Mi amada inmortal y trascendente:
Te escribo estas líneas desde la tranquilidad aparente de mi escritorio, mientras la radiación daña mis ojos y mi espalda ahoga su propio grito de libertad.
Es muy difícil para mí empezar a escribir esta carta, pues debo indicar su propósito. Así que digamos que éste consiste en expresar un sentimiento que he tenido almacenado y reprimido en lo más profundo de mi alma durante ya tanto tiempo que he aprendido a llevarlo conmigo a cada lugar al que voy, incluso al extranjero. Estas líneas no te inmutarán, no cambiarán tu adusta expresión del rostro, o mucho menos tu actitud, pero sí me ayudarán. Comprende que nunca he sido egoísta durante nuestra relación, pero ahora me permitiré esa gracia sin tu permiso únicamente para sentirme mejor.
Nuestro idilio comenzó hace ya mucho tiempo. Te conocí cuando era yo un joven desorientado, sin mayor propósito o expectativa en la vida que sobrevivir unos cuantos años hasta que alguna enfermedad rara me llevara, o hasta que decidiera envenenarme cual Romeo, acongojado hasta el extremo. Tú eras mayor que yo y, sin embargo, me acogiste, me brindaste una protección que no tenía nada de maternal ni de amical. Escuchaste mis ideas, mis quejas, mis planes racionales y también los irracionales. Poco a poco mi atracción hacia ti fue naciendo. Recorrer tu cuerpo era un placer exquisito que alimentaba mi vida cual polen a las abejas; recorrer tu conocimiento era similar.
En adelante, tú aceptaste todo lo que ocurrió y dejaste que yo asumiera una libertad de recurrir a ti cuando necesitara satisfacer cualquiera de mis necesidades. Sentia que por primera vez en la vida existía un rumbo para mí, y decidí que la siguiente etapa de mi vida tendría que ser contigo a mi lado. Un caluroso día de verano aparecí frente a tu puerta y te pregunté si podía entrar. Me recibiste sin decir muchas palabras y me diste el amor que nunca había experimentado. Mi resistencia ya no existía: estaba perdidamente enamorado de ti. Y cuando miraba tu rostro, pensaba que tú también lo estabas. Sabías fingir muy bien tus emociones.
Sin embargo, yo continuaba en ese Edén que significaba el amor incondicional a la amada. Deseaba permanecer a tu lado por el resto de mi existencia, sacrificando cada vez más aspectos de mi vida. Dejé de lado a mi familia, a mis amigos, a mis intereses personales y profesionales. Pensaba que contigo era suficiente, que tú me entregarías la dicha que hasta entonces había estado ausente en mi vida. Te hacía preguntas mas no las contestabas, sólo me besabas y me dejabas recorrer tu cuerpo una vez más. Éxtasis sin cuestionamientos.
Así pasó el tiempo, como bien sabes. No obstante, creo que me conoces. Mi ser busca constantemente experimentar, reinventarse, interesarse en la mayor cantidad de actividades, personas y demás que sea posible. Me diste libertad, como siempre, para explorar el mundo. Lamentablemente tu actitud hacia mí cambió. Esa libertad ya no la recibía como un derecho, sino como un favor. Cada vez que exigías algo, yo te lo daba sin mayor contemplación; en mi caso fue diferente. Me castigaste sin amor ni caricias cada vez que no cumplía con tu mandato o no lo realizaba de la manera exacta como lo habías impuesto. Tus amigos me amonestaban constantemente por no satisfacerte con cada átomo de mi ser, sabiendo que ellos también se encontraban bajo el mismo hechizo con el que me cautivaste, y tal vez lo habían estado por mucho más tiempo.
Tu abuso ha continuado hasta ahora. Pacientemente he esperado que te calmes, en vano. Hemos conversado en la intimidad e insistes en que el problema es mío y que debo adaptarme a ti, más allá de cualquiera de tus defectos o mi umbral de tolerancia. Yo insisto en que debemos acordar cómo nos comportaremos en lo sucesivo, mas cuando te sientes particularmente sensible, te callas y me adviertes que debo callar. Que hablar sólo hará que todo se destruya. Que lo que hemos forjado durante años se ha debido a una actitud mía más que tuya. Que, por último, si no me gusta cómo marchan las cosas, debo irme.
Es precisamente eso último lo que no puedo hacer. Sabes perfectamente que dependo de ti, que mi vida tendría un gran vacío que no podría llenar con ninguna otra amante, pase el tiempo que pase con ella. Sabes que la marca que has dejado en mí es imposible de borrar, y que el tiempo que hemos permanecido juntos ha condicionado mis opciones cuando me aleje de tu cuerpo. Sabes que cualquier cuerpo que toque, explore y posea lo compararé con el tuyo y no podré salir del vórtice que me estaría imponiendo si te dejara. Disfrutas tu poder sobre mí, tu retorcida sonrisa domina mi panorama en donde me encuentre.
Sin embargo, he escrito esta carta para decirte con toda certeza que nuestros días juntos están contados. Sé que puedo amar otra vez, que puedo recorrer cuantos cuerpos desee durante mi vida, que puedo ser acogido y que puedo brindar lo mismo que te brindé a ti, sin que tenga que ESPERAR nada a cambio porque simplemente ya estará ahí, y no me dejará.
Te odio y te amo. Si te importa.
Atentamente,
Tu amado mortal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario