¿Por qué? Probablemente sea esa la pregunta que más me hago. No sé. Parece que he sido condenado a buscar razones.
Creo que a veces debería buscar propósitos y acciones. Mi pensamiento me bloquea, me aturde, me encierra en un círculo interminable de mi propio pensamiento.
Quiero escapar pero no quiero moverme. No me siento cómodo pero la incomodidad que me eyecta no aparece en mi vida desde hace mucho tiempo, y no la extraño.
La felicidad que vivo por momentos, esa felicidad que he anhelado siempre, es el único consuelo y antídoto. Debe ayudarme a escapar de la alienación que vivo día a día, hora a hora, cuando pienso.
La lucha recién está comenzando.
Pensamientos de Acceso Aleatorio
Un espacio para reflexiones sin orden lógico.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
viernes, 14 de noviembre de 2014
A veces quisiera desenmascarar a ciertas personas
Es bueno saber que nadie lee este blog, que pasa indefectiblemente ignorado en el ciberespacio. Me llena de regocijo darme cuenta de que, si escribo algo sobre alguien, esa persona nunca lo leerá. Es bastante curioso que, siendo el objetivo de un blog el dar a conocer al mundo lo que pensamos, esté utilizando esta oportunidad para elaborar una reflexión secreta y que podría ponerme en problemas si saliera a la luz.
No es una confesión criminal, aunque así lo quisiera. Tampoco se trata de la clave para resolver algún misterio. Es simplemente un deseo que tengo desde hace mucho tiempo.
La persona que recibirá mi verbo venenoso es esa persona que todos saben que existe/existió/ha existido pero que, afortunadamente, nadie que frecuento conoce. Es probable que otros ya la hayan olvidado, tal como yo. No obstante, es necesario dedicar algunas líneas a lo que considero debe saberse.
Ella sabe perfectamente quién es. Sabe muy bien que tiene un pasado, por decir lo menos, bastante interesante. El momento en el que nuestros caminos se encontraron fue un malhadado día que, sin embargo, a mí me pareció durante largo tiempo un momento de bendición, como si la vida hubiera mandado un deus ex machina para rescatarme del abismo. Lo que nunca supe, y que luego supe pero me importó un comino, es que el abismo que enfrentaría con ella sería peor aún, si es que algo así cabe. Ahora que lo pienso bien, sí que cabe, pues hasta mi propia autonomía perdí.
Me es incómodo hablar de una persona sin darle un nombre, puesto que los pronombres indefinidos y personales tienen límites de uso. Llamémosla Isabel Rojas. Si alguien que se dé por aludido o que conozca el significado referencial de este texto estuviera leyendo, sabría bien que ese no es el nombre pero que esa elección mía no es gratuita.
A veces veo lo que publica. No siento que esté obsesionado con ello, puesto que apenas si puedo ver algunas cosas. Yo mismo decidí perder contacto activo con Isabel. y no me arrepiento. Al ver esos mensajes y esas fotos, me pregunto con gran curiosidad qué estará ocultando ahora. Probablemente muchas de las personas que comentan de manera tan sexualmente restringida ("Eres una mujer hermosísima y una excelente persona") ignoran quién es ella realmente, el tipo de ideas que tiene. Al fin y al cabo, lo único que me hacen imaginar ese tipo de comentarios es que estos señores recurren al verbo adornado para ocultar lo que sé que piensan (algo cercano a "Qué ricas tetas mamacita, y qué culo de campeona"). Eso me tiene totalmente sin cuidado, y debo confesar que me provoca cierta arrogancia. En su momento, yo le hice todo eso que podrían estar pensando, y más.
Lo que es terrible, trágico, abominable y francamente inaceptable es que una verdad que ella conoce muy bien está mejor oculta que el tesoro de los piratas desconocidos. Esa misma verdad pudo haber estado oculta de mí, aunque tarde o temprano debía enterarme. El mundo es pequeño, y yo supe quién era Pepe Apellido-de-Nombre-Cojudo, el Todopoderoso. Ciertamente, esta manera de llamarlo tampoco es gratuita. Supe absolutamente todo lo que ocurrió de manera paralela a lo mío. Y lo que ocurrió después también. Nuevamente, me pregunto: ¿saben esos incautos, los que comentan las fotos con verbo florido, lo mismo que yo sé? Espero que sí. Si es el caso, pues que me disculpen. ¿Y si no lo saben? ¿No sería grandioso que se lo dijeran? Ahora se entiende el titulo de este acerbo texto.
