Berenice es una jovencita de 20 años con muchas ilusiones, pero ningún plan de vida. Esto no sería significativo si ella no fuera, además, madre.
El misterio de su primer embarazo tomó por sorpresa a toda la promoción de la escuela de mujeres más exclusiva de la ciudad, una de aquellas en las que aprendes a juzgar a la gente por la cantidad de cifras en su cuenta bancaria antes que escribir o pensar (cosas que rara vez logran hacer competentemente). Si bien propios y extraños conocían su historial de promiscuidad alto para alguien de 14 años, no pensaron que en alguna de las faenas nocturnas que Berenice y ciertos jovencitos aleatorios realizaban en lugares poco románticos se originaría un nuevo ser que, obviamente, no tenía la culpa de la desventura que le esperaría.
Los nueve meses que siguieron a aquella payasada estúpida fueron idiosincráticamente tranquilos. Poco le importó a la niña que la expulsaran del colegio y que sus padres recibieran una reprimenda en inglés por parte de la monja, o que la ginecóloga le haya gritado con ajos y cebollas a discreción por insistir en fumar durante el embarazo, pues Berenice tuvo el apoyo incondicional de muchas de sus compañeritas de clase. Claro está, ellas ignoraban lo que luego ocurriría en el seno de esta situación, pero les parecía tan cool que su bff tuviera semejante bolita en su cuerpo y que dicha bolita cada vez fuera aumentando de tamaño, casi exponencialmente. Ella nunca esperó recibir semejante atención, lo que generó en ella una satisfacción que para cualquiera de nosotros resultaría inexplicable. Ni los dolores o molestias del embarazo la molestaron, ni el imprevisto "viaje" de su "novio" a "Nueva Zelanda", del cual no regresaría "en varios años, hasta que el negocio familiar se establezca".
Al fin y al cabo, Berenice dio a luz en una exclusiva clínica de la capital. El parto fue largo, doloroso aunque finalmente el vástago asomó a través de la vagina dando gritos desesperados, como si hubiera querido que lo maten. La niña estuvo todo el tiempo rodeada de su familia, que la atendía y llenaba de detalles a ella y al desdichado neonato. Lo que ella no sabía, obviamente, es que sus padres la habían borrado de la lista de herederos y que, en el supuesto caso de que ella tuviera 18 años y sus padres estuvieran muertos al día siguiente, ella tendría que marcharse porque habían instrucciones explícitas de vender toda la propiedad inmobiliaria de la familia en un plazo de 3 meses. Esto significaba que, sin querer, tendría que aprender a ganarse la vida para sacar adelante a su hijo. Sin embargo, Berenice apenas tenía 15 años y sus únicas habilidades consistían en hablar inglés, tomar fotos y practicar el sexo. Menudo problema. Pero la vida continuaría y las bff estarían ahí para confortarla, ¿o no?
La vida materna fue un espectáculo bastante degradante. Primero que nada, el pobre niño fue presentado a la sociedad virtual a las horas de nacido, vía Facebook. Posteriormente, el momento de inscribir al infante fue patético. Berenice se vio obligada a darle su mismo apellido porque no sabía el del verdadero padre, que obviamente no estaría ahí para firmarlo ni mantenerlo (difícilmente alguien de 17 años podría hacerlo). Le pusieron el nombre de Alfredo, como su abuelo que llevaba muerto y putrefacto en alguna parte de la selva cerca de 7 años. Cuando llegó el momento de criar al bebé, la madre de Berenice tuvo que asumir nuevamente el rol de madre, pues ella quería regresar a su rutina normal tan pronto como fuera posible. Su hábito de fumar nunca había cesado, pero luego se incrementó. Hizo ejercicios abdominales con vehemencia, para recuperar el tamaño del abdomen rápidamente. Se colocó cremas para atenuar las manchitas que le habían quedado, y alistó a sus dos mejores amigas para que la asesoraran en la difícil tarea de escoger vestimentas para modelar mientras paseara a su hijo.
La vida no iba a ser tan fácil...
CONTINUARÁ