ¿Tengo todos los documentos? Creo que sí. Voy a ver atrás... todo bien, así parece. Ahora sí puedo tomar un poco de velocidad. ¿Habrá ido Cynthia con su putifalda? ¿Me saludará el cabrón de Ernesto con su sonrisa cachacienta antes de decirme que tengo 150 correos por responder a Toronto? El ennui me consume pero siempre hay algo por preguntarse.
Llegué a la autopista. Felizmente sólo serán 5 minutos más antes de llegar. ¿Por qué me levanté tan tarde hoy? Buen punto: anoche no podía dormir. Tuve una pesadilla horrible, horrible. Me comía el mar en un barco, y veía luces láser que me desintegraban el rostro.
¡Carajo!
Ese hijoputa me las va a pagar, cómo se le ocurre manejar así.
-Oye mierda, maneja bien, ¿no ves que estamos en autopista?
Su dedo medio me da una elocuente respuesta. No quiero más broncas que estoy por llegar tarde.
La interrupción no dura mucho. Prendo la radio (inusual, ¿no?) para que la música calme a la bestia. Suena una canción de Calamaro. Me llega al pincho la canción de Calamaro, pero qué va, voy a llegar tarde. A seguir manejando.
El tráfico de la autopista empieza a dar signos de que estoy por llegar. Muchos camiones y también autos particulares asoman a la distancia. Diviso a lo lejos la señal para la salida hacia mi destino final.
Finalmente giro a la derecha, el trabajo y la obligación de todos los días me llaman. Maldito el día en que elegí trabajar tan lejos. Todo lo que se puede hacer por los amigos, maldita sea.
-¡Buenos días señor!
-Hola Ernesto. A trabajar.
[Repetir x 5]
domingo, 14 de agosto de 2011
El ataque de la sinceridad, parte 1
Permítanme presentarme. Soy Pablo, el único que pudo haber sobrevivido a lo que ocurrió con la raza humana sin haber perdido ni ganado nada. Seré en los subsiguientes relatos un narrador con trazas de director de cine. No tengo vocación de racconteur, mas haré mi mejor esfuerzo para reflejar en mi prosa lo que ocurrió en la ciudad cuando, por obra de aquél que todo lo construye y lo destruye, surgió una necesidad imperiosa de ser -maldita es la palabra ahora- sincero.
Un triste domingo de invierno, lleno de nubosidad y con una insistente lluvia que regresaba cada cinco minutos, me levanté de la cama. La sensación de adormecimiento que invadía mis piernas luego de una noche de excesos era inaguantable. No sé si fue porque ya tenía 41 años, o porque ya había perdido la costumbre de semejantes desarreglos. No me sentía cómodo y tenía un peso en la cabeza que no podía liberar ni con el antiácido ni con mi entrenamiento mental. Sentía voces que me recordaban muchos acontecimientos en mi vida, que me reprochaban muchos errores y aparentemente coincidían en señalar que muchos de mis logros habían sido obtenidos con mentiras.
Mi rutina matutina no tuvo variación alguna: me desperecé por unos minutos en mi cómodo sofá, me aseé, me vestí y desayuné sin mayor convicción. Finalmente me dediqué a revisar algunos de los documentos que tendría que presentar en la reunión de trabajo del lunes. Sin embargo, algo ocurrió que terminó por colmar mi paciencia: recordé aquel incidente en el cual tuve que inventar algo terrible para lograr quitarme una responsabilidad de encima que tal vez me hubiera costado no sólo mi trabajo, sino que hubiera arruinado mi reputación. Pobre Tomás, me pregunto si alguna vez habría sospechado que todo estaba arreglado para que él purgara mi condena. No, no. Él no era un buen elemento. Claro, merecía lo que le pasó. Qué bueno que mi mente fue capaz de generar un plan infalible en cinco minutos.
A medida que transcurría la mañana, sentía muchos deseos de levantar el teléfono y marcar un número. No era el de la casa de Tomás, sino el de la casa de mi padre. Pero mientras me dirigía al teléfono, sentí algo extraño que me tomaba de los brazos y halaba hacia arriba. Era una fuerza descomunal, casi como una máquina pero con la comodidad de unos brazos muy fuertes. Recordé a papá, cuando me alzaba para decirme que el mundo se ve más bonito desde arriba. Cerré los ojos y me dejé llevar. Al abrirlos, no podía creerlo: estaba volando y había atravesado mi propio techo. Me acerqué a la casa de uno de los vecinos, una familia aparentemente normal con cuatro integrantes. No sabía ni sus nombres ni quiénes eran en realidad, pero sentí que entendía sus pensamientos, que los podía leer como si los tuviera en un libro abierto. Entendí su deseo de liberar un peso de encima, aunque era curioso que estaban a distintos grados de decisión.
Entré a su casa atravesando el techo y vi a la madre que llevaba de la mano al padre hacia la habitación matrimonial. Tanto la puerta como las paredes estaban recién pintadas, y se sentía una tranquilidad tensa que me perturbaba un poco pero que a la vez me hacía sentir el "calor" familiar, sólo que de una manera diferente. De pronto, ella le dijo:
-Humberto, sólo tengo poco tiempo y quiero que por favor me escuches.
-A ver si me dices, que me asustas- dijo el marido.
-Tengo que decirte algo que me he estado guardando durante mucho tiempo.
-Pues me asustas más.
-Bien. No hay motivo por el cuál asustarte, Humberto. Sólo quiero contarte que lo sé todo. Sé que tú me estuviste engañando. Sé que esas reuniones urgentes en el trabajo, que tu amigo Anselmo que se moría, que tus visitas repetidas al endocrinólogo no eran lo que decías que eran. Sé quién es Fátima, sé que es lindísima y muy talentosa. Habría que ser gay para que no te guste, Humberto. Y he decidido...
Humberto soltó el vaso con agua que tenía.
-... he decidido -se le quebró la voz- que no soy nadie para juzgarte. Si me quieres, Humberto, quédate conmigo. Yo te perdono y estoy dispuesta a olvidarlo si me juras tu amor una vez más. Mientras sigas siendo quien eres cuando nos acostamos. Mientras sigas siendo quien cuida de mí y me saca de mis locuras momentáneas. Tú te aseguraste de que siempre tuviéramos lo mejor y fuiste y sigues siendo una gran fuerza dentro de la familia. Haría lo que fuera para que sigamos nuestra gran relación. Han sido quince años maravillosos y no los cambiaría por nada, nada, nada.
Se abrazaron. Súbitamente, el momento llegó para Humberto. No pudo controlar el impulso sincero y, con lágrimas en los ojos, le dijo:
-Mujer... eh, eh, eh, tú sabes que hubo una época en la que tuvimos muchos roces. Todo esto llegó al punto en que me cuestioné la decisión de pasar la vida contigo, te odiaba unos días y te adoraba en otros. Tú lo has dicho, Fátima tiene virtudes que son difíciles de encontrar: su entusiasmo, su juventud y sobre todo su preocupación por hacerlo todo bien me pusieron de vuelta como un niño. Ella me aceptó pero mujer, la generación actual es diferente: sólo quiere divertirse. Yo me adaptaba o moría. Así que la mantuve como una diversión. Sabía que te estaba haciendo daño, que estaba tirando todo por la borda, pero ¿sabes? Tenía mucho cargo de conciencia. Yo te amo. Cada mañana que te veo siento que el tiempo no ha pasado, que somos las mismas personas que la primera vez que dormimos juntos, ¿la recuerdas? Yo la recuerdo perfectamente. Y a Fátima ya la dejé, no me quiere y con ella nunca tendré la misma sensación de satisfacción por haber construido una familia o por haber aprendido a querer a una persona tal y como es. Nunca te he querido dejar y no lo haré, nunca...
Otro abrazo y un beso apasionado interrumpieron el discurso. La mano de Humberto hizo movimientos relajantes sobre la espalda de su esposa y prontamente ambos empezaron la fase previa al sexo. No cesaban de decirse que se amaban. Pensé que ya había tenido suficiente así que decidí moverme.
Me acerqué al jardín de la casa de enfrente. Tres muchachos, amigos inseparables, conversaban alegremente.
Un triste domingo de invierno, lleno de nubosidad y con una insistente lluvia que regresaba cada cinco minutos, me levanté de la cama. La sensación de adormecimiento que invadía mis piernas luego de una noche de excesos era inaguantable. No sé si fue porque ya tenía 41 años, o porque ya había perdido la costumbre de semejantes desarreglos. No me sentía cómodo y tenía un peso en la cabeza que no podía liberar ni con el antiácido ni con mi entrenamiento mental. Sentía voces que me recordaban muchos acontecimientos en mi vida, que me reprochaban muchos errores y aparentemente coincidían en señalar que muchos de mis logros habían sido obtenidos con mentiras.
Mi rutina matutina no tuvo variación alguna: me desperecé por unos minutos en mi cómodo sofá, me aseé, me vestí y desayuné sin mayor convicción. Finalmente me dediqué a revisar algunos de los documentos que tendría que presentar en la reunión de trabajo del lunes. Sin embargo, algo ocurrió que terminó por colmar mi paciencia: recordé aquel incidente en el cual tuve que inventar algo terrible para lograr quitarme una responsabilidad de encima que tal vez me hubiera costado no sólo mi trabajo, sino que hubiera arruinado mi reputación. Pobre Tomás, me pregunto si alguna vez habría sospechado que todo estaba arreglado para que él purgara mi condena. No, no. Él no era un buen elemento. Claro, merecía lo que le pasó. Qué bueno que mi mente fue capaz de generar un plan infalible en cinco minutos.