Quisiera que alguien, tal vez yo, pusiera comentarios con la información que conozco. Con las palabras que escuché de su boca y con las ideas que dejó emanar durante la racionalidad y durante la irracionalidad de una pelea o del sexo. Quisiera poder compartir esas maquinaciones tan surrealistas que por un tiempo creí pero que luego fácilmente desbaraté. Quisiera poder echar por tierra ese mito que se forja con unas fotos con mensajes positivos, por lo general en inglés o francés de Google Translate, que realzan el rol de la familia.
Lo cierto es que aún confío en que la vida hará que la máscara se caiga. Espero estar cerca para disfrutar del espectáculo de confirmación de su decadencia.
No es una confesión criminal, aunque así lo quisiera. Tampoco se trata de la clave para resolver algún misterio. Es simplemente un deseo que tengo desde hace mucho tiempo.
La persona que recibirá mi verbo venenoso es esa persona que todos saben que existe/existió/ha existido pero que, afortunadamente, nadie que frecuento conoce. Es probable que otros ya la hayan olvidado, tal como yo. No obstante, es necesario dedicar algunas líneas a lo que considero debe saberse.
Ella sabe perfectamente quién es. Sabe muy bien que tiene un pasado, por decir lo menos, bastante interesante. El momento en el que nuestros caminos se encontraron fue un malhadado día que, sin embargo, a mí me pareció durante largo tiempo un momento de bendición, como si la vida hubiera mandado un deus ex machina para rescatarme del abismo. Lo que nunca supe, y que luego supe pero me importó un comino, es que el abismo que enfrentaría con ella sería peor aún, si es que algo así cabe. Ahora que lo pienso bien, sí que cabe, pues hasta mi propia autonomía perdí.
Me es incómodo hablar de una persona sin darle un nombre, puesto que los pronombres indefinidos y personales tienen límites de uso. Llamémosla Isabel Rojas. Si alguien que se dé por aludido o que conozca el significado referencial de este texto estuviera leyendo, sabría bien que ese no es el nombre pero que esa elección mía no es gratuita.
A veces veo lo que publica. No siento que esté obsesionado con ello, puesto que apenas si puedo ver algunas cosas. Yo mismo decidí perder contacto activo con Isabel. y no me arrepiento. Al ver esos mensajes y esas fotos, me pregunto con gran curiosidad qué estará ocultando ahora. Probablemente muchas de las personas que comentan de manera tan sexualmente restringida ("Eres una mujer hermosísima y una excelente persona") ignoran quién es ella realmente, el tipo de ideas que tiene. Al fin y al cabo, lo único que me hacen imaginar ese tipo de comentarios es que estos señores recurren al verbo adornado para ocultar lo que sé que piensan (algo cercano a "Qué ricas tetas mamacita, y qué culo de campeona"). Eso me tiene totalmente sin cuidado, y debo confesar que me provoca cierta arrogancia. En su momento, yo le hice todo eso que podrían estar pensando, y más.
Lo que es terrible, trágico, abominable y francamente inaceptable es que una verdad que ella conoce muy bien está mejor oculta que el tesoro de los piratas desconocidos. Esa misma verdad pudo haber estado oculta de mí, aunque tarde o temprano debía enterarme. El mundo es pequeño, y yo supe quién era Pepe Apellido-de-Nombre-Cojudo, el Todopoderoso. Ciertamente, esta manera de llamarlo tampoco es gratuita. Supe absolutamente todo lo que ocurrió de manera paralela a lo mío. Y lo que ocurrió después también. Nuevamente, me pregunto: ¿saben esos incautos, los que comentan las fotos con verbo florido, lo mismo que yo sé? Espero que sí. Si es el caso, pues que me disculpen. ¿Y si no lo saben? ¿No sería grandioso que se lo dijeran? Ahora se entiende el titulo de este acerbo texto.
Quisiera que alguien, tal vez yo, pusiera comentarios con la información que conozco. Con las palabras que escuché de su boca y con las ideas que dejó emanar durante la racionalidad y durante la irracionalidad de una pelea o del sexo. Quisiera poder compartir esas maquinaciones tan surrealistas que por un tiempo creí pero que luego fácilmente desbaraté. Quisiera poder echar por tierra ese mito que se forja con unas fotos con mensajes positivos, por lo general en inglés o francés de Google Translate, que realzan el rol de la familia.
