domingo, 27 de marzo de 2011

Una confesión

Mañana moriré.

Si te quedaba mayor duda al respecto, he ahí mi confirmación. No necesitarás documentos que lo prueben posteriormente, pues cada día verás mi cadáver, que superará las leyes de la materia y permanecerá tal cual me viste la primera vez, cuando sonreíste y me dijiste que era atractivo.

Nunca hablé al respecto, nunca me atreví a decir una palabra ni tampoco a darte un gesto para que supieras lo que guardaba dentro de mí. El mundo giraba, tú volteabas a sonreírme una y otra vez, y el mundo seguía girando para mí, sin cambiarme. Ahora desearía que la noche no llegue, que mis ojos no se cierren por última vez. Me aterra pensar que ya no estaré en control de mi cuerpo y que tú dispondrás de él.

Cuántas veces imaginé que tal vez la vida sí podría ser eterna a tu lado. Cuántas noches las pasé en silencio, meditando sobre un futuro inexistente que podríamos labrar juntos. Sin embargo, mis labios no podían moverse frente a ti, el mundo giraba... y yo no podía pararme y evitar girar con él.

Mi cadáver te contará historias en silencio de aquel tiempo cuando podríamos haber sido, pero nunca fuimos. Ni somos. Ni seremos.

Y yo iré en silencio y cabizbajo por la senda de aquellos que no pronunciaron las palabras. Iré al mundo donde no todo es perfecto y la trascendencia no llega.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Carta de un amante desilusionado

Mi amada inmortal y trascendente:

Te escribo estas líneas desde la tranquilidad aparente de mi escritorio, mientras la radiación daña mis ojos y mi espalda ahoga su propio grito de libertad.

Es muy difícil para mí empezar a escribir esta carta, pues debo indicar su propósito. Así que digamos que éste consiste en expresar un sentimiento que he tenido almacenado y reprimido en lo más profundo de mi alma durante ya tanto tiempo que he aprendido a llevarlo conmigo a cada lugar al que voy, incluso al extranjero. Estas líneas no te inmutarán, no cambiarán tu adusta expresión del rostro, o mucho menos tu actitud, pero sí me ayudarán. Comprende que nunca he sido egoísta durante nuestra relación, pero ahora me permitiré esa gracia sin tu permiso únicamente para sentirme mejor.

Nuestro idilio comenzó hace ya mucho tiempo. Te conocí cuando era yo un joven desorientado, sin mayor propósito o expectativa en la vida que sobrevivir unos cuantos años hasta que alguna enfermedad rara me llevara, o hasta que decidiera envenenarme cual Romeo, acongojado hasta el extremo. Tú eras mayor que yo y, sin embargo, me acogiste, me brindaste una protección que no tenía nada de maternal ni de amical. Escuchaste mis ideas, mis quejas, mis planes racionales y también los irracionales. Poco a poco mi atracción hacia ti fue naciendo. Recorrer tu cuerpo era un placer exquisito que alimentaba mi vida cual polen a las abejas; recorrer tu conocimiento era similar.

En adelante, tú aceptaste todo lo que ocurrió y dejaste que yo asumiera una libertad de recurrir a ti cuando necesitara satisfacer cualquiera de mis necesidades. Sentia que por primera vez en la vida existía un rumbo para mí, y decidí que la siguiente etapa de mi vida tendría que ser contigo a mi lado. Un caluroso día de verano aparecí frente a tu puerta y te pregunté si podía entrar. Me recibiste sin decir muchas palabras y me diste el amor que nunca había experimentado. Mi resistencia ya no existía: estaba perdidamente enamorado de ti. Y cuando miraba tu rostro, pensaba que tú también lo estabas. Sabías fingir muy bien tus emociones.

Sin embargo, yo continuaba en ese Edén que significaba el amor incondicional a la amada. Deseaba permanecer a tu lado por el resto de mi existencia, sacrificando cada vez más aspectos de mi vida. Dejé de lado a mi familia, a mis amigos, a mis intereses personales y profesionales. Pensaba que contigo era suficiente, que tú me entregarías la dicha que hasta entonces había estado ausente en mi vida. Te hacía preguntas mas no las contestabas, sólo me besabas y me dejabas recorrer tu cuerpo una vez más. Éxtasis sin cuestionamientos.