A medida que transcurría la mañana, sentía muchos deseos de levantar el teléfono y marcar un número. No era el de la casa de Tomás, sino el de la casa de mi padre. Pero mientras me dirigía al teléfono, sentí algo extraño que me tomaba de los brazos y halaba hacia arriba. Era una fuerza descomunal, casi como una máquina pero con la comodidad de unos brazos muy fuertes. Recordé a papá, cuando me alzaba para decirme que el mundo se ve más bonito desde arriba. Cerré los ojos y me dejé llevar. Al abrirlos, no podía creerlo: estaba volando y había atravesado mi propio techo. Me acerqué a la casa de uno de los vecinos, una familia aparentemente normal con cuatro integrantes. No sabía ni sus nombres ni quiénes eran en realidad, pero sentí que entendía sus pensamientos, que los podía leer como si los tuviera en un libro abierto. Entendí su deseo de liberar un peso de encima, aunque era curioso que estaban a distintos grados de decisión.
Entré a su casa atravesando el techo y vi a la madre que llevaba de la mano al padre hacia la habitación matrimonial. Tanto la puerta como las paredes estaban recién pintadas, y se sentía una tranquilidad tensa que me perturbaba un poco pero que a la vez me hacía sentir el "calor" familiar, sólo que de una manera diferente. De pronto, ella le dijo:
-Humberto, sólo tengo poco tiempo y quiero que por favor me escuches.
-A ver si me dices, que me asustas- dijo el marido.
-Tengo que decirte algo que me he estado guardando durante mucho tiempo.
-Pues me asustas más.
-Bien. No hay motivo por el cuál asustarte, Humberto. Sólo quiero contarte que lo sé todo. Sé que tú me estuviste engañando. Sé que esas reuniones urgentes en el trabajo, que tu amigo Anselmo que se moría, que tus visitas repetidas al endocrinólogo no eran lo que decías que eran. Sé quién es Fátima, sé que es lindísima y muy talentosa. Habría que ser gay para que no te guste, Humberto. Y he decidido...
Humberto soltó el vaso con agua que tenía.
-... he decidido -se le quebró la voz- que no soy nadie para juzgarte. Si me quieres, Humberto, quédate conmigo. Yo te perdono y estoy dispuesta a olvidarlo si me juras tu amor una vez más. Mientras sigas siendo quien eres cuando nos acostamos. Mientras sigas siendo quien cuida de mí y me saca de mis locuras momentáneas. Tú te aseguraste de que siempre tuviéramos lo mejor y fuiste y sigues siendo una gran fuerza dentro de la familia. Haría lo que fuera para que sigamos nuestra gran relación. Han sido quince años maravillosos y no los cambiaría por nada, nada, nada.
Se abrazaron. Súbitamente, el momento llegó para Humberto. No pudo controlar el impulso sincero y, con lágrimas en los ojos, le dijo:
-Mujer... eh, eh, eh, tú sabes que hubo una época en la que tuvimos muchos roces. Todo esto llegó al punto en que me cuestioné la decisión de pasar la vida contigo, te odiaba unos días y te adoraba en otros. Tú lo has dicho, Fátima tiene virtudes que son difíciles de encontrar: su entusiasmo, su juventud y sobre todo su preocupación por hacerlo todo bien me pusieron de vuelta como un niño. Ella me aceptó pero mujer, la generación actual es diferente: sólo quiere divertirse. Yo me adaptaba o moría. Así que la mantuve como una diversión. Sabía que te estaba haciendo daño, que estaba tirando todo por la borda, pero ¿sabes? Tenía mucho cargo de conciencia. Yo te amo. Cada mañana que te veo siento que el tiempo no ha pasado, que somos las mismas personas que la primera vez que dormimos juntos, ¿la recuerdas? Yo la recuerdo perfectamente. Y a Fátima ya la dejé, no me quiere y con ella nunca tendré la misma sensación de satisfacción por haber construido una familia o por haber aprendido a querer a una persona tal y como es. Nunca te he querido dejar y no lo haré, nunca...
Otro abrazo y un beso apasionado interrumpieron el discurso. La mano de Humberto hizo movimientos relajantes sobre la espalda de su esposa y prontamente ambos empezaron la fase previa al sexo. No cesaban de decirse que se amaban. Pensé que ya había tenido suficiente así que decidí moverme.
Me acerqué al jardín de la casa de enfrente. Tres muchachos, amigos inseparables, conversaban alegremente.
domingo, 7 de agosto de 2011
Nuevo relato (NO SIGUE AL ANTERIOR)
La piedra tocó el agua, hizo un ruido y levantó algunas gotitas transparentes.
Proseguí con mi camino, el corazón en la mano y el cerebro rogando para ser liberado cual ave cautiva. Deseaba parar en ese momento y gritar al mundo muchas de las verdades que me habían confiado, de una buena vez, de modo que sólo llamara la atención de unos cuantos, quienes sin duda me llamarían loco. Sin embargo, decidí callar y seguir mi camino hasta que mis pies demostraran su enfado con la aparición de ampollas. Lo que mi razón procesara no tenía ya importancia: había sufrido tanto con lo que oí y vi que consideré innecesario procesar más ya: el fin estaba cerca, y yo tenía la maldición encima; mi cuerpo y mi alma constituían un heraldo sin identidad ni remordimiento. Súbitamente sentí el agua tocar mis pies y supe que el rumbo estaba errado; debía retirarme y concentrarme en no perder paso.
La piedra llegó al fondo.
Mi silenciosa procesión individual estaba a punto de terminar. No llevaba un pergamino en mis manos, pero la resolución estaba ya firmada desde hacía mucho. Y no por mí. Pensé un momento en las consecuencias de semejante revelación que llevaba grabada en mi memoria: todo me llevaba a imaginar un panorama desolador, cual si de pronto una parte del mundo hubiera sido arrancada y pulverizada sobre el resto de nosotros. Imaginaba mucho sufrimiento, confusión y desesperación; sentía ya el fuego calentando el aire y reduciendo el oxígeno a niveles intolerables y luego me daba cuenta que el fuego no era nada sino la energía de cientos de miles de personas, mal dirigida. Eso que llaman ira.
La piedra hizo un pequeño espacio en el fondo marino.
De pronto, caí en la cuenta de que dicha ira sólo era la consecuencia de que yo sería el culpable de haber hecho la verdad conocida ante todos. Podía ya observar a lo lejos una turba cuya única misión sería acabar con mi vida de la manera más cruel mientras los espectadores gritaban en contra mía, con declaraciones e interjecciones tan dolorosas que penetrarían mi piel antes de ser quemada. No obstante, sabía que debía hacerse la voluntad de los jueces y se me había escogido para portar su mensaje. Poco a poco me sentí más tranquilo sabiendo que yo pagaría la culpa de otros. Al menos, la ira y la desesperación tendrían un objetivo fijo. Podría tolerar y aceptar el ser un chivo expiatorio.
La piedra fue tragada por el fondo del mar.
A medida que me acercaba al monte desde donde me pronunciaría, un sentimiento fue acomodando mi mente y mis ansias en su sitio. Recordé mi pueblito, alejado de los lugares más alejados. Recordé a los aldeanos que nunca me habían aceptado por ser "diferente" y "mal nacido". Recordé a la maestra de la escuela, que pensó que era un estúpido por no poder repetir palabra por palabra lo que ella decía. Recordé al sacerdote de la iglesia colonial de 350 años de antigüedad, que me escupió en el rostro por ser vástago de una relación incestuosa. Recordé el día en que los quemé a todos vivos con tan sólo mirarlos, y que huí corriendo y nadando para escapar escarmientos. Nunca me encontraron las autoridades y cuando lo hicieron, me entrevistaron y fui famoso por ser el único sobreviviente de la tragedia más grande de la década. Nunca sospecharon nada porque ante los ojos del mundo -tal vez mi profesora no estaba tan equivocada- parecia siempre un ser estúpido e incapaz de planificar en lo más mínimo.
El centro de la tierra fundió la piedra.
Gradualmente, me recompuse. Esta vez, sabía que no debía perder tiempo. Aceleré el paso, sentí mi corazón latir cada vez más rápido y mi sangre recorrer mi cabeza. Esta vez todos sabrían prontamente el designio de los jueces, y no tendría ningún remordimiento. Después de todo, este lado del mundo está lleno de viciosos y ninguno merece piedad ni perdón. Todos son como el sacerdote, la profesora y los aldeanos. Debía llegar cuanto antes, pero el monte se había empeñado en hacerse cada vez más lejano y las piedras en el camino ya eran intolerables: mis pies no tenían ampollas, sino que sangraban dejando una estela con la que se podía seguir mi recorrido. Pero no dejaría que lo que los jueces dijeron y que sólo yo sabía quedara dentro de mi mente. Poco a poco el monte se colocó frente a mí y me invitó a subir, tarea que cumplí fácilmente dado que sólo había arena y piedra lisa en mi camino. Las palabras fueron llegando hacia mí y al llegar a la cumbre, sentía que el discurso ya estaba escrito y sólo tendría que leerlo. Una muchedumbre se acercó a la falda del monte y me dijo que quería escucharme. Así que empecé a reproducir lo que sabía.
La piedra ha cobrado vida.
Proseguí con mi camino, el corazón en la mano y el cerebro rogando para ser liberado cual ave cautiva. Deseaba parar en ese momento y gritar al mundo muchas de las verdades que me habían confiado, de una buena vez, de modo que sólo llamara la atención de unos cuantos, quienes sin duda me llamarían loco. Sin embargo, decidí callar y seguir mi camino hasta que mis pies demostraran su enfado con la aparición de ampollas. Lo que mi razón procesara no tenía ya importancia: había sufrido tanto con lo que oí y vi que consideré innecesario procesar más ya: el fin estaba cerca, y yo tenía la maldición encima; mi cuerpo y mi alma constituían un heraldo sin identidad ni remordimiento. Súbitamente sentí el agua tocar mis pies y supe que el rumbo estaba errado; debía retirarme y concentrarme en no perder paso.