Lo cierto es que aún confío en que la vida hará que la máscara se caiga. Espero estar cerca para disfrutar del espectáculo de confirmación de su decadencia.
domingo, 16 de febrero de 2014
Quiero ser estúpido
Aquellos días que ya han terminado me han dejado huellas imborrables en el alma. A veces estoy muy seguro de que en el momento de mi muerte, regresarán y me atormentarán incluso más que ahora.
Quisiera ser estúpido, pues al ejercer mi inteligencia cuestioné lo incuestionable.
Quisiera ser estúpido, porque quien cuestiona y piensa tiende a ser pisoteado por aquellos con excremento en el cerebro.
Quisiera ser estúpido, porque ser estúpido es casi sinónimo de ser conformista. Los estúpidos ambiciosos son, por lo general, políticos. Si me hubiera conformado con poco, tal vez habría estado más satisfecho.
Quisiera ser estúpido, porque mi vida simplemente seguiría el orden de mis impulsos animales y mi objetivo sería realizar mis necesidades vitales. No habría espacio para reflexión.
...
Ahora creo que no estoy de acuerdo. Pensé demasiado. No quisiera ser estúpido.
Quisiera ser estúpido, pues al ejercer mi inteligencia cuestioné lo incuestionable.
Quisiera ser estúpido, porque quien cuestiona y piensa tiende a ser pisoteado por aquellos con excremento en el cerebro.
Quisiera ser estúpido, porque ser estúpido es casi sinónimo de ser conformista. Los estúpidos ambiciosos son, por lo general, políticos. Si me hubiera conformado con poco, tal vez habría estado más satisfecho.
Quisiera ser estúpido, porque mi vida simplemente seguiría el orden de mis impulsos animales y mi objetivo sería realizar mis necesidades vitales. No habría espacio para reflexión.
...
Ahora creo que no estoy de acuerdo. Pensé demasiado. No quisiera ser estúpido.
domingo, 9 de febrero de 2014
There by the grace of God
Anoche iba a casa y, como no sabía dónde quedaba, me perdí.
Seguí el camino de todas las noches, entre aromas
predecibles e impredecibles, con el sonido de siempre en mis auriculares, muy
seguro de conocer mi rumbo e incluso el tiempo que me tomaría llegar. Sin
embargo, poco a poco percibía que me alejaba de mi rumbo y que no podía hacer
nada para evitarlo.
Las calles se veían más anchas, más largas y menos
conocidas; las gentes, menos familiares y más hostiles. La prisa se convirtió
en mi peor enemiga, pues la hora retrocedía y pese a ello me sentía más viejo,
más cercano a la muerte.
Aparentemente no tenía opción, o tal vez no quería sentir
que tenía una. Me detuve frente a un jardín muy bien cuidado y me senté sobre
el pasto. No tengo muy claro por qué lo hice, pero inmediatamente después,
invadió mi mente un recuerdo de épocas ya idas y nada gozosas. Los rostros, los
gestos y los nombres tomaron posesión de mi recuerdo.
Dormí.
Los golpes de un viejo blanco y rabioso me despertaron pocas horas después, y no tuve más remedio
que huír.
lunes, 23 de diciembre de 2013
Why?
Oh no, forbidden fruit appeared.
Leaving and ignoring you was not successful;
essentially they reinforced the craving.
Not only does it hurt, but it confuses.
Knowing you so little is the coup de grâce.
again I will rest my case.
Basic instinct is not what drives this mind;
emotion and guilt do instead.
Moments of isolation contemplating the fruit
yet no time for a decision.
Lie with me, forget about morality.
...
...
...
...
Leaving and ignoring you was not successful;
essentially they reinforced the craving.
Not only does it hurt, but it confuses.
Knowing you so little is the coup de grâce.
again I will rest my case.
Basic instinct is not what drives this mind;
emotion and guilt do instead.
Moments of isolation contemplating the fruit
yet no time for a decision.
Lie with me, forget about morality.
...
...
...
...
miércoles, 17 de julio de 2013
Aladdin Sane (2008)
Te vi nuevamente, amigo mío. Afortunadamente no te percataste de mi presencia; creo que después de todos estos años aún mantengo mi capacidad de pasar inadvertido por en frente de cualquiera. No sé si a esta edad eso sea algo que deba alegrarme o preocuparme. En fin, advertí que en tu rostro se dibujaba una sonrisa bastante misteriosa, extremadamente inusual y hasta cierto punto atemorizante.
