El mensaje, como no podía ser de otra manera, era la confirmación de que Alejandra había aceptado la invitación de amistad de Alberto.
Todo ocurría tal como estaba previsto. Aun así, nuestro héroe no podía creerlo, y empezó a sudar frío. De ahora en adelante, tendría que afinar su estrategia con el fin de conquistar a Alejandra y hacerla suya por completo. No era simplemente besarla, sino poseerla, controlarla, hacer que su existencia dependa de él y que lo considere un dios.
Pasaron varios días en los que Alberto no se conectó a internet pues existían problemas en la zona donde vivía, una sucesión de casas que asustaría a cualquier arquitecto que se precie. Le contaba a sus amigos de la proeza, mientras que ellos sonreían de manera irónica, como quien quiere decir "qué gracioso, tanto como los chistes de mi abuela".
Hasta que un día ocurrió lo que debía ocurrir. Ambos coincidieron en línea, e iniciaron una conversación poco productiva o edificante sobre el foro de Coldplay y no sé qué canción -creo que era "Don´t panic"- hasta que dicha conversación se tornó más personal; sin ser demasiado evidente, Alberto logró averiguar que Alejandra no tenía enamorado pero estaba secretamente suspirando por su mejor amigo, con el que había vivido experiencias por demás únicas, desde conciertos hasta sesiones de llanto y rabia típicas en los jovencitos incomprendidos y raros. También averiguó sus canciones favoritas, algunas de sus fobias (entre ellas a las alturas y a los gatos) y el nombre de su hermana mayor.
Alberto se dio cuenta de que la conversación se había extendido hasta la medianoche, así que decidió que era suficiente, y se despidió. Una vez tendido sobre su cama, recordó las fotos del perfil de Alejandra -en particular aquella en la que aparecía con un traje de baño rojo- y su mano discretamente se deslizó para activar el aparejo del placer. El placer y gozo por su éxito le hicieron gemir.
CONTINUARÁ
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