La piedra llegó al fondo.
Mi silenciosa procesión individual estaba a punto de terminar. No llevaba un pergamino en mis manos, pero la resolución estaba ya firmada desde hacía mucho. Y no por mí. Pensé un momento en las consecuencias de semejante revelación que llevaba grabada en mi memoria: todo me llevaba a imaginar un panorama desolador, cual si de pronto una parte del mundo hubiera sido arrancada y pulverizada sobre el resto de nosotros. Imaginaba mucho sufrimiento, confusión y desesperación; sentía ya el fuego calentando el aire y reduciendo el oxígeno a niveles intolerables y luego me daba cuenta que el fuego no era nada sino la energía de cientos de miles de personas, mal dirigida. Eso que llaman ira.
La piedra hizo un pequeño espacio en el fondo marino.
De pronto, caí en la cuenta de que dicha ira sólo era la consecuencia de que yo sería el culpable de haber hecho la verdad conocida ante todos. Podía ya observar a lo lejos una turba cuya única misión sería acabar con mi vida de la manera más cruel mientras los espectadores gritaban en contra mía, con declaraciones e interjecciones tan dolorosas que penetrarían mi piel antes de ser quemada. No obstante, sabía que debía hacerse la voluntad de los jueces y se me había escogido para portar su mensaje. Poco a poco me sentí más tranquilo sabiendo que yo pagaría la culpa de otros. Al menos, la ira y la desesperación tendrían un objetivo fijo. Podría tolerar y aceptar el ser un chivo expiatorio.
La piedra fue tragada por el fondo del mar.
A medida que me acercaba al monte desde donde me pronunciaría, un sentimiento fue acomodando mi mente y mis ansias en su sitio. Recordé mi pueblito, alejado de los lugares más alejados. Recordé a los aldeanos que nunca me habían aceptado por ser "diferente" y "mal nacido". Recordé a la maestra de la escuela, que pensó que era un estúpido por no poder repetir palabra por palabra lo que ella decía. Recordé al sacerdote de la iglesia colonial de 350 años de antigüedad, que me escupió en el rostro por ser vástago de una relación incestuosa. Recordé el día en que los quemé a todos vivos con tan sólo mirarlos, y que huí corriendo y nadando para escapar escarmientos. Nunca me encontraron las autoridades y cuando lo hicieron, me entrevistaron y fui famoso por ser el único sobreviviente de la tragedia más grande de la década. Nunca sospecharon nada porque ante los ojos del mundo -tal vez mi profesora no estaba tan equivocada- parecia siempre un ser estúpido e incapaz de planificar en lo más mínimo.
El centro de la tierra fundió la piedra.
Gradualmente, me recompuse. Esta vez, sabía que no debía perder tiempo. Aceleré el paso, sentí mi corazón latir cada vez más rápido y mi sangre recorrer mi cabeza. Esta vez todos sabrían prontamente el designio de los jueces, y no tendría ningún remordimiento. Después de todo, este lado del mundo está lleno de viciosos y ninguno merece piedad ni perdón. Todos son como el sacerdote, la profesora y los aldeanos. Debía llegar cuanto antes, pero el monte se había empeñado en hacerse cada vez más lejano y las piedras en el camino ya eran intolerables: mis pies no tenían ampollas, sino que sangraban dejando una estela con la que se podía seguir mi recorrido. Pero no dejaría que lo que los jueces dijeron y que sólo yo sabía quedara dentro de mi mente. Poco a poco el monte se colocó frente a mí y me invitó a subir, tarea que cumplí fácilmente dado que sólo había arena y piedra lisa en mi camino. Las palabras fueron llegando hacia mí y al llegar a la cumbre, sentía que el discurso ya estaba escrito y sólo tendría que leerlo. Una muchedumbre se acercó a la falda del monte y me dijo que quería escucharme. Así que empecé a reproducir lo que sabía.
La piedra ha cobrado vida.
domingo, 8 de mayo de 2011
Madre de nadie
Berenice es una jovencita de 20 años con muchas ilusiones, pero ningún plan de vida. Esto no sería significativo si ella no fuera, además, madre.
El misterio de su primer embarazo tomó por sorpresa a toda la promoción de la escuela de mujeres más exclusiva de la ciudad, una de aquellas en las que aprendes a juzgar a la gente por la cantidad de cifras en su cuenta bancaria antes que escribir o pensar (cosas que rara vez logran hacer competentemente). Si bien propios y extraños conocían su historial de promiscuidad alto para alguien de 14 años, no pensaron que en alguna de las faenas nocturnas que Berenice y ciertos jovencitos aleatorios realizaban en lugares poco románticos se originaría un nuevo ser que, obviamente, no tenía la culpa de la desventura que le esperaría.
Los nueve meses que siguieron a aquella payasada estúpida fueron idiosincráticamente tranquilos. Poco le importó a la niña que la expulsaran del colegio y que sus padres recibieran una reprimenda en inglés por parte de la monja, o que la ginecóloga le haya gritado con ajos y cebollas a discreción por insistir en fumar durante el embarazo, pues Berenice tuvo el apoyo incondicional de muchas de sus compañeritas de clase. Claro está, ellas ignoraban lo que luego ocurriría en el seno de esta situación, pero les parecía tan cool que su bff tuviera semejante bolita en su cuerpo y que dicha bolita cada vez fuera aumentando de tamaño, casi exponencialmente. Ella nunca esperó recibir semejante atención, lo que generó en ella una satisfacción que para cualquiera de nosotros resultaría inexplicable. Ni los dolores o molestias del embarazo la molestaron, ni el imprevisto "viaje" de su "novio" a "Nueva Zelanda", del cual no regresaría "en varios años, hasta que el negocio familiar se establezca".
Al fin y al cabo, Berenice dio a luz en una exclusiva clínica de la capital. El parto fue largo, doloroso aunque finalmente el vástago asomó a través de la vagina dando gritos desesperados, como si hubiera querido que lo maten. La niña estuvo todo el tiempo rodeada de su familia, que la atendía y llenaba de detalles a ella y al desdichado neonato. Lo que ella no sabía, obviamente, es que sus padres la habían borrado de la lista de herederos y que, en el supuesto caso de que ella tuviera 18 años y sus padres estuvieran muertos al día siguiente, ella tendría que marcharse porque habían instrucciones explícitas de vender toda la propiedad inmobiliaria de la familia en un plazo de 3 meses. Esto significaba que, sin querer, tendría que aprender a ganarse la vida para sacar adelante a su hijo. Sin embargo, Berenice apenas tenía 15 años y sus únicas habilidades consistían en hablar inglés, tomar fotos y practicar el sexo. Menudo problema. Pero la vida continuaría y las bff estarían ahí para confortarla, ¿o no?
La vida materna fue un espectáculo bastante degradante. Primero que nada, el pobre niño fue presentado a la sociedad virtual a las horas de nacido, vía Facebook. Posteriormente, el momento de inscribir al infante fue patético. Berenice se vio obligada a darle su mismo apellido porque no sabía el del verdadero padre, que obviamente no estaría ahí para firmarlo ni mantenerlo (difícilmente alguien de 17 años podría hacerlo). Le pusieron el nombre de Alfredo, como su abuelo que llevaba muerto y putrefacto en alguna parte de la selva cerca de 7 años. Cuando llegó el momento de criar al bebé, la madre de Berenice tuvo que asumir nuevamente el rol de madre, pues ella quería regresar a su rutina normal tan pronto como fuera posible. Su hábito de fumar nunca había cesado, pero luego se incrementó. Hizo ejercicios abdominales con vehemencia, para recuperar el tamaño del abdomen rápidamente. Se colocó cremas para atenuar las manchitas que le habían quedado, y alistó a sus dos mejores amigas para que la asesoraran en la difícil tarea de escoger vestimentas para modelar mientras paseara a su hijo.
La vida no iba a ser tan fácil...
CONTINUARÁ
El misterio de su primer embarazo tomó por sorpresa a toda la promoción de la escuela de mujeres más exclusiva de la ciudad, una de aquellas en las que aprendes a juzgar a la gente por la cantidad de cifras en su cuenta bancaria antes que escribir o pensar (cosas que rara vez logran hacer competentemente). Si bien propios y extraños conocían su historial de promiscuidad alto para alguien de 14 años, no pensaron que en alguna de las faenas nocturnas que Berenice y ciertos jovencitos aleatorios realizaban en lugares poco románticos se originaría un nuevo ser que, obviamente, no tenía la culpa de la desventura que le esperaría.
Los nueve meses que siguieron a aquella payasada estúpida fueron idiosincráticamente tranquilos. Poco le importó a la niña que la expulsaran del colegio y que sus padres recibieran una reprimenda en inglés por parte de la monja, o que la ginecóloga le haya gritado con ajos y cebollas a discreción por insistir en fumar durante el embarazo, pues Berenice tuvo el apoyo incondicional de muchas de sus compañeritas de clase. Claro está, ellas ignoraban lo que luego ocurriría en el seno de esta situación, pero les parecía tan cool que su bff tuviera semejante bolita en su cuerpo y que dicha bolita cada vez fuera aumentando de tamaño, casi exponencialmente. Ella nunca esperó recibir semejante atención, lo que generó en ella una satisfacción que para cualquiera de nosotros resultaría inexplicable. Ni los dolores o molestias del embarazo la molestaron, ni el imprevisto "viaje" de su "novio" a "Nueva Zelanda", del cual no regresaría "en varios años, hasta que el negocio familiar se establezca".