Decidí seguirte, averiguar el motivo de tu sonrisa sin que te enteraras que andaba detrás de ti. Un pequeño temblor de mis brazos auguraba una nueva emoción, como aquella que me invadió cuando decidimos recorrer juntos el país para "generar destrozos" que no pasaron, lamentablemente, de ser detenidos por la policía un par de veces por "alterar el orden público", lo que en realidad se traducía en beber alcohol en la Plaza de Armas. Ahora que lo recuerdo, nunca supimos si Lucy, la chica con la que te acostaste en aquel pueblito pobre donde nos indigestamos, quedó embarazada a partir de tu gran imprudencia. Tampoco supimos si es que alguna vez encontraron el cadáver de aquel hombre al que buscaban desesperadamente en otro pueblo de las alturas. Sí, aquel hombre que podríamos jurar vino hacia nosotros un día pidiendo que le regalemos la hierba que según él teníamos en las mochilas. Y así, recuerdo tras recuerdo, seguí planificando mi tardía travesura.
La emoción de saber en qué andabas después de todos estos años, sin que te dieras cuenta, fue demasiado para mi ya débil corazón. Unas palpitaciones me avisaron que no debía tomarme esto demasiado en serio. Pero algo regresó en mí: ese sentimiento de "nadie me espera". Porque sabes muy bien que nadie me espera en casa desde que Rosa y los niños murieran en aquel maldito accidente de avión que hasta ahora me provoca grandes llantos durante la noche. Ni los perros aguantaron la pena porque se escaparon a los dos meses. Ahora, nadie sabía que estaba a punto de encontrar la causa de una sonrisa que en realidad podría llevarme al mismo infierno en cuestión de segundos. Sin embargo, decidí tomar el riesgo. Oh, bueno, tal vez con una pequeña concesión: te lo haría saber en algún momento. Porque no sabes cuánto desearía repetir esas sesiones de conversación maligna rodeada de bebidas espirituosas y sustancias químicas prohibidas.
De esta manera, decidí ir tras tus pasos. Vi que tu ruta era bastante fácil de recordar: tres cuadras de frente, tres cuadras hacia la derecha. Abriste la puerta de un edificio, saludaste de manera cordial al portero y te alejaste en el oscuro pasillo. Aún recuerdo tu figura desapareciendo en la penumbra, como si estuvieras yendo a otro mundo, a una dimensión que desafortunadamente no conozco. Esperé varios minutos hasta que todo estuviera muy silencioso para dirigirme al portero.
El señor tendría unos sesenta años, tenía un aspecto sereno en el rostro, como si no tuviera mayores preocupaciones. Estaba sentado sobre una silla de escritorio, con los pies cruzados y las manos sobre los muslos, haciendo un ligero frotamiento perfectamente explicable por la estación del año. Su chompa de color verde había en definitiva conocido mejores épocas; su pantalón gris y sus zapatos negros completaban esa apariencia de señor respetable que, como bien comprendería en ese instante, iba perfectamente a la par con su comportamiento. Cuando me dirigí a él, no tuvo reparos en darme la información que necesitaba. Me dijo que vivías con tu esposa Sara (nunca la conocí así que fue toda una novedad) pero que no tenían hijos y que ella estaba en una silla de ruedas. El señor, amable y muy chismoso él, me confió que algunas veces los había oido discutir sobre errores del pasado... ¡qué terrible error! En suma, pude enterarme de todo sobre este invierno de tu vida que lamentablemente ya no compartiste conmigo ni con los amigos de la panda. Todos se fueron muriendo sin saber de ti. En mi mente existía la determinación de cerrar este círculo encontrándote y confiándote mi gran soledad y mi gran deseo de tomarme un par de tragos con mi compinche.
