Anoche iba a casa y, como no sabía dónde quedaba, me perdí.
Seguí el camino de todas las noches, entre aromas
predecibles e impredecibles, con el sonido de siempre en mis auriculares, muy
seguro de conocer mi rumbo e incluso el tiempo que me tomaría llegar. Sin
embargo, poco a poco percibía que me alejaba de mi rumbo y que no podía hacer
nada para evitarlo.
Las calles se veían más anchas, más largas y menos
conocidas; las gentes, menos familiares y más hostiles. La prisa se convirtió
en mi peor enemiga, pues la hora retrocedía y pese a ello me sentía más viejo,
más cercano a la muerte.
Aparentemente no tenía opción, o tal vez no quería sentir
que tenía una. Me detuve frente a un jardín muy bien cuidado y me senté sobre
el pasto. No tengo muy claro por qué lo hice, pero inmediatamente después,
invadió mi mente un recuerdo de épocas ya idas y nada gozosas. Los rostros, los
gestos y los nombres tomaron posesión de mi recuerdo.
Dormí.
Los golpes de un viejo blanco y rabioso me despertaron pocas horas después, y no tuve más remedio
que huír.
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