Así pasó el tiempo, como bien sabes. No obstante, creo que me conoces. Mi ser busca constantemente experimentar, reinventarse, interesarse en la mayor cantidad de actividades, personas y demás que sea posible. Me diste libertad, como siempre, para explorar el mundo. Lamentablemente tu actitud hacia mí cambió. Esa libertad ya no la recibía como un derecho, sino como un favor. Cada vez que exigías algo, yo te lo daba sin mayor contemplación; en mi caso fue diferente. Me castigaste sin amor ni caricias cada vez que no cumplía con tu mandato o no lo realizaba de la manera exacta como lo habías impuesto. Tus amigos me amonestaban constantemente por no satisfacerte con cada átomo de mi ser, sabiendo que ellos también se encontraban bajo el mismo hechizo con el que me cautivaste, y tal vez lo habían estado por mucho más tiempo.

Tu abuso ha continuado hasta ahora. Pacientemente he esperado que te calmes, en vano. Hemos conversado en la intimidad e insistes en que el problema es mío y que debo adaptarme a ti, más allá de cualquiera de tus defectos o mi umbral de tolerancia. Yo insisto en que debemos acordar cómo nos comportaremos en lo sucesivo, mas cuando te sientes particularmente sensible, te callas y me adviertes que debo callar. Que hablar sólo hará que todo se destruya. Que lo que hemos forjado durante años se ha debido a una actitud mía más que tuya. Que, por último, si no me gusta cómo marchan las cosas, debo irme.

Es precisamente eso último lo que no puedo hacer. Sabes perfectamente que dependo de ti, que mi vida tendría un gran vacío que no podría llenar con ninguna otra amante, pase el tiempo que pase con ella. Sabes que la marca que has dejado en mí es imposible de borrar, y que el tiempo que hemos permanecido juntos ha condicionado mis opciones cuando me aleje de tu cuerpo. Sabes que cualquier cuerpo que toque, explore y posea lo compararé con el tuyo y no podré salir del vórtice que me estaría imponiendo si te dejara. Disfrutas tu poder sobre mí, tu retorcida sonrisa domina mi panorama en donde me encuentre.

Sin embargo, he escrito esta carta para decirte con toda certeza que nuestros días juntos están contados. Sé que puedo amar otra vez, que puedo recorrer cuantos cuerpos desee durante mi vida, que puedo ser acogido y que puedo brindar lo mismo que te brindé a ti, sin que tenga que ESPERAR nada a cambio porque simplemente ya estará ahí, y no me dejará.

Te odio y te amo. Si te importa.

Atentamente,

Tu amado mortal.

sábado, 5 de marzo de 2011

Porque nadie lee este blog, parte 5

El mundo era indiferente a Alberto y Alejandra hasta que el primero logró forzar a la naturaleza. Su plan fue perfecto, y logró convencer al destino de que su designio debía ser también el de la historia. Lamentablemente, Alberto no sabía algo: cuando uno fuerza el destino, también queda en deuda con él, y esa deuda siempre se pagará algún día.

Realicemos ahora un avance rápido: las reuniones entre ambos insignificantes animalejos se repitieron durante varias semanas. Intercambiaron números de celular, y enviaban cantidades increíbles de mensajes y llamaban a cada momento. Cualquiera que los hubiera visto en ese entonces hubiera pensado que su mundo se reducía a hablarle al otro y contarle hasta cuántas moscas había logrado ver encima de su plato de comida antes de introducirlo en su cavidad bucal.

En efecto, esa relación tomó matices obsesivos, y Alberto continuaba fantaseando con un encuentro más bien carnal y ciertamente la idea fue tornándose tan perfecta que era momento de realizarla. El plan no tenía mayores complicaciones: él sabía que Alejandra ya se había puesto al día con la historia, y seguía las inconscientes instrucciones de su amado sin mayor esfuerzo. La anglofilia le daba muchas ideas para conquistar a su imperfecta, y ejercitaba su pronunciación y su ronquera para sonar igual a Chris Martin.

Una noche de setiembre, que fue inusualmente fría, ambos personajes se encontraban en un café de moda cuando en medio de la conversación, se quedaron mirando un buen rato. Alberto supo que el momento era propicio, así que acercó su rostro al de Alejandra. Ella también lo acercó y los labios se pegaron. La química y la física estallaron cuando los labios se tocaron.

-¡AAAUU! ¡¿QUÉ TE PASA?!