Una vez obtenida la información necesaria, regresé a casa. Te haría una visita sorpresa. Me preparé adecuadamente: busqué en mis cajas algunos papeles, fotos, recortes periodísticos y aquellos discos de vinilo que sobrevivieron a tantas malas épocas. Mientras repasaba todos los contenidos de mi vida que iba a mostrarte, que iba a compartir contigo para que nuestra amistad se actualizara, mi mente empezó a divagar; los recuerdos llegaron a lo más hondo de mi corazón; el pesar me invadió cual miasma que me enfermó y me envejeció tanto... Las piernas temblaban, mis ojos se empañaban sin querer, una sensación de vacío en mi interior se hacía cada vez menos controlable. Probablemente en esa caja estaba la esencia de mi edad, de mi sentimiento de culpa y tal vez todo esto no era más que un deseo de redimirme y perdonarme por todo aquello que vi como un mundo paralelo sin saber que era más que un background, sino que también se trataba de mí mismo. Los lugares que no visité, las personas a las que no frecuenté, esos amores furtivos que no recibieron mayores palabras de mi parte... incluso las comidas que nunca probé pero que mis entrañas ya libres de cáncer no podrían recibir.
Súbitamente concluí que esto tal vez sí valdría la pena.
Decidí seguirte, averiguar el motivo de tu sonrisa sin que te enteraras que andaba detrás de ti. Un pequeño temblor de mis brazos auguraba una nueva emoción, como aquella que me invadió cuando decidimos recorrer juntos el país para "generar destrozos" que no pasaron, lamentablemente, de ser detenidos por la policía un par de veces por "alterar el orden público", lo que en realidad se traducía en beber alcohol en la Plaza de Armas. Ahora que lo recuerdo, nunca supimos si Lucy, la chica con la que te acostaste en aquel pueblito pobre donde nos indigestamos, quedó embarazada a partir de tu gran imprudencia. Tampoco supimos si es que alguna vez encontraron el cadáver de aquel hombre al que buscaban desesperadamente en otro pueblo de las alturas. Sí, aquel hombre que podríamos jurar vino hacia nosotros un día pidiendo que le regalemos la hierba que según él teníamos en las mochilas. Y así, recuerdo tras recuerdo, seguí planificando mi tardía travesura.
La emoción de saber en qué andabas después de todos estos años, sin que te dieras cuenta, fue demasiado para mi ya débil corazón. Unas palpitaciones me avisaron que no debía tomarme esto demasiado en serio. Pero algo regresó en mí: ese sentimiento de "nadie me espera". Porque sabes muy bien que nadie me espera en casa desde que Rosa y los niños murieran en aquel maldito accidente de avión que hasta ahora me provoca grandes llantos durante la noche. Ni los perros aguantaron la pena porque se escaparon a los dos meses. Ahora, nadie sabía que estaba a punto de encontrar la causa de una sonrisa que en realidad podría llevarme al mismo infierno en cuestión de segundos. Sin embargo, decidí tomar el riesgo. Oh, bueno, tal vez con una pequeña concesión: te lo haría saber en algún momento. Porque no sabes cuánto desearía repetir esas sesiones de conversación maligna rodeada de bebidas espirituosas y sustancias químicas prohibidas.
De esta manera, decidí ir tras tus pasos. Vi que tu ruta era bastante fácil de recordar: tres cuadras de frente, tres cuadras hacia la derecha. Abriste la puerta de un edificio, saludaste de manera cordial al portero y te alejaste en el oscuro pasillo. Aún recuerdo tu figura desapareciendo en la penumbra, como si estuvieras yendo a otro mundo, a una dimensión que desafortunadamente no conozco. Esperé varios minutos hasta que todo estuviera muy silencioso para dirigirme al portero.
El señor tendría unos sesenta años, tenía un aspecto sereno en el rostro, como si no tuviera mayores preocupaciones. Estaba sentado sobre una silla de escritorio, con los pies cruzados y las manos sobre los muslos, haciendo un ligero frotamiento perfectamente explicable por la estación del año. Su chompa de color verde había en definitiva conocido mejores épocas; su pantalón gris y sus zapatos negros completaban esa apariencia de señor respetable que, como bien comprendería en ese instante, iba perfectamente a la par con su comportamiento. Cuando me dirigí a él, no tuvo reparos en darme la información que necesitaba. Me dijo que vivías con tu esposa Sara (nunca la conocí así que fue toda una novedad) pero que no tenían hijos y que ella estaba en una silla de ruedas. El señor, amable y muy chismoso él, me confió que algunas veces los había oido discutir sobre errores del pasado... ¡qué terrible error! En suma, pude enterarme de todo sobre este invierno de tu vida que lamentablemente ya no compartiste conmigo ni con los amigos de la panda. Todos se fueron muriendo sin saber de ti. En mi mente existía la determinación de cerrar este círculo encontrándote y confiándote mi gran soledad y mi gran deseo de tomarme un par de tragos con mi compinche.
