La piedra tocó el agua, hizo un ruido y levantó algunas gotitas transparentes.
Proseguí con mi camino, el corazón en la mano y el cerebro rogando para ser liberado cual ave cautiva. Deseaba parar en ese momento y gritar al mundo muchas de las verdades que me habían confiado, de una buena vez, de modo que sólo llamara la atención de unos cuantos, quienes sin duda me llamarían loco. Sin embargo, decidí callar y seguir mi camino hasta que mis pies demostraran su enfado con la aparición de ampollas. Lo que mi razón procesara no tenía ya importancia: había sufrido tanto con lo que oí y vi que consideré innecesario procesar más ya: el fin estaba cerca, y yo tenía la maldición encima; mi cuerpo y mi alma constituían un heraldo sin identidad ni remordimiento. Súbitamente sentí el agua tocar mis pies y supe que el rumbo estaba errado; debía retirarme y concentrarme en no perder paso.
La piedra llegó al fondo.
Mi silenciosa procesión individual estaba a punto de terminar. No llevaba un pergamino en mis manos, pero la resolución estaba ya firmada desde hacía mucho. Y no por mí. Pensé un momento en las consecuencias de semejante revelación que llevaba grabada en mi memoria: todo me llevaba a imaginar un panorama desolador, cual si de pronto una parte del mundo hubiera sido arrancada y pulverizada sobre el resto de nosotros. Imaginaba mucho sufrimiento, confusión y desesperación; sentía ya el fuego calentando el aire y reduciendo el oxígeno a niveles intolerables y luego me daba cuenta que el fuego no era nada sino la energía de cientos de miles de personas, mal dirigida. Eso que llaman ira.
La piedra hizo un pequeño espacio en el fondo marino.
De pronto, caí en la cuenta de que dicha ira sólo era la consecuencia de que yo sería el culpable de haber hecho la verdad conocida ante todos. Podía ya observar a lo lejos una turba cuya única misión sería acabar con mi vida de la manera más cruel mientras los espectadores gritaban en contra mía, con declaraciones e interjecciones tan dolorosas que penetrarían mi piel antes de ser quemada. No obstante, sabía que debía hacerse la voluntad de los jueces y se me había escogido para portar su mensaje. Poco a poco me sentí más tranquilo sabiendo que yo pagaría la culpa de otros. Al menos, la ira y la desesperación tendrían un objetivo fijo. Podría tolerar y aceptar el ser un chivo expiatorio.
La piedra fue tragada por el fondo del mar.
A medida que me acercaba al monte desde donde me pronunciaría, un sentimiento fue acomodando mi mente y mis ansias en su sitio. Recordé mi pueblito, alejado de los lugares más alejados. Recordé a los aldeanos que nunca me habían aceptado por ser "diferente" y "mal nacido". Recordé a la maestra de la escuela, que pensó que era un estúpido por no poder repetir palabra por palabra lo que ella decía. Recordé al sacerdote de la iglesia colonial de 350 años de antigüedad, que me escupió en el rostro por ser vástago de una relación incestuosa. Recordé el día en que los quemé a todos vivos con tan sólo mirarlos, y que huí corriendo y nadando para escapar escarmientos. Nunca me encontraron las autoridades y cuando lo hicieron, me entrevistaron y fui famoso por ser el único sobreviviente de la tragedia más grande de la década. Nunca sospecharon nada porque ante los ojos del mundo -tal vez mi profesora no estaba tan equivocada- parecia siempre un ser estúpido e incapaz de planificar en lo más mínimo.
El centro de la tierra fundió la piedra.
Gradualmente, me recompuse. Esta vez, sabía que no debía perder tiempo. Aceleré el paso, sentí mi corazón latir cada vez más rápido y mi sangre recorrer mi cabeza. Esta vez todos sabrían prontamente el designio de los jueces, y no tendría ningún remordimiento. Después de todo, este lado del mundo está lleno de viciosos y ninguno merece piedad ni perdón. Todos son como el sacerdote, la profesora y los aldeanos. Debía llegar cuanto antes, pero el monte se había empeñado en hacerse cada vez más lejano y las piedras en el camino ya eran intolerables: mis pies no tenían ampollas, sino que sangraban dejando una estela con la que se podía seguir mi recorrido. Pero no dejaría que lo que los jueces dijeron y que sólo yo sabía quedara dentro de mi mente. Poco a poco el monte se colocó frente a mí y me invitó a subir, tarea que cumplí fácilmente dado que sólo había arena y piedra lisa en mi camino. Las palabras fueron llegando hacia mí y al llegar a la cumbre, sentía que el discurso ya estaba escrito y sólo tendría que leerlo. Una muchedumbre se acercó a la falda del monte y me dijo que quería escucharme. Así que empecé a reproducir lo que sabía.
La piedra ha cobrado vida.
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