Al fin y al cabo, Berenice dio a luz en una exclusiva clínica de la capital. El parto fue largo, doloroso aunque finalmente el vástago asomó a través de la vagina dando gritos desesperados, como si hubiera querido que lo maten. La niña estuvo todo el tiempo rodeada de su familia, que la atendía y llenaba de detalles a ella y al desdichado neonato. Lo que ella no sabía, obviamente, es que sus padres la habían borrado de la lista de herederos y que, en el supuesto caso de que ella tuviera 18 años y sus padres estuvieran muertos al día siguiente, ella tendría que marcharse porque habían instrucciones explícitas de vender toda la propiedad inmobiliaria de la familia en un plazo de 3 meses. Esto significaba que, sin querer, tendría que aprender a ganarse la vida para sacar adelante a su hijo. Sin embargo, Berenice apenas tenía 15 años y sus únicas habilidades consistían en hablar inglés, tomar fotos y practicar el sexo. Menudo problema. Pero la vida continuaría y las bff estarían ahí para confortarla, ¿o no?
La vida materna fue un espectáculo bastante degradante. Primero que nada, el pobre niño fue presentado a la sociedad virtual a las horas de nacido, vía Facebook. Posteriormente, el momento de inscribir al infante fue patético. Berenice se vio obligada a darle su mismo apellido porque no sabía el del verdadero padre, que obviamente no estaría ahí para firmarlo ni mantenerlo (difícilmente alguien de 17 años podría hacerlo). Le pusieron el nombre de Alfredo, como su abuelo que llevaba muerto y putrefacto en alguna parte de la selva cerca de 7 años. Cuando llegó el momento de criar al bebé, la madre de Berenice tuvo que asumir nuevamente el rol de madre, pues ella quería regresar a su rutina normal tan pronto como fuera posible. Su hábito de fumar nunca había cesado, pero luego se incrementó. Hizo ejercicios abdominales con vehemencia, para recuperar el tamaño del abdomen rápidamente. Se colocó cremas para atenuar las manchitas que le habían quedado, y alistó a sus dos mejores amigas para que la asesoraran en la difícil tarea de escoger vestimentas para modelar mientras paseara a su hijo.
La vida no iba a ser tan fácil...
CONTINUARÁ
domingo, 24 de abril de 2011
Macho alfa
Decimos muchas veces que los héroes son ejemplos de sacrificio totalmente desinteresado por el bienestar de los demás, dejando de lado la comodidad o el propio bienestar, incluso la vida. Esta definición crea un superyo bastante interesante: sabemos que es lo mejor a lo que podríamos aspirar; sin embargo, no nos gustaría estar en el grupo de los que ignoran a la primera persona para beneficiar a la segunda o tercera.
Julio no es un héroe, según esta definición. Su dedicación a sí mismo ha sido, desde que tiene uso de razón, total y absorbente. Ha logrado disociarse del mundo circundante sólo porque siente que los sufrimientos, las necesidades y las ideas del resto sólo juegan un papel contaminante en su vida. No llora ni ríe, no se preocupa ni se emociona. Las dicotomías de la existencia humana simplemente le importan un bledo. Se rumorea por ahí que el placer y el dolor tampoco le causan mayor estímulo, aunque yo lo he observado a través de la ventana y creo que esto no es cierto. Simplemente se ha limitado a satisfacer su demanda de bienes materiales y tranquilidad emocional. Cuando tiene hambre, come. Cuando tiene sed, bebe. Cuando tiene sueño, duerme. Cuando necesita a alguien, llama por teléfono y le envían a alguien. Su vida no sufre de mayor apuro que aquel que impone la urgencia del cuerpo.
Mencioné anteriormente que me he dedicado a observarlo a través de una ventana. Esto no es del todo cierto, pues no vivo cerca de él y no tengo acceso físico a su mundo. No obstante, siento que él habita el mismo espacio que yo. Hay noches y días en los que percibo su presencia imponente de una manera antiespacial, totalmente trascendente. Puedo continuar con mi vida, pero él está ahí, dando a entender que lo que experimenta en su vida cotidiana es tan influyente que puedo verlo cual una película. Julio no quiere hacerle favores a nadie al enseñar lo que hace; por el contrario, lo que busca es alertarnos de algo que no logro comprender. Tal vez sea el fin de su presencia, pero vaya uno a saber.
Esta percepción mía no tiene mayor sincronización con lo que ocurre en la vida del intruso observado. Podría jurar que he logrado presenciar diversas etapas de su vida sin orden cronológico alguno. No tenemos interacción, aunque pienso a veces que él sabe que lo estamos viendo, lo cual no le molesta pues no finge su reacción a los estímulos en su mundo paralelo. Observo a Julio gratificarse con cualquier materialidad: la comida, bebida, lectura y demás se reducen a meros ejercicios de satisfacción subjetiva. Y pienso en lo que hacemos cuando pretendemos darle propósitos elevados a nuestras acciones: ¿son necesarios?
Más allá de la duda que me invade cuando reflexiono sobre el accionar de mi amigo tetradimensional, lo miro con mucha admiración y a la vez lo compadezco.
Julio no es un héroe, según esta definición. Su dedicación a sí mismo ha sido, desde que tiene uso de razón, total y absorbente. Ha logrado disociarse del mundo circundante sólo porque siente que los sufrimientos, las necesidades y las ideas del resto sólo juegan un papel contaminante en su vida. No llora ni ríe, no se preocupa ni se emociona. Las dicotomías de la existencia humana simplemente le importan un bledo. Se rumorea por ahí que el placer y el dolor tampoco le causan mayor estímulo, aunque yo lo he observado a través de la ventana y creo que esto no es cierto. Simplemente se ha limitado a satisfacer su demanda de bienes materiales y tranquilidad emocional. Cuando tiene hambre, come. Cuando tiene sed, bebe. Cuando tiene sueño, duerme. Cuando necesita a alguien, llama por teléfono y le envían a alguien. Su vida no sufre de mayor apuro que aquel que impone la urgencia del cuerpo.
Mencioné anteriormente que me he dedicado a observarlo a través de una ventana. Esto no es del todo cierto, pues no vivo cerca de él y no tengo acceso físico a su mundo. No obstante, siento que él habita el mismo espacio que yo. Hay noches y días en los que percibo su presencia imponente de una manera antiespacial, totalmente trascendente. Puedo continuar con mi vida, pero él está ahí, dando a entender que lo que experimenta en su vida cotidiana es tan influyente que puedo verlo cual una película. Julio no quiere hacerle favores a nadie al enseñar lo que hace; por el contrario, lo que busca es alertarnos de algo que no logro comprender. Tal vez sea el fin de su presencia, pero vaya uno a saber.
Esta percepción mía no tiene mayor sincronización con lo que ocurre en la vida del intruso observado. Podría jurar que he logrado presenciar diversas etapas de su vida sin orden cronológico alguno. No tenemos interacción, aunque pienso a veces que él sabe que lo estamos viendo, lo cual no le molesta pues no finge su reacción a los estímulos en su mundo paralelo. Observo a Julio gratificarse con cualquier materialidad: la comida, bebida, lectura y demás se reducen a meros ejercicios de satisfacción subjetiva. Y pienso en lo que hacemos cuando pretendemos darle propósitos elevados a nuestras acciones: ¿son necesarios?
Más allá de la duda que me invade cuando reflexiono sobre el accionar de mi amigo tetradimensional, lo miro con mucha admiración y a la vez lo compadezco.
domingo, 27 de marzo de 2011
Una confesión
Mañana moriré.
Si te quedaba mayor duda al respecto, he ahí mi confirmación. No necesitarás documentos que lo prueben posteriormente, pues cada día verás mi cadáver, que superará las leyes de la materia y permanecerá tal cual me viste la primera vez, cuando sonreíste y me dijiste que era atractivo.
Nunca hablé al respecto, nunca me atreví a decir una palabra ni tampoco a darte un gesto para que supieras lo que guardaba dentro de mí. El mundo giraba, tú volteabas a sonreírme una y otra vez, y el mundo seguía girando para mí, sin cambiarme. Ahora desearía que la noche no llegue, que mis ojos no se cierren por última vez. Me aterra pensar que ya no estaré en control de mi cuerpo y que tú dispondrás de él.
Cuántas veces imaginé que tal vez la vida sí podría ser eterna a tu lado. Cuántas noches las pasé en silencio, meditando sobre un futuro inexistente que podríamos labrar juntos. Sin embargo, mis labios no podían moverse frente a ti, el mundo giraba... y yo no podía pararme y evitar girar con él.
Mi cadáver te contará historias en silencio de aquel tiempo cuando podríamos haber sido, pero nunca fuimos. Ni somos. Ni seremos.
Y yo iré en silencio y cabizbajo por la senda de aquellos que no pronunciaron las palabras. Iré al mundo donde no todo es perfecto y la trascendencia no llega.
Si te quedaba mayor duda al respecto, he ahí mi confirmación. No necesitarás documentos que lo prueben posteriormente, pues cada día verás mi cadáver, que superará las leyes de la materia y permanecerá tal cual me viste la primera vez, cuando sonreíste y me dijiste que era atractivo.
Nunca hablé al respecto, nunca me atreví a decir una palabra ni tampoco a darte un gesto para que supieras lo que guardaba dentro de mí. El mundo giraba, tú volteabas a sonreírme una y otra vez, y el mundo seguía girando para mí, sin cambiarme. Ahora desearía que la noche no llegue, que mis ojos no se cierren por última vez. Me aterra pensar que ya no estaré en control de mi cuerpo y que tú dispondrás de él.
Cuántas veces imaginé que tal vez la vida sí podría ser eterna a tu lado. Cuántas noches las pasé en silencio, meditando sobre un futuro inexistente que podríamos labrar juntos. Sin embargo, mis labios no podían moverse frente a ti, el mundo giraba... y yo no podía pararme y evitar girar con él.