Alejandra le había mordido el labio con una intensidad tan grande que Alberto empezó a sangrar. No obstante, en vez de sentirse insultado por semejante atrevimiento, algo dentro de él le decía que no debía parar, que eso le gustaba. La idea fue tan insidiosa que él terminó por aceptarla, sin saber que esa idea provenía de un espíritu del destino que deseaba arreglar cuentas muy rápidamente.

-A que no lo haces de nuevo.

Esta vez la imperfecta Alejandra pensó muy bien en las oportunidades que tenía. Decidió sorprenderlo, y le mordió el brazo.

-A que no puedes morderme todo el cuerpo.

-Te dejo si tú me dejas morder el tuyo- le respondió Alejandro. Él mismo se sorprendió de su osadía.

Alejandra lo tomó del brazo, y partieron con rumbo indefinido. Llegaron finalmente a su casa, que se encontraba inusualmente vacía. Allí, ella encontró su música de Coldplay y la puso.

Ambos seres sabían que esa era su hora crucial. Se quitaron las vestimentas y dejaron que la naturaleza siguiera su curso. Las mordidas y lamidas estuvieron por doquier, y todas sus perversiones guardadas durante tanto tiempo salieron a la luz. Durante su encuentro sexual, muchos de los fetiches conocidos por los expertos quedaron notoriamente superados por las imaginativas y desviadas prácticas de nuestros personajes.

Una vez que los fluídos salieron a la superficie, Alejandra decidió que era suficiente. Empezó a morder a Alberto, más y más fuerte. Él gemía de dolor y de placer, ella no decía nada. De pronto, una mordida logró arrancar un pedazo del muslo.

-Qué haces... por favor detente, por favor, te lo juro, estás loca...

Alejandra lo ignoró. Ahora sabía que era la emisaria de una fuerza más grande que ella, así que cogió el instrumento que había preparado con anticipación, y lo clavó en el brazo del patético Alberto. Una vez paralizado, lo desmembró a su gusto. Ni bien hubo terminado, cogió otro preparado y lo inyectó en su brazo izquierdo.

A medida que el veneno iba penetrando en sus capilares, Alejandra sonrió. Su destino estaba cumplido.

viernes, 4 de marzo de 2011

Porque nadie lee este blog, parte 4

Al día siguiente, Alberto decidió que era necesario utilizar un plan agresivo para asegurar su éxito.

Se dedicó a comentar cada una de las publicaciones que hacía Alejandra en su muro. Si no tenía algo que comentar, daba clic en "Me gusta". La incidencia de tal comportamiento empezó a incomodar a la musa, que pedía consejo sobre qué hacer. Su mejor amigo, que poco sabía de lo que andaba pasando, simplemente le recomendó ignorarlo. Y eso fue lo que hizo Alejandra.

Varios días después, Alberto se dio cuenta de que sus comentarios no tenían respuesta. Le publicó el video de una canción de un grupo inglés que, para su mala suerte, no le gustaba en ese entonces a su compañera esquiva. La reacción fue casi inmediata y no fue muy favorable: comentarios de Alejandra y de dos amigos de ella haciendo crítica de dicha banda. Alberto se sintió herido de muerte, y fuera de sí le escribió un mensaje:

Siempre que te publico o comento, tengo una buena intención de que te agrade, y no me gustó esa reacción tuya. Será mejor que nos demos un tiempo. Bye.

Los ojos de Alejandra saltaron cuando vieron dicho mensaje. No sólo porque esta reacción estuviera fuera de contexto, sino por la frase darnos un tiempo. ¿Acaso eran pareja? Lo que ella no sabía, lamentablemente, es que el destino estaba escrito y ella sólo estaba un poco atrasada.

Los días pasaron, y tuvieron la oportunidad de coincidir en línea. Ahí, Alberto le conversó cordialmente, y Alejandra simplemente ignoró el incidente. A medida que los minutos pasaban, ambos sentían algo muy extraño, un deseo incontrolable de pedirle al otro que se pudieran ver y conocer en persona. Fue muy extraño, pero tan obvio que había respuestas fisiológicas en ambas partes. Sudaban frío. Finalmente, Alberto cedió a su emoción y escribió:

Realmente eres muy interesante... me preguntaba si podríamos reunirnos algún día, tengo material que puede interesarte, te lo presto si quieres.


Alejandra, sin dudarlo un segundo, aceptó y hasta le propuso una fecha y hora. Tal vez en este momento ella empezó a ponerse al día con el tiempo mismo.


CONTINUARÁ.