Alguien a quien conocí hace varios años me relató una experiencia que desató en mí un dilema moral que, debo confesarlo, aún mantengo vivo.
Digamos que esta persona se llamaba Pablo. El tenía a la chica más encantadora del mundo, cuyo comportamiento siempre había sido increíblemente tierno y paciente con él. Muchas personas desconfiaban de su relación por el simple hecho de que Olga (digamos que así se llamaba la chica) era 3 años mayor que él y la diferencia socioeconómica, sin ser extremadamente obvia, se hacía notar. Sin embargo, ambos eran adultos y no creo haber conocido una pareja de mejor humor entre mis conocidos.
Pues bien, Pablo era bastante extrovertido y le gustaba salir con amigos, aparte de Olga. Ella lo tomaba muy bien porque hacía lo mismo. Ninguno había propasado los límites con nadie. En otras palabras, no se habían engañado. Sin embargo, una noche que si no recuerdo mal fue cercana al año nuevo, Pablo experimentó algo que lo aturde hasta hoy, estoy seguro.
Pablo había tenido hacía varios años un romance poco duradero con cierta chica de su promoción de colegio. Ese romance no terminó, pues ellos simplemente se dejaron de ver y comunicar. Dado que Pablo terminó en el año 1995, imagino que no habrá hecho ningún esfuerzo por encontrar a su chica (Facebook no era ni siquiera una idea en desarrollo). Ella aparentemente tampoco tuvo interés alguno. Y ocurrió algo increíble: en una de las fiestas, como invitada de otro amigo, apareció la chica, que para entonces, según Pablo, había "tomado forma" (imagínese el lector lo que quiera) y a mi amigo le pareció bastante atractiva.
Durante la fiesta, ambos conversaron amenamente y recordaron los viejos tiempos de la escuela, la gente que dejaron atrás y las experiencias que siguieron con ellos. Luciana (llamemos así a la chica) había vivido en el extranjero con un tipo y se había regresado porque no se sentía segura ni querida. Pablo le contó a Luciana sobre sus planes con Olga: estaban planificando casarse en 2008 (para ese entonces, el año siguiente). A medida que la conversación se hacía muy fluida, Pablo cayó en la cuenta de que por alguna extraña y maldita razón aún sentía algo por Luciana, y si bien lo disimuló con maestría actoral, se sabe bien que una mujer puede leer sentimientos varoniles como en un libro abierto.
Pablo y Luciana, finalmente, quedaron en seguir en contacto y verse para seguir la conversación que ya habían comenzado. Es en ese entonces cuando Pablo, en sus palabras, "no tenía la menor idea de por qué le daba aire a la cosa, cuando debía enterrarla para siempre". Trató de racionalizar la situación, algo difícil cuando se es juez y parte, y se daba cuenta de que a medida que pasaba el tiempo, más sentía por ella; o mas bien, más recordaba que sentía por ella. Incluso me contó el tema, y me quedé mudo como nunca: es un tema complicado.
Ahí es donde mi reflexión se pierde: ¿Es posible que un ser humano guarde sentimientos de un mismo calibre por personas diferentes? Alguien me dijo que cuando eso ocurre, ninguna de esas personas es realmente querida. Discrepo, pero no encuentro un argumento válido para justificar mi postura. Tal vez será que la naturaleza humana no es tan humana al fin y al cabo, y nuestro instinto de atracción hacia otros seres es tan grande que no sabemos dosificar o exclusivizar nuestra "máscara" que es el sentimiento. O bien, ciertas inseguridades nos impiden asumir un compromiso personal con alguien y buscamos una salida fácil.
No comprendo esta cuestión, y si bien no me preocupa dilucidarla, es simplemente algo que llama mi atención.
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