Mi cadáver te contará historias en silencio de aquel tiempo cuando podríamos haber sido, pero nunca fuimos. Ni somos. Ni seremos.
Y yo iré en silencio y cabizbajo por la senda de aquellos que no pronunciaron las palabras. Iré al mundo donde no todo es perfecto y la trascendencia no llega.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Carta de un amante desilusionado
Mi amada inmortal y trascendente:
Te escribo estas líneas desde la tranquilidad aparente de mi escritorio, mientras la radiación daña mis ojos y mi espalda ahoga su propio grito de libertad.
Es muy difícil para mí empezar a escribir esta carta, pues debo indicar su propósito. Así que digamos que éste consiste en expresar un sentimiento que he tenido almacenado y reprimido en lo más profundo de mi alma durante ya tanto tiempo que he aprendido a llevarlo conmigo a cada lugar al que voy, incluso al extranjero. Estas líneas no te inmutarán, no cambiarán tu adusta expresión del rostro, o mucho menos tu actitud, pero sí me ayudarán. Comprende que nunca he sido egoísta durante nuestra relación, pero ahora me permitiré esa gracia sin tu permiso únicamente para sentirme mejor.
Nuestro idilio comenzó hace ya mucho tiempo. Te conocí cuando era yo un joven desorientado, sin mayor propósito o expectativa en la vida que sobrevivir unos cuantos años hasta que alguna enfermedad rara me llevara, o hasta que decidiera envenenarme cual Romeo, acongojado hasta el extremo. Tú eras mayor que yo y, sin embargo, me acogiste, me brindaste una protección que no tenía nada de maternal ni de amical. Escuchaste mis ideas, mis quejas, mis planes racionales y también los irracionales. Poco a poco mi atracción hacia ti fue naciendo. Recorrer tu cuerpo era un placer exquisito que alimentaba mi vida cual polen a las abejas; recorrer tu conocimiento era similar.
En adelante, tú aceptaste todo lo que ocurrió y dejaste que yo asumiera una libertad de recurrir a ti cuando necesitara satisfacer cualquiera de mis necesidades. Sentia que por primera vez en la vida existía un rumbo para mí, y decidí que la siguiente etapa de mi vida tendría que ser contigo a mi lado. Un caluroso día de verano aparecí frente a tu puerta y te pregunté si podía entrar. Me recibiste sin decir muchas palabras y me diste el amor que nunca había experimentado. Mi resistencia ya no existía: estaba perdidamente enamorado de ti. Y cuando miraba tu rostro, pensaba que tú también lo estabas. Sabías fingir muy bien tus emociones.
Sin embargo, yo continuaba en ese Edén que significaba el amor incondicional a la amada. Deseaba permanecer a tu lado por el resto de mi existencia, sacrificando cada vez más aspectos de mi vida. Dejé de lado a mi familia, a mis amigos, a mis intereses personales y profesionales. Pensaba que contigo era suficiente, que tú me entregarías la dicha que hasta entonces había estado ausente en mi vida. Te hacía preguntas mas no las contestabas, sólo me besabas y me dejabas recorrer tu cuerpo una vez más. Éxtasis sin cuestionamientos.
Así pasó el tiempo, como bien sabes. No obstante, creo que me conoces. Mi ser busca constantemente experimentar, reinventarse, interesarse en la mayor cantidad de actividades, personas y demás que sea posible. Me diste libertad, como siempre, para explorar el mundo. Lamentablemente tu actitud hacia mí cambió. Esa libertad ya no la recibía como un derecho, sino como un favor. Cada vez que exigías algo, yo te lo daba sin mayor contemplación; en mi caso fue diferente. Me castigaste sin amor ni caricias cada vez que no cumplía con tu mandato o no lo realizaba de la manera exacta como lo habías impuesto. Tus amigos me amonestaban constantemente por no satisfacerte con cada átomo de mi ser, sabiendo que ellos también se encontraban bajo el mismo hechizo con el que me cautivaste, y tal vez lo habían estado por mucho más tiempo.
Tu abuso ha continuado hasta ahora. Pacientemente he esperado que te calmes, en vano. Hemos conversado en la intimidad e insistes en que el problema es mío y que debo adaptarme a ti, más allá de cualquiera de tus defectos o mi umbral de tolerancia. Yo insisto en que debemos acordar cómo nos comportaremos en lo sucesivo, mas cuando te sientes particularmente sensible, te callas y me adviertes que debo callar. Que hablar sólo hará que todo se destruya. Que lo que hemos forjado durante años se ha debido a una actitud mía más que tuya. Que, por último, si no me gusta cómo marchan las cosas, debo irme.
Es precisamente eso último lo que no puedo hacer. Sabes perfectamente que dependo de ti, que mi vida tendría un gran vacío que no podría llenar con ninguna otra amante, pase el tiempo que pase con ella. Sabes que la marca que has dejado en mí es imposible de borrar, y que el tiempo que hemos permanecido juntos ha condicionado mis opciones cuando me aleje de tu cuerpo. Sabes que cualquier cuerpo que toque, explore y posea lo compararé con el tuyo y no podré salir del vórtice que me estaría imponiendo si te dejara. Disfrutas tu poder sobre mí, tu retorcida sonrisa domina mi panorama en donde me encuentre.
Sin embargo, he escrito esta carta para decirte con toda certeza que nuestros días juntos están contados. Sé que puedo amar otra vez, que puedo recorrer cuantos cuerpos desee durante mi vida, que puedo ser acogido y que puedo brindar lo mismo que te brindé a ti, sin que tenga que ESPERAR nada a cambio porque simplemente ya estará ahí, y no me dejará.
Te odio y te amo. Si te importa.
Atentamente,
Tu amado mortal.
Te escribo estas líneas desde la tranquilidad aparente de mi escritorio, mientras la radiación daña mis ojos y mi espalda ahoga su propio grito de libertad.
Es muy difícil para mí empezar a escribir esta carta, pues debo indicar su propósito. Así que digamos que éste consiste en expresar un sentimiento que he tenido almacenado y reprimido en lo más profundo de mi alma durante ya tanto tiempo que he aprendido a llevarlo conmigo a cada lugar al que voy, incluso al extranjero. Estas líneas no te inmutarán, no cambiarán tu adusta expresión del rostro, o mucho menos tu actitud, pero sí me ayudarán. Comprende que nunca he sido egoísta durante nuestra relación, pero ahora me permitiré esa gracia sin tu permiso únicamente para sentirme mejor.
Nuestro idilio comenzó hace ya mucho tiempo. Te conocí cuando era yo un joven desorientado, sin mayor propósito o expectativa en la vida que sobrevivir unos cuantos años hasta que alguna enfermedad rara me llevara, o hasta que decidiera envenenarme cual Romeo, acongojado hasta el extremo. Tú eras mayor que yo y, sin embargo, me acogiste, me brindaste una protección que no tenía nada de maternal ni de amical. Escuchaste mis ideas, mis quejas, mis planes racionales y también los irracionales. Poco a poco mi atracción hacia ti fue naciendo. Recorrer tu cuerpo era un placer exquisito que alimentaba mi vida cual polen a las abejas; recorrer tu conocimiento era similar.
En adelante, tú aceptaste todo lo que ocurrió y dejaste que yo asumiera una libertad de recurrir a ti cuando necesitara satisfacer cualquiera de mis necesidades. Sentia que por primera vez en la vida existía un rumbo para mí, y decidí que la siguiente etapa de mi vida tendría que ser contigo a mi lado. Un caluroso día de verano aparecí frente a tu puerta y te pregunté si podía entrar. Me recibiste sin decir muchas palabras y me diste el amor que nunca había experimentado. Mi resistencia ya no existía: estaba perdidamente enamorado de ti. Y cuando miraba tu rostro, pensaba que tú también lo estabas. Sabías fingir muy bien tus emociones.
Sin embargo, yo continuaba en ese Edén que significaba el amor incondicional a la amada. Deseaba permanecer a tu lado por el resto de mi existencia, sacrificando cada vez más aspectos de mi vida. Dejé de lado a mi familia, a mis amigos, a mis intereses personales y profesionales. Pensaba que contigo era suficiente, que tú me entregarías la dicha que hasta entonces había estado ausente en mi vida. Te hacía preguntas mas no las contestabas, sólo me besabas y me dejabas recorrer tu cuerpo una vez más. Éxtasis sin cuestionamientos.
Así pasó el tiempo, como bien sabes. No obstante, creo que me conoces. Mi ser busca constantemente experimentar, reinventarse, interesarse en la mayor cantidad de actividades, personas y demás que sea posible. Me diste libertad, como siempre, para explorar el mundo. Lamentablemente tu actitud hacia mí cambió. Esa libertad ya no la recibía como un derecho, sino como un favor. Cada vez que exigías algo, yo te lo daba sin mayor contemplación; en mi caso fue diferente. Me castigaste sin amor ni caricias cada vez que no cumplía con tu mandato o no lo realizaba de la manera exacta como lo habías impuesto. Tus amigos me amonestaban constantemente por no satisfacerte con cada átomo de mi ser, sabiendo que ellos también se encontraban bajo el mismo hechizo con el que me cautivaste, y tal vez lo habían estado por mucho más tiempo.
Tu abuso ha continuado hasta ahora. Pacientemente he esperado que te calmes, en vano. Hemos conversado en la intimidad e insistes en que el problema es mío y que debo adaptarme a ti, más allá de cualquiera de tus defectos o mi umbral de tolerancia. Yo insisto en que debemos acordar cómo nos comportaremos en lo sucesivo, mas cuando te sientes particularmente sensible, te callas y me adviertes que debo callar. Que hablar sólo hará que todo se destruya. Que lo que hemos forjado durante años se ha debido a una actitud mía más que tuya. Que, por último, si no me gusta cómo marchan las cosas, debo irme.
