viernes, 12 de julio de 2013

To me you are a work of art (2006)

La guerra terminó, es hora de irme a casa. Las calles de aquel lugar muy al este me despiden con neblina: no aquella que me motiva a caminar y meditar, sino la que me impele a dirigirme a algún lugar cerrado y no salir de allí durante días.

Siento los efectos del alcohol en este momento, tanto en mi garganta como en mis manos y en mi cerebro. Estoy siendo testigo de mi pérdida de inhibición y de mi disociación con la realidad. Te veo en toda tu imperfección y quiero acercar mis manos a tu cuerpo, tan solo por un segundo. Necesito decírtelo mas no estás ahí. Nunca lo estuviste.

O tal vez sí estés. ¿Puedes oírme? ¿Puedes leerme?

El ruido de la calle y el silencio de mi habitación, ahora ya conjugados en una pintura de dos planos de la realidad, me responden que sí y que no. Pues sé que me estás leyendo pero que no me escuchas, o viceversa. De cualquier forma, siento que ya es muy tarde.

Me fui.

Admitir mi culpa no es algo característico en mí. Sin embargo, en este caso debo hacer una excepción. Tuve la culpa de contemplarte, admirarte, analizarte, visualizarte, fantasearte. Lo hice, lo hice y lo hice hasta el hartazgo, como quien busca una explicación o solución a un problema matemático o a un tema existencial. Mi mente te tuvo como protagonista de una novela que nunca se plasmó en lo real. Me pegué a lo pragmático de la manera equivocada; intenté que esa imagen tan real que había creado pudiera vencer a la realidad, pero no lo logré.

Ahora, mi única solución consiste en pegarme a esa realidad. Pero, ¿qué haré con lo que mi mente creó?

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