Ignacio y su hermana Marcela vivían solos en un pequeño departamento en la capital. Eran mellizos de 15 años, y huérfanos desde los 10, cuando sus padres murieron víctimas de un asalto armado. Salieron adelante gracias a los esfuerzos de sus abuelos paternos, que habían recientemente fallecido. Los maternos no existían. Los tíos algunas veces los acompañaban.
Su vida transcurría con normalidad, asistían al colegio y tenían notas dentro del promedio. Nunca incurrían en actos de indisciplina y tenían amigos con los que pasaban la mayor parte del tiempo libre. Sus profesores y demás conocidos sabían que ambos mellizos eran muy cercanos, se apoyaban siempre que podían y uno era el confidente del otro.
La navidad era, sin embargo, una época muy difícil del año para ellos. Cada vez que estaban solos en casa y se acercaba la noche del 24 de diciembre, les costaba dirigirse la palabra. Existía algo en el ambiente navideño que lograba retraerlos y deprimirlos al punto de dejarlos sin diálogo ni bromas ni ademanes chistosos. Sin duda, el recuerdo de las navidades pasadas era imborrable, y a su corta edad tal vez no habían encontrado la receta que lograra curarles el dolor por la pérdida de sus padres.
Ese año fue muy diferente. El día 24, los primos Alex y Octavio, un poco mayores que ellos, vinieron a la casa a pasar un rato con los mellizos, quienes aceptaron de buena gana que alguien más esté con ellos. Además, los primos compartían un gusto desmedido por el PlayStation, lo cual sería buena excusa para jugar un rato y distraerse de los pensamientos depresivos navideños.
Así pues, empezaron a jugar con el PlayStation. Igualmente, dado que los primos estaban ya acostumbrados a beber, habían llevado algo de licor a la casa, y sirvieron generosamente a sus anfitriones. Al poco rato, los cuatro jovencitos estaban ebrios y muy risueños. De pronto, Octavio entró a la cocina, luego de un par de minutos, entró al baño raudamente sosteniendo algo entre manos. Cerró la puerta, pero nadie le hacía caso.
Pasaron varios minutos, casi 20, y los 3 jóvenes jugaban y reían de sus errores ciertamente provocados por la pérdida de equilibrio y de enfoque. Octavio no salía del baño, y al fin Marcela se dio cuenta, y expresó su preocupación ante esta situación. Fue a llamar al baño, y nadie respondía. Presa del pánico, gritó y golpeó la puerta. Su hermano y su primo la trataron de calmar. En definitiva, había algo muy raro en todo esto. Ignacio fue a buscar las llaves del baño, y abrió la puerta.
Marcela se desmayó al ver la escena. Octavio yacía muerto en el piso del baño, con el cuchillo incrustado en su estómago. La sangre estaba aún fresca, y cubría las dos terceras partes del piso. El cadáver aún no mostraba los signos usuales de la muerte. Los otros dos intentaron sacar el cuchillo, le tomaron el pulso, trataron de revivirlo, pero en vano. La cantidad de sangre que había salido era increíblemente alta, incompatible con la vida.
Llamaron a la ambulancia, y vino también la policía. Los tres muchachos estaban llorando, no podían creer lo que había pasado. Luego, Alex dijo, con una voz entrecortada por el llanto:
-Me estoy muriendo.
En seguida, puso los ojos en blanco y se desvaneció.
Los dos hermanos se miraron, sonrieron y se besaron.
No hay comentarios:
Publicar un comentario