Es precisamente eso último lo que no puedo hacer. Sabes perfectamente que dependo de ti, que mi vida tendría un gran vacío que no podría llenar con ninguna otra amante, pase el tiempo que pase con ella. Sabes que la marca que has dejado en mí es imposible de borrar, y que el tiempo que hemos permanecido juntos ha condicionado mis opciones cuando me aleje de tu cuerpo. Sabes que cualquier cuerpo que toque, explore y posea lo compararé con el tuyo y no podré salir del vórtice que me estaría imponiendo si te dejara. Disfrutas tu poder sobre mí, tu retorcida sonrisa domina mi panorama en donde me encuentre.
Sin embargo, he escrito esta carta para decirte con toda certeza que nuestros días juntos están contados. Sé que puedo amar otra vez, que puedo recorrer cuantos cuerpos desee durante mi vida, que puedo ser acogido y que puedo brindar lo mismo que te brindé a ti, sin que tenga que ESPERAR nada a cambio porque simplemente ya estará ahí, y no me dejará.
Te odio y te amo. Si te importa.
Atentamente,
Tu amado mortal.
sábado, 5 de marzo de 2011
Porque nadie lee este blog, parte 5
El mundo era indiferente a Alberto y Alejandra hasta que el primero logró forzar a la naturaleza. Su plan fue perfecto, y logró convencer al destino de que su designio debía ser también el de la historia. Lamentablemente, Alberto no sabía algo: cuando uno fuerza el destino, también queda en deuda con él, y esa deuda siempre se pagará algún día.
Realicemos ahora un avance rápido: las reuniones entre ambos insignificantes animalejos se repitieron durante varias semanas. Intercambiaron números de celular, y enviaban cantidades increíbles de mensajes y llamaban a cada momento. Cualquiera que los hubiera visto en ese entonces hubiera pensado que su mundo se reducía a hablarle al otro y contarle hasta cuántas moscas había logrado ver encima de su plato de comida antes de introducirlo en su cavidad bucal.
En efecto, esa relación tomó matices obsesivos, y Alberto continuaba fantaseando con un encuentro más bien carnal y ciertamente la idea fue tornándose tan perfecta que era momento de realizarla. El plan no tenía mayores complicaciones: él sabía que Alejandra ya se había puesto al día con la historia, y seguía las inconscientes instrucciones de su amado sin mayor esfuerzo. La anglofilia le daba muchas ideas para conquistar a su imperfecta, y ejercitaba su pronunciación y su ronquera para sonar igual a Chris Martin.
Una noche de setiembre, que fue inusualmente fría, ambos personajes se encontraban en un café de moda cuando en medio de la conversación, se quedaron mirando un buen rato. Alberto supo que el momento era propicio, así que acercó su rostro al de Alejandra. Ella también lo acercó y los labios se pegaron. La química y la física estallaron cuando los labios se tocaron.
-¡AAAUU! ¡¿QUÉ TE PASA?!
Alejandra le había mordido el labio con una intensidad tan grande que Alberto empezó a sangrar. No obstante, en vez de sentirse insultado por semejante atrevimiento, algo dentro de él le decía que no debía parar, que eso le gustaba. La idea fue tan insidiosa que él terminó por aceptarla, sin saber que esa idea provenía de un espíritu del destino que deseaba arreglar cuentas muy rápidamente.
-A que no lo haces de nuevo.
Esta vez la imperfecta Alejandra pensó muy bien en las oportunidades que tenía. Decidió sorprenderlo, y le mordió el brazo.
-A que no puedes morderme todo el cuerpo.
-Te dejo si tú me dejas morder el tuyo- le respondió Alejandro. Él mismo se sorprendió de su osadía.
Alejandra lo tomó del brazo, y partieron con rumbo indefinido. Llegaron finalmente a su casa, que se encontraba inusualmente vacía. Allí, ella encontró su música de Coldplay y la puso.
Ambos seres sabían que esa era su hora crucial. Se quitaron las vestimentas y dejaron que la naturaleza siguiera su curso. Las mordidas y lamidas estuvieron por doquier, y todas sus perversiones guardadas durante tanto tiempo salieron a la luz. Durante su encuentro sexual, muchos de los fetiches conocidos por los expertos quedaron notoriamente superados por las imaginativas y desviadas prácticas de nuestros personajes.
Una vez que los fluídos salieron a la superficie, Alejandra decidió que era suficiente. Empezó a morder a Alberto, más y más fuerte. Él gemía de dolor y de placer, ella no decía nada. De pronto, una mordida logró arrancar un pedazo del muslo.
-Qué haces... por favor detente, por favor, te lo juro, estás loca...
Alejandra lo ignoró. Ahora sabía que era la emisaria de una fuerza más grande que ella, así que cogió el instrumento que había preparado con anticipación, y lo clavó en el brazo del patético Alberto. Una vez paralizado, lo desmembró a su gusto. Ni bien hubo terminado, cogió otro preparado y lo inyectó en su brazo izquierdo.
A medida que el veneno iba penetrando en sus capilares, Alejandra sonrió. Su destino estaba cumplido.
Realicemos ahora un avance rápido: las reuniones entre ambos insignificantes animalejos se repitieron durante varias semanas. Intercambiaron números de celular, y enviaban cantidades increíbles de mensajes y llamaban a cada momento. Cualquiera que los hubiera visto en ese entonces hubiera pensado que su mundo se reducía a hablarle al otro y contarle hasta cuántas moscas había logrado ver encima de su plato de comida antes de introducirlo en su cavidad bucal.
En efecto, esa relación tomó matices obsesivos, y Alberto continuaba fantaseando con un encuentro más bien carnal y ciertamente la idea fue tornándose tan perfecta que era momento de realizarla. El plan no tenía mayores complicaciones: él sabía que Alejandra ya se había puesto al día con la historia, y seguía las inconscientes instrucciones de su amado sin mayor esfuerzo. La anglofilia le daba muchas ideas para conquistar a su imperfecta, y ejercitaba su pronunciación y su ronquera para sonar igual a Chris Martin.
Una noche de setiembre, que fue inusualmente fría, ambos personajes se encontraban en un café de moda cuando en medio de la conversación, se quedaron mirando un buen rato. Alberto supo que el momento era propicio, así que acercó su rostro al de Alejandra. Ella también lo acercó y los labios se pegaron. La química y la física estallaron cuando los labios se tocaron.
-¡AAAUU! ¡¿QUÉ TE PASA?!
Alejandra le había mordido el labio con una intensidad tan grande que Alberto empezó a sangrar. No obstante, en vez de sentirse insultado por semejante atrevimiento, algo dentro de él le decía que no debía parar, que eso le gustaba. La idea fue tan insidiosa que él terminó por aceptarla, sin saber que esa idea provenía de un espíritu del destino que deseaba arreglar cuentas muy rápidamente.
-A que no lo haces de nuevo.
Esta vez la imperfecta Alejandra pensó muy bien en las oportunidades que tenía. Decidió sorprenderlo, y le mordió el brazo.
-A que no puedes morderme todo el cuerpo.
-Te dejo si tú me dejas morder el tuyo- le respondió Alejandro. Él mismo se sorprendió de su osadía.
Alejandra lo tomó del brazo, y partieron con rumbo indefinido. Llegaron finalmente a su casa, que se encontraba inusualmente vacía. Allí, ella encontró su música de Coldplay y la puso.
Ambos seres sabían que esa era su hora crucial. Se quitaron las vestimentas y dejaron que la naturaleza siguiera su curso. Las mordidas y lamidas estuvieron por doquier, y todas sus perversiones guardadas durante tanto tiempo salieron a la luz. Durante su encuentro sexual, muchos de los fetiches conocidos por los expertos quedaron notoriamente superados por las imaginativas y desviadas prácticas de nuestros personajes.
Una vez que los fluídos salieron a la superficie, Alejandra decidió que era suficiente. Empezó a morder a Alberto, más y más fuerte. Él gemía de dolor y de placer, ella no decía nada. De pronto, una mordida logró arrancar un pedazo del muslo.
-Qué haces... por favor detente, por favor, te lo juro, estás loca...
Alejandra lo ignoró. Ahora sabía que era la emisaria de una fuerza más grande que ella, así que cogió el instrumento que había preparado con anticipación, y lo clavó en el brazo del patético Alberto. Una vez paralizado, lo desmembró a su gusto. Ni bien hubo terminado, cogió otro preparado y lo inyectó en su brazo izquierdo.
A medida que el veneno iba penetrando en sus capilares, Alejandra sonrió. Su destino estaba cumplido.
viernes, 4 de marzo de 2011
Porque nadie lee este blog, parte 4
Al día siguiente, Alberto decidió que era necesario utilizar un plan agresivo para asegurar su éxito.
Se dedicó a comentar cada una de las publicaciones que hacía Alejandra en su muro. Si no tenía algo que comentar, daba clic en "Me gusta". La incidencia de tal comportamiento empezó a incomodar a la musa, que pedía consejo sobre qué hacer. Su mejor amigo, que poco sabía de lo que andaba pasando, simplemente le recomendó ignorarlo. Y eso fue lo que hizo Alejandra.
Varios días después, Alberto se dio cuenta de que sus comentarios no tenían respuesta. Le publicó el video de una canción de un grupo inglés que, para su mala suerte, no le gustaba en ese entonces a su compañera esquiva. La reacción fue casi inmediata y no fue muy favorable: comentarios de Alejandra y de dos amigos de ella haciendo crítica de dicha banda. Alberto se sintió herido de muerte, y fuera de sí le escribió un mensaje:
Siempre que te publico o comento, tengo una buena intención de que te agrade, y no me gustó esa reacción tuya. Será mejor que nos demos un tiempo. Bye.