Una vez obtenida la información necesaria, regresé a casa. Te haría una visita sorpresa. Me preparé adecuadamente: busqué en mis cajas algunos papeles, fotos, recortes periodísticos y aquellos discos de vinilo que sobrevivieron a tantas malas épocas. Mientras repasaba todos los contenidos de mi vida que iba a mostrarte, que iba a compartir contigo para que nuestra amistad se actualizara, mi mente empezó a divagar; los recuerdos llegaron a lo más hondo de mi corazón; el pesar me invadió cual miasma que me enfermó y me envejeció tanto... Las piernas temblaban, mis ojos se empañaban sin querer, una sensación de vacío en mi interior se hacía cada vez menos controlable. Probablemente en esa caja estaba la esencia de mi edad, de mi sentimiento de culpa y tal vez todo esto no era más que un deseo de redimirme y perdonarme por todo aquello que vi como un mundo paralelo sin saber que era más que un background, sino que también se trataba de mí mismo. Los lugares que no visité, las personas a las que no frecuenté, esos amores furtivos que no recibieron mayores palabras de mi parte... incluso las comidas que nunca probé pero que mis entrañas ya libres de cáncer no podrían recibir.
Súbitamente concluí que esto tal vez sí valdría la pena.
viernes, 12 de julio de 2013
To me you are a work of art (2006)
La guerra terminó, es hora de irme a casa. Las calles de aquel lugar muy al este me despiden con neblina: no aquella que me motiva a caminar y meditar, sino la que me impele a dirigirme a algún lugar cerrado y no salir de allí durante días.
Siento los efectos del alcohol en este momento, tanto en mi garganta como en mis manos y en mi cerebro. Estoy siendo testigo de mi pérdida de inhibición y de mi disociación con la realidad. Te veo en toda tu imperfección y quiero acercar mis manos a tu cuerpo, tan solo por un segundo. Necesito decírtelo mas no estás ahí. Nunca lo estuviste.
O tal vez sí estés. ¿Puedes oírme? ¿Puedes leerme?
El ruido de la calle y el silencio de mi habitación, ahora ya conjugados en una pintura de dos planos de la realidad, me responden que sí y que no. Pues sé que me estás leyendo pero que no me escuchas, o viceversa. De cualquier forma, siento que ya es muy tarde.
Me fui.
Admitir mi culpa no es algo característico en mí. Sin embargo, en este caso debo hacer una excepción. Tuve la culpa de contemplarte, admirarte, analizarte, visualizarte, fantasearte. Lo hice, lo hice y lo hice hasta el hartazgo, como quien busca una explicación o solución a un problema matemático o a un tema existencial. Mi mente te tuvo como protagonista de una novela que nunca se plasmó en lo real. Me pegué a lo pragmático de la manera equivocada; intenté que esa imagen tan real que había creado pudiera vencer a la realidad, pero no lo logré.
Ahora, mi única solución consiste en pegarme a esa realidad. Pero, ¿qué haré con lo que mi mente creó?
Siento los efectos del alcohol en este momento, tanto en mi garganta como en mis manos y en mi cerebro. Estoy siendo testigo de mi pérdida de inhibición y de mi disociación con la realidad. Te veo en toda tu imperfección y quiero acercar mis manos a tu cuerpo, tan solo por un segundo. Necesito decírtelo mas no estás ahí. Nunca lo estuviste.
O tal vez sí estés. ¿Puedes oírme? ¿Puedes leerme?
El ruido de la calle y el silencio de mi habitación, ahora ya conjugados en una pintura de dos planos de la realidad, me responden que sí y que no. Pues sé que me estás leyendo pero que no me escuchas, o viceversa. De cualquier forma, siento que ya es muy tarde.
Me fui.
Admitir mi culpa no es algo característico en mí. Sin embargo, en este caso debo hacer una excepción. Tuve la culpa de contemplarte, admirarte, analizarte, visualizarte, fantasearte. Lo hice, lo hice y lo hice hasta el hartazgo, como quien busca una explicación o solución a un problema matemático o a un tema existencial. Mi mente te tuvo como protagonista de una novela que nunca se plasmó en lo real. Me pegué a lo pragmático de la manera equivocada; intenté que esa imagen tan real que había creado pudiera vencer a la realidad, pero no lo logré.
Ahora, mi única solución consiste en pegarme a esa realidad. Pero, ¿qué haré con lo que mi mente creó?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)