Los ojos de Alejandra saltaron cuando vieron dicho mensaje. No sólo porque esta reacción estuviera fuera de contexto, sino por la frase darnos un tiempo. ¿Acaso eran pareja? Lo que ella no sabía, lamentablemente, es que el destino estaba escrito y ella sólo estaba un poco atrasada.
Los días pasaron, y tuvieron la oportunidad de coincidir en línea. Ahí, Alberto le conversó cordialmente, y Alejandra simplemente ignoró el incidente. A medida que los minutos pasaban, ambos sentían algo muy extraño, un deseo incontrolable de pedirle al otro que se pudieran ver y conocer en persona. Fue muy extraño, pero tan obvio que había respuestas fisiológicas en ambas partes. Sudaban frío. Finalmente, Alberto cedió a su emoción y escribió:
Realmente eres muy interesante... me preguntaba si podríamos reunirnos algún día, tengo material que puede interesarte, te lo presto si quieres.
Alejandra, sin dudarlo un segundo, aceptó y hasta le propuso una fecha y hora. Tal vez en este momento ella empezó a ponerse al día con el tiempo mismo.
CONTINUARÁ.
Se dedicó a comentar cada una de las publicaciones que hacía Alejandra en su muro. Si no tenía algo que comentar, daba clic en "Me gusta". La incidencia de tal comportamiento empezó a incomodar a la musa, que pedía consejo sobre qué hacer. Su mejor amigo, que poco sabía de lo que andaba pasando, simplemente le recomendó ignorarlo. Y eso fue lo que hizo Alejandra.
Varios días después, Alberto se dio cuenta de que sus comentarios no tenían respuesta. Le publicó el video de una canción de un grupo inglés que, para su mala suerte, no le gustaba en ese entonces a su compañera esquiva. La reacción fue casi inmediata y no fue muy favorable: comentarios de Alejandra y de dos amigos de ella haciendo crítica de dicha banda. Alberto se sintió herido de muerte, y fuera de sí le escribió un mensaje:
Siempre que te publico o comento, tengo una buena intención de que te agrade, y no me gustó esa reacción tuya. Será mejor que nos demos un tiempo. Bye.
Los ojos de Alejandra saltaron cuando vieron dicho mensaje. No sólo porque esta reacción estuviera fuera de contexto, sino por la frase darnos un tiempo. ¿Acaso eran pareja? Lo que ella no sabía, lamentablemente, es que el destino estaba escrito y ella sólo estaba un poco atrasada.
Los días pasaron, y tuvieron la oportunidad de coincidir en línea. Ahí, Alberto le conversó cordialmente, y Alejandra simplemente ignoró el incidente. A medida que los minutos pasaban, ambos sentían algo muy extraño, un deseo incontrolable de pedirle al otro que se pudieran ver y conocer en persona. Fue muy extraño, pero tan obvio que había respuestas fisiológicas en ambas partes. Sudaban frío. Finalmente, Alberto cedió a su emoción y escribió:
Realmente eres muy interesante... me preguntaba si podríamos reunirnos algún día, tengo material que puede interesarte, te lo presto si quieres.
Alejandra, sin dudarlo un segundo, aceptó y hasta le propuso una fecha y hora. Tal vez en este momento ella empezó a ponerse al día con el tiempo mismo.
CONTINUARÁ.
lunes, 28 de febrero de 2011
Porque nadie lee este blog, parte 3
El mensaje, como no podía ser de otra manera, era la confirmación de que Alejandra había aceptado la invitación de amistad de Alberto.
Todo ocurría tal como estaba previsto. Aun así, nuestro héroe no podía creerlo, y empezó a sudar frío. De ahora en adelante, tendría que afinar su estrategia con el fin de conquistar a Alejandra y hacerla suya por completo. No era simplemente besarla, sino poseerla, controlarla, hacer que su existencia dependa de él y que lo considere un dios.
Pasaron varios días en los que Alberto no se conectó a internet pues existían problemas en la zona donde vivía, una sucesión de casas que asustaría a cualquier arquitecto que se precie. Le contaba a sus amigos de la proeza, mientras que ellos sonreían de manera irónica, como quien quiere decir "qué gracioso, tanto como los chistes de mi abuela".
Hasta que un día ocurrió lo que debía ocurrir. Ambos coincidieron en línea, e iniciaron una conversación poco productiva o edificante sobre el foro de Coldplay y no sé qué canción -creo que era "Don´t panic"- hasta que dicha conversación se tornó más personal; sin ser demasiado evidente, Alberto logró averiguar que Alejandra no tenía enamorado pero estaba secretamente suspirando por su mejor amigo, con el que había vivido experiencias por demás únicas, desde conciertos hasta sesiones de llanto y rabia típicas en los jovencitos incomprendidos y raros. También averiguó sus canciones favoritas, algunas de sus fobias (entre ellas a las alturas y a los gatos) y el nombre de su hermana mayor.
Alberto se dio cuenta de que la conversación se había extendido hasta la medianoche, así que decidió que era suficiente, y se despidió. Una vez tendido sobre su cama, recordó las fotos del perfil de Alejandra -en particular aquella en la que aparecía con un traje de baño rojo- y su mano discretamente se deslizó para activar el aparejo del placer. El placer y gozo por su éxito le hicieron gemir.
CONTINUARÁ
Todo ocurría tal como estaba previsto. Aun así, nuestro héroe no podía creerlo, y empezó a sudar frío. De ahora en adelante, tendría que afinar su estrategia con el fin de conquistar a Alejandra y hacerla suya por completo. No era simplemente besarla, sino poseerla, controlarla, hacer que su existencia dependa de él y que lo considere un dios.
Pasaron varios días en los que Alberto no se conectó a internet pues existían problemas en la zona donde vivía, una sucesión de casas que asustaría a cualquier arquitecto que se precie. Le contaba a sus amigos de la proeza, mientras que ellos sonreían de manera irónica, como quien quiere decir "qué gracioso, tanto como los chistes de mi abuela".
Hasta que un día ocurrió lo que debía ocurrir. Ambos coincidieron en línea, e iniciaron una conversación poco productiva o edificante sobre el foro de Coldplay y no sé qué canción -creo que era "Don´t panic"- hasta que dicha conversación se tornó más personal; sin ser demasiado evidente, Alberto logró averiguar que Alejandra no tenía enamorado pero estaba secretamente suspirando por su mejor amigo, con el que había vivido experiencias por demás únicas, desde conciertos hasta sesiones de llanto y rabia típicas en los jovencitos incomprendidos y raros. También averiguó sus canciones favoritas, algunas de sus fobias (entre ellas a las alturas y a los gatos) y el nombre de su hermana mayor.
Alberto se dio cuenta de que la conversación se había extendido hasta la medianoche, así que decidió que era suficiente, y se despidió. Una vez tendido sobre su cama, recordó las fotos del perfil de Alejandra -en particular aquella en la que aparecía con un traje de baño rojo- y su mano discretamente se deslizó para activar el aparejo del placer. El placer y gozo por su éxito le hicieron gemir.
CONTINUARÁ
lunes, 7 de febrero de 2011
Porque nadie lee este blog, parte 2
(Hecho al ritmo de The Smiths)
La anglofilia, de hecho, fue la que ayudó al patético Alberto a conocer y conquistar a su amada posible e imperfecta. Su decisión de realizar una exhaustiva inspección de todo lo que su insulsa red social podía ofrecerle le puso en bandeja a Alejandra. En el foro de Coldplay, ella colocó un fervoroso mensaje diciendo que se casaría con cualquiera que la agasajara cual Chris Martin cada mañana, con el mismo acento inclusive. Alberto leyó el mensaje y sudó frío. Sabía que Alejandra era la mujer con la que debía estar.
El siguiente paso era desarrollar la estrategia. Alberto se dedicó casi exclusivamente a pensar cómo haría para entablar una relación con una desconocida y finalmente encontrar cierto sentido a ese mar de lágrimas que su vida había sido hasta ese entonces. Días y noches pensaba, armaba diagramas de flujo y se masturbaba pensando en cómo sería tocar a Alejandra, cómo sería tomar su mentón de peculiar forma y besarla, olvidando la basura de mundo en el que le tocó vivir. Soñaba despierto y eso le valía carcajadas en su grupo de amigos perdedores, que no creían que por fin ese intelectualoide estuviera enamorado... de alguien que nunca lo había visto.
Hasta que llegó el día. Un 28 de julio se animó a comentar uno de sus mensajes en el foro de Coldplay: "Qué bonito que te guste el mejor grupo del mundo. Se nota que eres muy inteligente :)"
Alejandra leyó el mensaje, y le pareció extremadamente patético. Sin embargo, le contestó amablemente. A las pocas horas, recibió una solicitud de amistad de Alberto, pero ella no la pudo responder pues tenía que salir con su madre. El pobre muchacho no pudo dormir esa noche, pensando en que tal vez Alejandra no estaba interesada en hablarle.
Sin embargo, al día siguiente, alrededor del mediodía, sonó su alarma de correo. Provenía de Facebook.
CONTINUARÁ.
La anglofilia, de hecho, fue la que ayudó al patético Alberto a conocer y conquistar a su amada posible e imperfecta. Su decisión de realizar una exhaustiva inspección de todo lo que su insulsa red social podía ofrecerle le puso en bandeja a Alejandra. En el foro de Coldplay, ella colocó un fervoroso mensaje diciendo que se casaría con cualquiera que la agasajara cual Chris Martin cada mañana, con el mismo acento inclusive. Alberto leyó el mensaje y sudó frío. Sabía que Alejandra era la mujer con la que debía estar.
El siguiente paso era desarrollar la estrategia. Alberto se dedicó casi exclusivamente a pensar cómo haría para entablar una relación con una desconocida y finalmente encontrar cierto sentido a ese mar de lágrimas que su vida había sido hasta ese entonces. Días y noches pensaba, armaba diagramas de flujo y se masturbaba pensando en cómo sería tocar a Alejandra, cómo sería tomar su mentón de peculiar forma y besarla, olvidando la basura de mundo en el que le tocó vivir. Soñaba despierto y eso le valía carcajadas en su grupo de amigos perdedores, que no creían que por fin ese intelectualoide estuviera enamorado... de alguien que nunca lo había visto.
Hasta que llegó el día. Un 28 de julio se animó a comentar uno de sus mensajes en el foro de Coldplay: "Qué bonito que te guste el mejor grupo del mundo. Se nota que eres muy inteligente :)"
Alejandra leyó el mensaje, y le pareció extremadamente patético. Sin embargo, le contestó amablemente. A las pocas horas, recibió una solicitud de amistad de Alberto, pero ella no la pudo responder pues tenía que salir con su madre. El pobre muchacho no pudo dormir esa noche, pensando en que tal vez Alejandra no estaba interesada en hablarle.
Sin embargo, al día siguiente, alrededor del mediodía, sonó su alarma de correo. Provenía de Facebook.
CONTINUARÁ.
sábado, 29 de enero de 2011
Porque nadie lee este blog
Porque nadie lee este blog, he decidido hacer mi declaración de una buena vez.
Una declaración de odio y burla, una declaración de guerra sin armas de fuego aunque sí con mucha crueldad.
La haré a manera de una historia que no podría contar en la cara de los protagonistas, porque mi cobardía es superlativa.
La historia se titula: Cuando dos perdedores se juntan
Alberto no era nadie. Alejandra tampoco. Es decir, tenían ocupaciones que colmaban sus días. El chico era un estudiante graduado de universidad. Decía que había terminado ingeniería, pero andaba más entre los predios de la astronomía, ya que observaba a los astros con un respeto que causaba risa. Por otro lado, Alejandra estudiaba algo que no quería, pero que le podría convenir. La carrera de economía era totalmente ajena a ella, y soñaba con ser veterinaria. Sin embargo, terminó por aceptar que no podría seguir los estudios que quería mientras no terminara lo que ya había iniciado. Su devoción por algo estúpido, al igual que en el caso de Alberto, se hacía evidente cada vez que escuchaba al grupo Coldplay, por el que hubiera dado el pellejo.
Alberto y Alejandra nunca se conocieron durante los 20 primeros años de su existencia. Aunque, pensándolo bien, tal vez sí se cruzaron las caras, pero esos rostros eran tan poco notables que bien pudieron haber pasado sin reconocerse. Hago una pequeña acotación aquí: sostengo que si uno se cruza con alguien de su tribu humana, lo reconoce con apenas verlo. Es por ello, por ejemplo, que los corruptos siempre se juntan con los corruptos y las putas con las putas. Por esa sencilla razón, parecía que sus destinos no corrían riesgo, que tal vez nunca se juntarían.
Ambos entes eran desastrosa y dolorosamente irrelevantes para la historia del universo.
Hasta que la explosión de popularidad de las redes sociales ocurrió finalmente, y el mundo se redujo a una fracción de lo que originalmente era. Alberto se había dado cuenta de que su necesidad de ser querido y de tirar (situaciones mutuamente incluyentes según él) era mucho más grande que su determinación de adorar las estrellas en silencio cada sábado por la noche, y de desear haber nacido en un país de habla inglesa y de poseer un biotipo más claro y más alto. Un día soleado de invierno, mientras renegaba, decidió buscar a una posible amada en la red social de moda. Su decisión fue marcada por la canción "Together" de Suede.
En los días posteriores, Alberto concienzudamente inició una búsqueda enfermiza de posibles candidatas para el trono de su corazón. Buscó en los grupos de fans de la música que le gustaba, y halló -para su sorpresa- varias coincidencias que le parecieron agradables. El segundo paso sería iniciar una fijación por alguien en particular que pudiera caer ante su labia (según él) bien desarrollada y su morbosa anglofilia.
CONTINUARÁ.
Una declaración de odio y burla, una declaración de guerra sin armas de fuego aunque sí con mucha crueldad.
La haré a manera de una historia que no podría contar en la cara de los protagonistas, porque mi cobardía es superlativa.
La historia se titula: Cuando dos perdedores se juntan
Alberto no era nadie. Alejandra tampoco. Es decir, tenían ocupaciones que colmaban sus días. El chico era un estudiante graduado de universidad. Decía que había terminado ingeniería, pero andaba más entre los predios de la astronomía, ya que observaba a los astros con un respeto que causaba risa. Por otro lado, Alejandra estudiaba algo que no quería, pero que le podría convenir. La carrera de economía era totalmente ajena a ella, y soñaba con ser veterinaria. Sin embargo, terminó por aceptar que no podría seguir los estudios que quería mientras no terminara lo que ya había iniciado. Su devoción por algo estúpido, al igual que en el caso de Alberto, se hacía evidente cada vez que escuchaba al grupo Coldplay, por el que hubiera dado el pellejo.
Alberto y Alejandra nunca se conocieron durante los 20 primeros años de su existencia. Aunque, pensándolo bien, tal vez sí se cruzaron las caras, pero esos rostros eran tan poco notables que bien pudieron haber pasado sin reconocerse. Hago una pequeña acotación aquí: sostengo que si uno se cruza con alguien de su tribu humana, lo reconoce con apenas verlo. Es por ello, por ejemplo, que los corruptos siempre se juntan con los corruptos y las putas con las putas. Por esa sencilla razón, parecía que sus destinos no corrían riesgo, que tal vez nunca se juntarían.
Ambos entes eran desastrosa y dolorosamente irrelevantes para la historia del universo.
Hasta que la explosión de popularidad de las redes sociales ocurrió finalmente, y el mundo se redujo a una fracción de lo que originalmente era. Alberto se había dado cuenta de que su necesidad de ser querido y de tirar (situaciones mutuamente incluyentes según él) era mucho más grande que su determinación de adorar las estrellas en silencio cada sábado por la noche, y de desear haber nacido en un país de habla inglesa y de poseer un biotipo más claro y más alto. Un día soleado de invierno, mientras renegaba, decidió buscar a una posible amada en la red social de moda. Su decisión fue marcada por la canción "Together" de Suede.
En los días posteriores, Alberto concienzudamente inició una búsqueda enfermiza de posibles candidatas para el trono de su corazón. Buscó en los grupos de fans de la música que le gustaba, y halló -para su sorpresa- varias coincidencias que le parecieron agradables. El segundo paso sería iniciar una fijación por alguien en particular que pudiera caer ante su labia (según él) bien desarrollada y su morbosa anglofilia.
CONTINUARÁ.
viernes, 14 de enero de 2011
Me verás volver
Te abandoné, y también me abandonaste.
Todos me preguntan por qué
y respondo eso: me abandonaste.
Sincero no soy, mas no miento tampoco.
El sonido se disipó en la neblina de la ciudad
que lo absorbía sin piedad,
sin compasión,
sin un sentido.
Y luego regresaste, y también yo regresé.
Nadie me lo ha preguntado hasta ahora;
no hay respuestas tampoco.
Súbitamente iluminó mi cielo el sonido,
me llevó al campo
donde el amor florece, aunque es
un bosque de gimnospermas.
Me levanto con tu pensamiento y sé que te veré.
Todos me preguntan por qué
y respondo eso: me abandonaste.
Sincero no soy, mas no miento tampoco.
El sonido se disipó en la neblina de la ciudad
que lo absorbía sin piedad,
sin compasión,
sin un sentido.
Y luego regresaste, y también yo regresé.
Nadie me lo ha preguntado hasta ahora;
no hay respuestas tampoco.
Súbitamente iluminó mi cielo el sonido,
me llevó al campo
donde el amor florece, aunque es
un bosque de gimnospermas.
Me levanto con tu pensamiento y sé que te veré.
domingo, 2 de enero de 2011
Reflexión de un coleccionista
Hoy contemplé los artículos que con mucho cariño e ilusión he almacenado desde hace varios años, pero en particular desde noviembre de 2009. En cada uno de ellos recuerdo cierta historia: del súper precio que encontré, de la subasta que gané en los últimos segundos; aunque también de los chascos por no ser exactamente lo que esperé, o de las esperas interminables del correo. Escuchar el timbre a la 1 de la tarde tomó un significado de esperanza, cual muchacha que espera recibir carta del soldado en la guerra.
Lo cierto es que ahora, si bien el entusiasmo es grande, el hecho de no poseer más espacio para artículos preciosos me desanima un poco. El hecho de que muchas cosas lleguen ligeramente dañadas, también.
Espero coleccionar lo suficiente este año para dar punto final a un interés que me ha valido momentos muy gratos.
Lo cierto es que ahora, si bien el entusiasmo es grande, el hecho de no poseer más espacio para artículos preciosos me desanima un poco. El hecho de que muchas cosas lleguen ligeramente dañadas, también.
Espero coleccionar lo suficiente este año para dar punto final a un interés que me ha valido momentos muy gratos.
sábado, 1 de enero de 2011
New Year's Day
Cambié el calendario.
Cambié la decoración.
Tiré la agenda vieja y abrí la nueva.
Me vi al espejo.
Salí a la calle.
Vi a la limosnera de siempre.
Feliz año nuevo.
Cambié la decoración.
Tiré la agenda vieja y abrí la nueva.
Me vi al espejo.
Salí a la calle.
Vi a la limosnera de siempre.
Feliz año nuevo.
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